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miércoles, 11 de febrero de 2009

No sé qué título ponerle a esta carta

 

 

 

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"Virginidad" . Foto de memo.michel - Flickr

En el Norte
29-10-05

 

Querido Congo:

 

Llevo un montón de tiempo en la cama intentando conciliar de nuevo el sueño que ya no vendrá. Y es que todos los fines de semana sucede lo mismo: el ruído de los vecinos de abajo me sobresalta al amanecer y ya no hay forma de volver a cerrar los ojos. Siempre me digo que un día les voy a llamar la atención a este respecto pero al final me freno y me muerdo la lengua. Se me hace violento. Ya deben de saber que ponerse a gritar a horas intempestivas es molesto. Sigue habiendo gente, por desgracia, que no piensa en los demás y vive igual que si lo hiciese en un descampado.

Sumida en este nerviosismo mañanero que se me produce recupero algunos de mis delirios oníricos. Y digo, delirio, porque menuda semanita que llevo. Tengo que decir algo parecido a lo que dice el niño del “Sexto Sentido”: A veces sueño con muertos. Esta noche fue mi amiga de la infancia. No sé porqué su muerte causó en mí un impacto emocional tan grande. Hacía muchos años ya que no manteníamos contacto. Pero a pesar de eso, su recuerdo me persigue constantemente.

Nos conocimos en 5º de EGB. Ni siquiera existe ya ese plan de estudios. Y fuimos inseparables hasta su segundo año de Universidad. ¡Tantos secretos! Fue la primera en saber que había perdido la virginidad. Aparte del interesado, claro está. Aunque pensándolo bien al “canalla” en cuestión, que en gloria esté, mi virginidad le importaba una mierda, como quedó demostrado. No lo digo por decir.

Ahora que ya soy mayor puedo decir gritando a los cuatro vientos que odio la palabra virginidad. La odio. Reivindico que la saquen del diccionario. Que la borren de nuestras conciencias. Es que los hombres lo tienen mucho más claro. Imaginemos la escena. Dos amigos que se reúnen. Empiezan a hablar de sus cosas: la ropa de temporada, los kilos de más, la última exclusiva de la Panto... hasta que en un momento dado uno le suelta al otro:

- Y qué tío, ¿ya te la has tirado?

Jamás he oído decir a un hombre: Y tú, ¿has perdido ya la virginidad? Si dejamos la hipocresía a un lado la mayoría de los hombres, que no digo todos los hombres, Congo, a las mujeres: se las tiran, se las pasan por el aro, se las meriendan, se las cepillan… se las… Y ya está, dejo este tema que no me lleva a ningún sitio a estas alturas de mi vida. Pero claro, tengo una hija.Yo para Senia pido que llegado ese momento no lo pase tan mal como yo. Espero que tenga la suerte de toparse con un hombre que sepa tratarla como cualquier mujer se merece. Los padres tenemos que hacer mucho al respecto con la educación que damos a nuestros hijos. Es el pilar fundamental para que algunas cosas mejoren.

Vaya perorata que te he soltado sin pensar, Congo. Se me ha ido la olla y el tiempo. Tengo que levantarme a toda prisa para ir a comprar el pescado. Después hay unas colas enormes.

Acaba de sonar el despertador. Te dejo. Es la hora.

Ah!, me olvidaba de enviarte besos. Los de hoy son de cuadros, como tus zapatillas.

P.D.: ¿Por qué no te habré conocido antes, Congo? Al principio.

 

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Pues como dije al principio no sé cómo titular esta carta.
¿Os animáis y me proponéis un título?

Se ofrece recompensa.
Gracias anticipadas, Aldabra


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viernes, 14 de marzo de 2008

Echando el ancla

Fotografía: asturpaco 07

Querido Congo:

Perdón por la tardanza al responderte pero es que ando bastante liada. Ayer llegué a casa y dibujé tu carta, inlcuso tomé unas notas pero me fue imposible sentarme ante el ordenador. Ahora que por fín he encontrado un hueco no lo voy a demorar más.

Estoy conmovida, Congo. Esa avalancha de sentimientos y de sueños de la que me haces partícipe me han dejado en un estado indescriptible. Es como si me encontrase volando por Bagdag sobre la alfombra mágica del califa Harún-al-Raschid.

Cuando era niña y era distinta, soñaba contigo aunque de aquella no lo sabía. Y nada ha cambiado desde entonces a pesar que la niñez ya queda tan lejana que apenas la recuerdo. Sigo soñando cada día, cada noche. Sigo soñando que vienes a buscarme para salir a ver el faro aprovechando las tardes soleadas del duro invierno. Sigo soñando cada noche esas caricias precisas y certeras. Las que me haces y las que te hago a ti. Porque yo también me demoro en tu cuerpo. Desde la cabeza a la punta de tus piés saboreo la piel que ha sido besada tantas otras veces por otras mujeres. Y siento celos. Unos celos terribles de que alguien más que yo poseyera tu cuerpo. Por eso cuando entras en mí imploro a mi dios particular que no te aleje de mi lado. Porque necesito tu calor para ahuyentar los sueños en blanco y negro y tus brazos para ayudarme a luchar con la ansiedad y ganarle la batalla y tus besos para secar las lágrimas que caen como plomos que se hunden en el agua del mar.

Sueños. Te tengo. No te tengo. Te sueño. Te construyo. Te invento. En sueños.

¿Por qué no dejas salir al niño que todavía está en ti? ¿Por qué no vuelves a escaparte por las noches como si fueras un adolescente para venir a esconderte en mi habitación? ¿Recuerdas? ¿Recuerdas la panadería? ¿Cómo se perdían tus manos en mis pechos? Congo, ven. Te quiero así: niño hombre libre encadenado tierno mordaz educado transgresor indeciso seguro misterioso sereno joven viejo arrugado pleno.

