
Decididamente el spinning me gusta. Y me gusta por muchas razones.
En primer lugar, hacer ejercicio me resulta muy satisfactorio. Sesión a sesión mi cuerpo se va moldeando, endureciendo y noto que tengo fuerzas y energías renovadas.
En segundo lugar, durante la hora que estoy allí machacándome no pienso en nada. Consigo poner mi mente en blanco, concentrada solamente en mantener con mis piernas y brazos el ritmo de la música. Y en respirar lo más armoniosamente posible para no ahogarme.
En tercer lugar, lo que más me gratifica es comprobar como resisto al lado de los chicarrones del norte que pedalean y sufren como yo, única mujer de la clase. Sí, esto último hace que crezca mi ego más que ninguna otra cosa. Los veo por el espejo esforzándose mientras les resbala el sudor por cada poro de su piel. Entonces siento que ya no soy el sexo débil. Puedo ser como ellos si me lo propongo. Incluso alguno me mira a hurtadillas a ver como resisto, momento que aprovecho para redoblar mis esfuerzos y pedalear con más pasión y más entrega. Que no se diga.
Físicamente me encuentro genial pero psíquicamente no sé qué pensar. ¿Qué opinan ustedes? Esta noche pasada soñé que golpeaba como una posesa uno de los sacos que hay en el gimnasio para las clases de kick boxing. Lo hacía genial. Mis puños batían con una agilidad y con una certeza dignas de las mejores películas. Tal vez imaginaba que golpeaba a alguien de ese modo porque como toda hija de vecina también tengo una vena un poco animal y tuve ganas en alguna ocasión muy puntual de romperle la cara a alguien o cosérsela a bofetadas. Bravuconadas. Toda la fuerza se me va siempre por la boca y no paso de ahí. Sólo palabras. Pero ese deseo contenido sigue latiendo y manifestándose como puede. Esta vez lo hizo por medio del “inconsciente”. De todos modos quiero probar. Esta tarde preguntaré si puedo asistir a una de esas clases y ya les contaré. ¿Y si resulta que el Kick Boxing es el deporte que mejor liberará mi estrés? ¿Y si el sueño es la señal?
Porque…
¿Ustedes creen en las señales? Yo tengo una que no falla. En tres ocasiones en las que encontré una araña en mi casa me ha pasado algo malo. Pero no se trata de una araña cualquiera no. Ha de ser una de esas arañas enormes y negras. Ya se imaginarán. Lo que no se imaginan es que tengo fobia a las arañas lo cual hace todavía más desagradable todo este asunto. Sé que no se creen nada de lo que digo por eso voy a contarles brevemente lo que sucedió en cada una de las ocasiones.
La primera vez era verano, por la mañana y yo estaba vistiéndome para venir a la oficina. El que era por aquel entonces mi marido estaba en la cama. Todavía me veo de pié descalza en la alfombra de lana mientras descubro en la sábana una de esas arañas de las que le hablo. Al poco tiempo, muy poco, nos separamos.
La segunda vez era verano, por la noche y yo no podía dormir así que me levanté de la cama. Me dirigí al salón también descalza y nada más encender la luz descubrí en la mitad del farrapo de color crudo otro de esos bichos repugnantes. Supe que iba a pasarme algo, no tuve ninguna duda. Al poco tiempo la relación que mantenía se rompió sin explicaciones.
Y la tercera vez y última por el momento también era verano. Acababa de ducharme cuando ya de pié ante el lavabo me secaba el pelo. No sé por qué miré hacia la bañera. Algo negro me llamó la atención. Ya se imaginan lo que era ¿verdad? Sí, una araña que no sé de dónde demonios había salido. Esa misma noche tenía una cena. Llegamos al restaurante, nos instalamos y nos sirvieron el primer plato: langostinos. No bien comíamos el primero cuando alguien empezó a ver que salía humo de la cocina. Pronto empezó el revuelo de camareros y con discreción y serenidad nos dijeron que desalojáramos el local porque se había producido un incendio en una de las freidoras industriales. Cuando salimos del restaurante el humo ya lo había invadido todo. Hasta tuvieron que venir los bomberos.
Y digo yo ¡como para no creer en las señales!, ¿no les parece? Pero bueno, no sé porque me he puesto a contarles todo esto que no viene a cuento de nada. Me lanzo, unas cosas llevan a otras y acabo por peteneras. Tienen que perdonarme.
¡Que tarde es! Tengo que preparar ya la bolsa del gimnasio. Espero que no se me olvide nada como es habitual. Y ya saben, mi recomendación es que practiquen ejercicio físico. No tienen más que verme a mí para animarse. Este cuerpazo que tengo… de la cabeza no hablamos que eso es harina de otro costal. Tampoco hay que entrar en detalles.
Que sean felices.