Soy una mujer, Congo. Y también una niña.

La mujer quiere que seas tú el que me ayude a deshacer la maleta del pasado que tanto me aprisiona. Y que me ayudes de una vez para siempre a creer en mí misma. La niña… la niña te esperará con los brazos abiertos dispuesta a correr siempre a tu encuentro para entrelazar las piernas en tu cintura y darte besos de sabor a gominolas.

Deja ya de vagar sin rumbo y echa el ancla en mi cuerpo desnudo. Deja también que varen tus besos blandos en los lugares más recónditos jamás imaginados. Y vivamos Congo. Vivamos.

jueves, 21 de febrero de 2008

I.T.V.

No me gusta pasar la ITV.

Sí, así le llama una amiga mía a la revisión ginecológica.

En la sala de espera suena una música agradable, las sillas son lilas, hay caramelos para edulcorar la vida, montones de revistas, unos cuadros con imágenes sedantes y unos arbustos artificiales muy logrados pero yo tengo un nudo en la boca del estómago. No puedo evitar los nervios.

Me pregunto si existe alguna mujer a quién le guste ponerse sobre el potro (que ya el nombre tiene delito) abierta de piernas de par en par y dejar que le hurguen hasta las entrañas (y nunca mejor dicho). Esto después de pasar la batería de preguntas incómodas. Yo ya lo he repasado todo antes de salir de casa. Porque recuerdo una vez, con el mismo ginecólogo, que me preguntó la edad que tenia y de tan “flan” que estaba me quedé en blanco ¡Que ridículo tan espantoso! Al cabo de unos minutos eternos por fin me descongestioné y salieron todos los años uno por uno.

Espero que hoy todo vaya bien.

Antes de nada repasaremos lo que está en mi expediente anotado: dirección, teléfono, tienes una hija, separada, última regla… bla, bla, bla… ¿algún problema últimamente?. Contestaré que sólo se trata de una revisión de rutina y con la misma… ¡Allá vamos!. A ponernos ligeritas de ropa. Mejor dicho, a sacarnos toda la ropa y a relajarnos.

Después de la palpación de los pechos que no me incomoda demasiado siempre dicen lo mismo: Relájate que te encuentro un poco tensa. En realidad, llegado este punto ya estoy rígida como una tabla. Lo cual sólo ayuda a que me haga daño en la exploración.

Pero, ¿qué quieres que te diga, Congo?. No acabo de acostumbrarme.

La “sábana” siempre acaba bajándose que ya no sé para que la pone la enfermera y veo la cara del médico enmarcada entre mis piernas y quiero aparentar “relax total” pero mi gesto de “haba” lo dice todo. Por eso vuelve a añadir: Tranquila que ya verás como todo está bien. Venga, vamos a hacer ya la ecografía. Esto ya está.

Y nos cambiamos de escenario. Ahora el gel frío en mi vientre me pone la piel de gallina y empieza lo peor. Voy de su cara a la pantalla del ecógrafo intentando descifrar las manchas oscuras y las formas extrañas que hay dentro de mi cuerpo y me muero de impaciencia de que empiece a decir algo y deje de hacer mediciones.

Me indica que me vista que luego me explica. Cuando te dicen esto ya hay que empezar a desconfiar porque cuando todo va bien ya te dicen algo como: Estás estupendamente, Está todo bien o Todo es normal, a secas.

Así que en este mismo instante no quiero que me explique nada. Quiero irme de la consulta y no saber lo que me tiene que decir. Tal vez otro día que esté de mejor humor.


lunes, 4 de febrero de 2008

Libélula

(1) Soñando con “Congo”


Esta noche soñé con Congo.

Quedábamos para tomar una infusión después de comer. Lo llevaba a una cafetería que hay en la parte alta del puerto totalmente acristalada desde donde se divisa gran parte de la ría. La tarde estaba despejada y el sol que no había querido salir durante la mañana empezaba a calentar con fuerza. Estábamos solos en el local y hablábamos de lo que habíamos hecho durante la mañana.

Al salir de allí le proponía ir a un lugar que estábamos viendo desde la cafetería. Una ermita en lo alto de un monte cercano. Subimos al coche y llegamos hasta ella para disfrutar de la vista de la ciudad y del primer abrazo de la tarde.

Decidimos iniciar un sendero que nos separaría del resto del mundo durante los minutos que le robaríamos a la vida real. Y comenzamos a subir por el camino estrecho y escarpado hasta llegar al punto de más altitud en donde aparecía una piedra enorme y plana que parecía puesta allí para nosotros. Sin consultarnos siquiera, como en una comunicación de silencio, dirigimos nuestros pasos hacia ella y nos tendimos mirando al cielo. Pasó una libélula cerca de nosotros pero cuando quería enseñársela a Congo ya se había ido lejos. Congo me decía que las libélulas mordían pero a mí me parecía imposible. Veíamos la luna y nubes pequeñas desparramadas al desdén sobre el cielo.

Así relajados y dejándome llevar por la tarde tan agradable le proponía a Congo que podíamos irnos en el verano unos días por ahí. Perdernos sin rumbo conocido. Tal vez pudiéramos hacer coincidir una de nuestras semanas de vacacioneos y salir sin pensar hasta que lugar nos llevaría nuestro deseo. A Congo le parecía buena idea pero se reía a carcajada limpia. Decía que le resultaba graciosa mi propuesta porque siempre me estaba perdiendo en todas partes con lo despistada que era, que no haría falta que llegásemos muy lejos.

Y mientras veía reír a Congo en mi sueño, sonó el despertador y ví como la habitación cobraba vida en mis ojos con la luz que se colaba por los resquicios de la persiana a medio bajar.


miércoles, 30 de enero de 2008

Un festín

Apuntes (5). Para Congo
Naranjas
Piña natural
Uvas
Albaricoques
Fresas Plátanos
Kiwis
Manzanas variadas
Albaricoques
Peras
Cerezas

La mesa grande del salón está cubierta con un hermoso mantel de tela de hilo bordado en blanco, con filtirés y puntillas haciendo un centro y por el borde. Vamos a estrenarlo hoy.

La fruta está amorosamente dispuesta en unos platos blancos con filo dorado. Y hay también muchas clases de queso cortado en triángulos y haciendo dibujos en las fuentes. Me encanta el de agujeros grandes (no recuerdo ahora su nombre) porque cuando lo como me sabe a cuentos infantiles donde hay ratoncillos que lo entienden todo.

Para beber tenemos infusiones variadas: verbena, té verde, poleo menta y anís estrellado. También por supuesto agua y zumos: de piña, naranja con zanahoria, naranja con mango y melocotón con uvas.

El salón está tenuemente iluminado con la lámpara de pié. He descorrido las cortinas y está sonando “Over the rainbow”.

Estás llamando ya.
Voy a abrirte la puerta.
Espero que tengas mucho apetito.

………………………

- Hola
- Uhmmm… Hueles a fruta
- He estado preparándote una sorpresa
- ¿Qué se te ha ocurrido?
- Ahora lo verás
- ¿No vas a darme un besito?
- Estaba deseando que me lo pidieras
- Lo sabía
- ¡Listillo!
- Debías de patentar este olor para una colonia. Es delicioso
- Sí. A mí también me gusta
- Me dan ganas de empezar a comerte
- Eso lo dices porque no has visto la mesa
- ¿Y a que estás esperando para enseñármela?
- Ven, cierra los ojos
- Me fío de ti
- ¡Tachán! ¡Tachán! Ábrelos ahora
- ¡Guau! ¡Que buena pinta tiene todo!
- ¿Te gusta?
- ¡Claro! Me encanta la fruta. Y el queso. Pero no voy a saber por dónde empezar
- ¿Puedo hacerte una sugerencia?
- Dispara. Me fío de ti
- Yo empezaría por las naranjas. He probado algunos gajos y están de muerte
- Uhmmmm… Naranjas. Me has adivinado el pensamiento
- Lo sé

lunes, 28 de enero de 2008

Tiramisú


Apuntes (2). Para Congo




Tú voz al despertar.
Tal vez sea un sueño.
No. Un sueño no es tan real.
Tu voz que me llama perezosa, remolona…
y es como si estuvieras aquí.


Al despedirnos y después de colgar el teléfono, tu voz me sigue atando a la cama. Boca abajo siento que mi cuerpo pesa una tonelada y por dentro se revuelven miles de sensaciones.

Pero voy a llevar a cabo tu sugerencia. A ver si hay suerte. Espera un poco y lo sabremos.


(Transcurren dos horas)

No te lo vas a creer. Ya tengo justo delante de la libreta, en la mesa, el trozo de tarta de tiramisú y un vaso de leche templado con un sobre de Cola Cao. Vuelco el sobre en la leche y lo disuelvo. Me tomo la espuma que se forma a cucharadas lentas ¡Me encanta la espuma del Cola Cao! Y retraso el momento de probar la tarta. Sé que cuando tenga el primer pedacito en mi boca tendré la sensación de que eres tú por entero el que se está colando por cada resquicio de mi cuerpo pequeño, de tantas veces como me has hablado de ese sabor.

Empiezo.

Primer bocado. Está delicioso, fresco.

Segundo bocado, más grande que el anterior. Percibo el sabor a café.

Tercer bocado. Recuerdo cuando llego a la cafetería y se acerca el camarero, una vez que me he sentado en la misma mesa y en la misma silla en la que estuve contigo aquél día:

-¿Tenéis tiramisú?
- Sí
- Me traes, por favor, un Cola Cao y tiramisú
- ¿Un trozo o toda la tarta?, dice el camarero sonriendo. Acabamos riéndonos los dos.

Ya me he comido unos cuantos bocados más. Venga, abre la boca que este trocito es para ti. A ver que viene un avión… como cuando éramos pequeños.

Más bocados. Está para morirse, Congo. Tenías razón.

Se ha terminado.
Gracias por haberme dado la idea. Ahora voy a hacer unas compras.

viernes, 25 de enero de 2008

Por ti, Quela





Querido Congo:

He pensado empezar mi carta de muchas maneras. Créeme que de verdad lo he intentado. Pero ¿cómo puedo hablar de algo que para mí es muy triste sin transmitirte parte de mi tristeza? Es imposible. Y es que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y tratarlas de acuerdo con su naturaleza.

Así que hoy (lo siento Congo) me toca hablarte de algo triste. Y supongo que ya sabes más o menos de lo que se trata.

Hoy Quela cumpliría 18 años si no fuera porque hoy también, justamente, se cumplen 6 meses desde que nos dejó. A pesar de que el tiempo va pasando no me resigno a pensar que ya no la veremos nunca más. Es que es muy triste, Congo, por eso no quiero resignarme.

Esta tarde Senia irá con sus padres hasta los acantilados en donde se esparcieron sus cenizas. Creo que la imagen de su padre abrazando la pequeña urna antes de desprenderse de ella para lanzarla al mar, me va a acompañar siempre hasta que yo también me vaya ¡Al final que poca somos, Congo!... Un número a sumar en las estadísticas anuales… Un titular de un periódico cualquiera: Una joven adolescente pierde la vida en un accidente de tráfico al chocar la moto que conducía… Un puñado de polvo. Nada más.

Senia todavía sigue pensando mucho en ella. Y llora. Ayer por la tarde me contaba en la cocina, mientras preparaba la carne asada, que ahora no tenía “una mejor amiga” que se llevaba bien con sus nuevas amigas pero que ninguna era la mejor. Yo le dije que tampoco eso estaba tan mal y que el tiempo, que todo lo adormece, haría que alguien especial sobresaliese por encima del resto sin minusvalorar a nadie. Sin Quela está un poco desvalida porque era un apoyo muy importante y muchos años de amistad, desde que tenían 8 años y coincidieron en un campamento de verano.

En fin, Congo, así es la vida. A veces toca reir y otras llorar. Ahora Quela descansa para siempre en la playa que tanto adoraba, la playa que también la llevó, de algún modo a la muerte, porque estaba en ella antes de salir a dar aquel paseo fatídico. Sé que está allí, en las olas, en la arena, en la brisa, en los juncos, en cada tabla de surf y en cada corcho.

Y ya por último, me gustaría despedir hoy esta carta, con un pequeño fragmento del libro “El profeta” de Khalil Gibrán, que leí para los que estábamos reunidos, el día que despedimos a Quela:

“Pueblo de Orfalís: El viento me ordena dejaros.
Aunque tengo menos prisa que el viento, debo irme.
Nosotros, los errantes que buscamos siempre el camino más solitario, no empezamos un día hemos concluído el anterior, ni hay aurora que nos encuentre donde nos dejó el crepúsculo.
Porque incluso mientras la tierra duerme, viajamos.
Somos semillas de una planta tenaz, y en nuestra madures y plenitud de corazón nos entregamos al viento y nos diseminamos.
Breves fueron mis días entre vosotros, más breves aún las palabras que os dije.
Más si mi voz se muere en vuestros oídos y mi recuerdo se desvanece en vuestra memoria, entonces volveré.
Y con el corazón más lleno y unos labios más obedientes al espíritu, volveré a hablaros.
Sí, volveré con la marea.
Y aunque la muerte me esconda, y el silencio me envuelva, buscaré vuestro espíritu.
Y no buscaré en vano.”

Te seguimos queriendo Quela.
Te quiero Congo.

jueves, 24 de enero de 2008

Tener una freidora en mi vida... no está tan mal.

Mi querido Congo:

¿Te has dado cuenta que con las prisas me he vuelto a olvidar de poner el encabezamiento a tus cartas? Espero que no me lo tengas en cuenta porque ya sabes lo desastre que soy y que por lo tanto lo hago sin darme cuenta.

Dicho esto, vamos allá.

Bueno, bueno, bueno, no sé por dónde empezar, Congo. Ha quedado muy bien esta frase pero en realidad no tengo nada importante que contarte. A veces pienso que mis días son muy anodinos, que estoy pasando por la vida sin pena ni gloria, que se suele decir. Pero luego pienso (más que nada por animarme), que las cosas pequeñas son las que de verdad importan y que tampoco se trata de ser una Madame Curie, entre otras cosas, porque ya hubo una y las personas son únicas e irrepetibles ¿no?

Y repito otra vez: Dicho esto, vamos allá.

Hoy hace un día fantástico a pesar de que soy mujer, tengo la regla y por la noche no pude dormir con el dolor de tripa. Pero luce el sol, la tempetura es agradable y las gaviotas revolotean contentas mientras destacan sus contornos aerodinámicos en el telón azul de un cielo despejado (¡¡ Ayssss!!... ¿Quedó un poco cursi?)…

Corre el telón que vuelvo a salir de nuevo al escenario.

Me encantaría escaparme de la oficina, coger el coche y acercarme a alguna de las playas de la comarca para pasear por la orilla del mar, mojar los pies (bueno, tendría que pensarlo un poco poque el agua estará congelada), hacer unas fotografías o simplemente escuchar las canciones del mar llegando a la orilla ¿Por qué no te teletransportas y te vienes conmigo? Anda, Congo, por favor, inténtalo ¿No te gustaría acompañarme?

Vale, vale, vale ya. Vuelvo a la realidad.

Ayer pedí a mi madre que subiera a casa para abrir la caja que dormía en la cocina y descubrir mi bonito regalo. Quería compartir con ella esa satisfacción tan grande (je je je). Y la verdad es que al ver su cara, yo también empecé a mirar a la freidora con otros ojos. Más desde que tú, Congo, me convenciste de las ventajas de tener una freidora en mi vida. Para mi sorpresa cuando comenzamos a descuajiringarla, ver sus piezas y su funcionamiento pues ya me pude imaginar friendo todo tipo de cosas. Incluso creo que voy a poder freir en ella mis malos pensamientos, humores, neuras y demases. Como es el tamaño grande cabe de todo… Y además, se puede meter toda enterita por piezas en el lavavajillas ¡¡Toda entera, Congo!! Bueno, es que es para alucinar.

Salvo este ínfimo trabajo dediqué la tarde de ayer a la vida contemplativa. Se que te parecerá imposible porque soy un culo inquieto pero así fue ¡Qué ganas tenía! Me dediqué a escuchar música agradable y relajante. Ir a la librería más cercana a pie dando un paseo para poder realizar un pequeño trabajo de manualidades. Y poco más ¡Ha sido fantástico!

Al volver pegué “nuestro” cartel en el espejo de la cómoda. Así puedo leerlo desde la cama nada más acostarme o levantarme, o cuando me vaya a mirar al espejo. Aunque seguro que en un par de días ya lo habré aprendido de memoria y me quedará grabado para siempre. Bueno, eso si el Alhzeimer incipiente me lo permite.

P.D.: Gracias por tu apoyo. M.G.E.C.

miércoles, 23 de enero de 2008

La freidora

Hoy he cambiado de escenario. Etoy escribiendo en el escritorio de la salita, donde está el ordenador. Pero en mi libreta, eso sí. El bolígrafo y la hoja cuadriculada siempre me inspiran más.

Resulta ser que hoy tendría que haber celebrado algo. Sí, esas fechas señaladas que hay que celebrar por calendario o porque alguien se lo inventó un día. Pero a mí no me gustan las imposiciones y por tanto, tampoco celebrar cuando no se tienen ganas. Pero una madre es una madre y a la mía se le ocurrió la feliz idea de regalarme… ¿a que no lo adivinas, Congo?... Una freidora. Sólo de ver la caja ya me asusté. Todavía reposa en el suelo de la cocina dentro de la bolsa plástica del establecimiento. No fui capaz de abrirla. Yo creo que mi madre todavía no perdió la esperanza de que me dedique de lleno a la cocina y no quiero decepcionarla pero a ver como consigo mañana decirle sutilmente y sin herirla que para qué queremos Senia y yo una freídora… que con una sartén ya nos apañamos… Si es que además ella sabe que me gustan más las patatas cocidas. Es lo que tienen las sorpresas. Antes siempre me preguntaba qué quería o me daba el dinero, directamente, para que me comprase algo, ropa generalmente. Pero hoy no, hoy ¡toma sorpresa!. Freidora de patatas. También puedo freir croquetas, chipirones, calamares… Tal vez hasta cuando la abra me gueste y todo. Aunque no lo creo porque a mi este año lo que de verdad me apetecía era lo de siempre. Ya había decidido lo que quería comprarme: un conjunto de ropa interior de esos de caprichito. Y claro, esto y la freidora no tienen mucho que ver. Para colmo mi padre se empeñó en que me comprasen la de tres litros, según contó mi madre. A ella le gustaba una mini que decía que para las dos nos llegaba pero no… mi padre “caballo grande ande o no ande”, la más grande. En fin, a ver como arreglo este desaguisado porque está claro que la freidora no me hace ninguna ilusión.

Para seguir celebrando mi día después de comer con mis padres, con la freidora en el maletero y con un calor de mil demonios me fui a hacer la compra al Hiper porque no podía demorarlo más. Odio hacer la compra, ya lo sabes. El carro, ir tachando la lista conforme meto los productos al carro, descargar el carro para pagar, volver a cargar el carro, las bolsas del carro al coche, deshacerme del carro, ir a casa, dejar el coche ante la puerta del ascensor, bajar las bolsas, aparcar el coche, meter las bolsas en el ascensor, llevarlas desde el ascensor a la puerta de casa, abrir y llevarlas hasta la cocina y ya por último colocar cada cosa en su sitio. Sí es que es cansado sólo con leer todo esto. Es demasiado para mi y además siempre acabo comprando más de lo que pensaba.

Cuando estaba en el aparcamiento del Hiper celebrando mi día y agotada hasta lo indecible me llamó un amigo para tomar un café y una charla de amigos siempre sienta bien. Por lo menos darme un respiro.

Y después de nuevo “hogar dulce hogar”. Es decir, plancha, lavadora, cena, duchas, deberes, discusiones con Senia… en fin… rutina diaria.

Cuando llegué a casa te eché tanto de menos, Congo. Tenía ansiedad de abrazarte, de oir tu voz. Ese tipo de ansiedad que no se cura con ningún ansiólítico. Pero siempre me queda soñar, imaginarte que estás a mi lado ahora… y eso es más que nada.

Anda, ven, quiero cantarte al oído un bolero, acércate así…

“Te extraño, como se extrañan las noches sin estrellas
como se extrañan las mañanas bellas

no estar contigo...

martes, 22 de enero de 2008

Urgencias



Son las 18:10 horas y llevo en Urgencias con Senia desde las 16:30 horas. Todavía no nos han atendido. Está atestado de gente.

Después de comer acerqué a Senia al Centro de Salud porque se aquejaba de un dolor por la zona del apéndice. Llevaba varios días con el mismo “punto”. No le hice mucho caso porque siempre tiene miles de dolencias inexplicables pero al insistirme y a pesar de que no quería nos acercamos. La vio una doctora y nos dio un volante para que la atendiesen en la Residencia y descartar una posible apendicitis.

Ella se encuentra tranquila sentada en su silla de ruedas y no tiene mucho dolor. Yo me muero de sueño. El ambiente está cargado. Mi silla de madera es incómoda y necesitaría estirarme. Hay un pitido ensordecedor que no deja de sonar.

Todo es frustrante y seguro que aún tenemos para largo. Mejor ni lo pienso. Al menos tengo un libro para leer.

Son ya las 20:00 horas y aún no nos vio ningún médico pero nos han pasado a un box. Urgencias está animado. Una pareja de drogadictos jóvenes: chico y chica, están montando un jolgorio de película. El Vigilante de Seguridad está a la puerta del box donde los han ubicado. Él tiene un brazo ensangrentado. Al fin parece que los van a atender o la emprenderán con alguno de nosotros. Están justo en el box siguiente al nuestro.

Los hospitales son odiosos y fríos. Uno siempre se siente solo aquí dentro.

Senia está en la camilla esperando al médico. Le han mandado recoger una muestra de orina, mirado la fiebre, tomado la tensión… lo típico. Yo sigo leyendo en otra silla incómoda de madera en una esquina del box. Estoy muy cansada. Senia dice tener hambre.

El médico ha venido a las 20:30 horas y ha descartado apendicitis, sólo queda descartar una posible infección de orina. Seguimos en el box.

Son las 21:00 horas y le han puesto una inyección para el dolor. Así que volvemos a la Sala de Espera. Los drogadictos ya se han marchado también. Sólo queda esperar el resultado de los análisis.

El tiempo pasa con una lentitud desesperante. Parece que el oxígeno fuera a terminarse de repente.

En la Sala de Espera hay más personas que antes. Las caras de los ancianos, la mayoría de los enfermos, me estremecen. Es triste hacerse viejo. Hay una señora mayor que está en una camilla llorando. Cuando llegamos a primera hora ya estaba en la Sala de Espera y también me pareció que lloraba. Decido acercarme a ella. Está sola. Le pregunto si tiene familia y me dice tener hijos. Le recomiendo que los llame porque está muy nerviosa. Dice que no quiere molestarlos. La convenzo y llama a su hija pero casi no puede hablar. Me pongo al teléfono y le cuento como está su madre. Vendrá enseguida. Se queda más tranquila. Me enseña su pierna. Está negra, debe ser falta de circulación. Tiene muy mal aspecto.

Vuelvo a sentarme al lado de Senia. Tengo ganas de echarme a llorar. Se me están resbalando unas lágrimas. ¡Mierda!.

Escribir me ayuda a pasar el tiempo y desahogarme. Son ya las 22:00. Han pasado cinco horas y media.

Pienso en ti, Congo y me gustaría que me abrazaras.

Se acercó mi madre un rato por si necesitábamos algo. Le digo que se marche porque no puede hacernos nada y estamos bien. Sólo tenemos que tener paciencia y esperar. Estamos más tranquilas las dos solas.

A las 23:00 horas viene el médico a traer los resultados. Ni si quiera hay un box libre para tener un poco de intimidad con los pacientes. Los enfermos están por todos lados. Es realmente increíble. Los resultados dan infección de orina. Antibióticos siete días y control por su médico de cabecera.

Se tiene que cambiar de ropa en unos servicios porque no hay nada libre. Y tenemos que irnos ya. No aguantamos más.

A las 23:10 horas abandonamos Urgencias, después de casi siete horas. Destrozadas. Agotadas. Deprimidas. Todavía nos queda ir a la Farmacia de Guardia antes de volver a casa.

Ha sido un día duro pero al menos Senia no tiene nada de importancia.

lunes, 21 de enero de 2008

Oviedo


Querido Congo:

Voy de viaje de regreso, escuchando música en los cascos. Aislada por un breve espacio de tiempo. Hace un día soleado y una temperatura agradable. El fin de semana no ha dado para mucho pero sirve para desconectar de la realidad cotidiana y ver las cosas desde otra perspectiva.

Oviedo es una ciudad magnífica. Estoy impresionada gratamente. Todos los monumentos históricos bien conservados, estatuas por cualquier rincón, jardines llenos de tulipanes de colores, fuentes… Y por la noche todo se ilumina y los edificios de piedra lucen majestuosos. Espero que hayan salido bien las fotos porque disfruté como una niña pequeña disparando a diestro y siniestro. Ya las verás.

Me hubiera gustado recorrer las calles de la zona monumental contigo porque tienen mucho encanto e invitan a las demostraciones afectuosas. El sábado por la noche vi a una pareja joven besándose en la terraza de una sidrería. Era de uno de esos besos a los que tú les dices que no son de “propósito general” y tengo que decirte que sentí una envidia terrible. Sana, eso sí. No quería mirar para ellos pero no pude evitar que se me escapara una miradita de reojo mientras pasaba de largo.

También traigo un recuerdo triste. Esta mañana después de dejar el hotel salí a hacer unas compras. En una de las calles comerciales estaba una anciana vestida toda de negro sentada en un portal pidiendo. Lloraba desconsoladamente. A sus pies tenía un cartón con un montón de imágenes pegadas de santos y vírgenes. Una mujer de mediana edad que pasaba por allí se acercó a ella y le acarició la cabeza por encima del pañuelo. Al pasar por su lado me acerqué a echarle una moneda y no pude evitar que se empañaran mis ojos. Dijo algo en otro idioma. Sentí su desolación y sentimiento de culpabilidad por todo lo que yo podía disfrutar. Son las injusticias de este mundo.

Ya falta poco también para tu vuelta, Congo. No sé ni cuantos días exactamente. Tampoco necesito saberlo. He aprendido a dejar que el tiempo transcurra por sí mismo, sin apurar las horas. No hago planes, no pienso en el futuro ni a medio ni a largo plazo, sólo procuro vivir los días aprovechando los recursos que se presentan a mi alcance. Así me va algo mejor.

Me pregunto si no echas de menos ver las flores, el campo, los árboles… Está todo tan bonito. Acabo de pasar ahora por una playa. Es como si hubieran cortado una montaña y hubiesen puesto la playa en medio. Sé que te gustaría.

Bueno, pequeñín, tengo que dejarte ya. Te envío un fuerte abrazo y un beso. Sí, sólo uno. Porque con un poco de suerte al entrar en contacto con tu boca se multiplicará y los nuevos besos se extenderán por tu cuerpo como un reguero de pólvora.

P.D.: Intento no pensar en ti. Es difícil.

domingo, 20 de enero de 2008

Campanilla


Querido Congo:

Hace muchos días ya que no te escribo. No es que me hayan faltado ganas o que no haya tenido tiempo. Son las excusas más corrientes pero no se trata de nada de eso. Es que no he sabido que contarte. Sí, ya sé que te parecerá absurdo pero a veces me siento así.

Empiezo a pensar que te aburren mis cartas, que te asustan mis sentimientos, que prefieres que todo transcurra más despacio y dejo de fluir. Mi corazón se cierra en banda, mis dedos se agarrotan y no consigo pasar del primer párrafo. Es el miedo, Congo. Porque tengo unos fantasmas que me asustan mucho, mucho.

Siempre procuro buscar el ánimo más positivo y cuando me van mal las cosas tomarme los caramelos de “échate todo a la espalda” (recomendación de una querida amiga). Pero nada es tan sencillo. Si alguna suerte tengo, porque para mi es una gran ventaja, es que el miedo nunca me impide luchar por conseguir aquello en lo que creo por mucho que sufra. Todos los esfuerzos merecen la pena y me hacen mejor persona aún cuando no consiga mis propósitos.

Estoy convencida que es bueno tener sueños, una meta, un destino, un fin. Cada uno busca aquello que más necesita. No sé si conseguiré alguna vez lo que busco pero tengo la certeza de que me moriré intentándolo. La tenacidad para levantarme en los avatares desafortunados que han surgido en mi camino ha sido siempre el factor determinante para poder avanzar.

Y ya no sé por dónde seguir ¿Ves cómo era ciento lo que te contaba? Me pongo a escribir… a filosofar, debería decir, y no te cuento nada que resulte divertido, que es lo que debería hacer, se supone.

Decirte que intento pasar mis días lo mejor posible. Y como todo el mundo tengo días buenos y días menos buenos. Hay días que pienso mucho en ti y otros en los que no pienso tanto. Tengo una burbuja particular para nosotros en mi imaginación y luego está el resto del mundo.

Te dejo ya, Congo. Es tarde y me siento muy cansada. Me voy a la cama a leer un rato. ¿Te dije que había terminado por fin el dichoso libro? Ahora estoy con un poemario maravilloso. Te gustaría, claro que tendría que primero traducírtelo.

Y ya es el turno de los besos y abrazos. Cierra los ojos. Hoy son tan suaves que apenas notarás que estoy con mis labios en tu piel. Sólo sentirás un leve y agradable cosquilleo como si te hubiese besado alguien tan ligero, como Campanilla, la amiga de Peter Pan.

P.D.: Creer en mis sueños me ha ayudado siempre a superar el abatimiento. Y hoy creo en ti, Congo. Y me siento orgullosa.

viernes, 18 de enero de 2008

Los días son soldados que desfilan sin parar... sin perder el paso.




Querido Congo:

Ya estamos en otro año. Después de todo los días pasan más rápido de lo que parece. Tal vez los tuyos ahora desfilen ante tus ojos casi iguales, como soldados uniformados en un desfile, uno tras otro, sin diferenciar si es viernes, martes o jueves. Seguimos rutinas diferentes pero rutinas al fin y al cabo.

Esta noche desperté a las seis de la mañana con un sueño que me llevó a ti. No puedo contártelo ahora porque todavía eres pequeño (jejejejejejejejejeje). Es una broma. Pensé en levantarme e ir hasta la cocina a prepararme un colacao con cereales. Cuando me desvelo siempre me entran ganas de comer. Pero como seguimos con mucho frío, decidí acomodarme entre las sábanas para ver si el sueño volvía de nuevo a visitarme. Lo conseguí poco antes de que sonase el despertador.

Es viernes. El día de la semana que más me gusta. La expectativa de dos días por delante para dormir me pone de buen humor. Siempre hago planes que no suelo llevar a cabo pero las ilusiones hacen que los días sean mejpores. Hoy es un viernes soleado. El fondo del cielo está muy azulado. Y grupos grandes de nubes de color blanco grisáceo lo adornan con gracia. ¿Qué más se puede pedir?

Siento que tengas tanto trabajo y que apenas puedas disfrutar de momentos de descanso y ocio. Tiene que ser agotador. Así que procura, dentro de lo posible, cuidarte. Quiero que vuelvas en plena forma. Y no es porque yo vaya a estar esperándote. Es simplemente porque deseo lo mejor para ti.

Ha sido una semana muy tranquila. Ayer estuve tentada de hacer una excursión hasta Punta Frouxeira pero cuando me disponía a salir ya se me había hecho tarde. Así que por matar el gusanillo escribí un relato inspirado en ese lugar. No es lo mismo, como dice Alejandro Sanz pero de algún modo, me conformó un poco. Ya te lo haré llegar en otro momento. Con suerte, y cruzo los dedos, iré este fin de semana. Quiero hacer fotos desde allí. Y encontrarte en el acantilado. Sé que te traerá el viento entre las olas del mar.

No tengo mucho más que contarte Congo. Esta carta te va a resultar sosa y aburrida. No estoy muy inspirada, lo siento. Sólo quiero que de alguna forma sientas mi presencia y alejarte, por unos minutos, de la isla gris en la que estás viviendo.

Todavía tengo sin repartirme unos poquitos besos de los que me enviabas en tu última carta. Los llevo guardados siempre en el bolsillo del pantalón y aunque no los sienta en mi cuerpo, los acaricio con las manos. Eso me basta.

P.D.: Ven, acércate ahora que puedo darte un abrazo sin que nadie nos vea. Me gusta como hueles, ¿te lo había dicho alguna vez?

miércoles, 16 de enero de 2008

Nieve



Querido Congo:

Hoy ha nevado. Me pareció increíble ver la nieve al salir esta mañana de casa. Ha hecho tanto frío que te salvas de no estar aquí ¡Que suerte la tuya que ahora estás disfrutando de sol y calor!

Lo he intentado, en serio. Pero es evidente que no soy capaz de no hablarte de mis sentimientos porque irremediablemente asaltan mis quehaceres diarios a cada momento. Hace un ratito que he terminado de cenar y todavía sentada en la cocina te vuelvo a ver en la plaza o contándome como te querías esconder del profesor en el colegio cuando eras pequeño.

Los días como hoy en los que nada me gustaría más que hacerte el amor son los peores. Tal vez pienses que todavía es un poco pronto para nosotros pero qué puedo hacer. Me dejo llevar por la corriente que fluye por mi cuerpo y me gusta el sabor de desearte.

Vuelves. Y no quiero.

No quiero imaginar la calidez de tus abrazos y la timidez de nuestras caricias descubriendo nuestros cuerpos por primera vez. Cierro los ojos para no ver. Fuerte. Pero dentro, en la oscuridad, vuelvo a encontrarte. La música me ayuda a andar el camino hasta la plaza que empieza a girar despacio como en una película. Y tú inmóvil, me esperas.

Ay, Congo!... Nos separan tantos mares que tengo miedo que no lleguen mis besos, que sean engullidos por los remolinos que forman todas las olas en su devenir o que la sal de la mar los abrase en su andadura.

Eso sí que me duele de verdad, que no sepas todo lo que tengo para darte.

P.D.: Te he escrito un poema.

lunes, 14 de enero de 2008

El primer beso





Querido Congo:


Verás, ayer estuve dando muchas vueltas a una idea. Se me ocurrió pensar en los besos y en que tenía que contarte como eran los míos. No es una tarea sencilla pero intentaré hacerlo lo mejor posible para que tengas una idea aproximada sobre mi forma de pensar y cómo son.

Para mi todos los besos son importantes, por supuesto, siempre que cumplan una condición: Que sean sinceros. Y nunca, nunca, ningún beso es “corriente”. Cada uno es único e inigualable.

El primer beso siempre es el más esperado. Tal vez no sea el mejor teniendo en cuenta los nervios y la vergüenza del primer acercamiento pero, desde luego, es el más inolvidable. Antes de que tenga lugar solemos dibujar en nuestra mente una imagen visual del mismo. Soñamos con el lugar, con lo que diremos, lo que sentiremos… lo idealizamos, en resumen. Las cosas pocas veces suceden tal cual las imaginamos pero tampoco importa demasiado. La espontaneidad es hermosa aunque resulte torpe y atropellada.

Hace unos días soñé con nuestro primer beso. Supongo que será porque estoy deseando besarte, esa es la verdad, pero no se cómo decírtelo. ¿Se debe pedir un beso?. Decir, por ejemplo: “Me gustaría besarte”. Son tres palabras. No ha de resultar tan dificil decirlas de un tirón. ¿Es valiente pedir un beso corriendo el riesgo de una negativa por respuesta? Me arriesgaré. Te lo pediré la próxima vez que nos encontremos. Necesito saber lo que siento en ese instante, lo que pasa por mi cabeza y por mi cuerpo.

Pero no sé por qué me estoy torturando pensando en todo esto. Tus besos. Mis besos…

Después de todo, los que se me dan mejor son los virtuales porque… ¿Cómo se puede describir con exactitud un beso real? Voy a probar, hacer una composición de lugar y tal vez así…

Imaginemos una escena. Estamos en el coche. Te pido un beso. Te acercas despacio. Me muero de los nervios. Nuestros labios se acercan. Nos besamos con timidez. Me gustan tus labios. Repetimos el beso. Nos miramos a los ojos. Volvemos a acercarnos. Quisiera tocarte la cara, sentir tu piel en mis manos. No me atrevo. Tú sí, me acaricias la cara. Envidio tu gesto. Otro beso. Es tarde. No podemos alargar más el momento de la despedida. Porque es una despedida. Si no fuera así no me hubiera atrevido. O sí. Quisiera abrazarte, reposar mi cabeza en tu hombro. No hay tiempo a más.

P.D.: Y agradezco el regalo…

viernes, 11 de enero de 2008

Mermelada de naranja amarga



Querido Congo:

Antes de nada disculparme porque mi carta anterior (Fabricando Ilusiones) no iba encabezada con tu nombre. Lo siento, ya sabes lo despistada que soy. No volverá a suceder, bueno, al menos eso espero. De todos modos seguro que al leerla ya supiste que sólo podía ser para ti porque sólo nosotros podemos ver unicornios en las nubes, ¿verdad?

¿Qué tal tu día? El mío ha tenido de todo un poco para no aburrirme. Me levanté un poco depre. Pronto descubrí el porqué: la regla, que invariablemente me revoluciona las hormonas. La odio. Casi estoy deseando ser menopáusica para olvidarme de ella por siempre jamás. Y no me digas que no es para tanto. Ningún hombre puede imaginar con precisón lo que significa. Menos mal que según fue transcurriendo el día mi ánimo volvió a su estado natural de alegría y buen humor (exagerando un poco). Ahora ya estoy en la cama serena y relajada.

Hoy he tenido un antojo de los míos, ya me conoces. He cenado tostadas de queso con mermelada de naranja amarga y una infusión de esas de mezclas que estaba buenísima. Aunque parezca una chorrada hace tiempo que no disfrutaba tanto con una comida. El otro día en Alcampo no pude resistir la tentación de comprar esa mermelada. Y fíjate que casi me quedo sin probarla. Era incapaz de destaparla y me daba un poco de corte acudir a los vecinos en pijama para que me echasen una mano. El destino y mi fuerza llevada al límite, al final, se pusieron de mi parte.

Del resto, ya sabes, rutina, rutina, rutina y más rutina: trabajo, cosas de casa, gimnasia, plancha, cena… A ver si soy capaz de leer un par de hojas antes de dormirme. El libro en el que estoy ahora no acaba de engancharme pero lo terminaré pase lo que pase. Es uno de mis principios de lectura: Se debe llegar hasta el final para opinar sobre el conjunto. No sé si es o no acertada pero hasta ahora me ha servido.

De mi fin de semana sólo decirte que fue largo y aburrido. El viernes vi en el DVD una película de las que me gustan. Lloré tanto que hasta me quedé dormida en el sofá hasta las tres de la mañana. Y ayer fui a la playa. Paseé por la arena mirando al suelo con la esperanza de descubrir algo inusitado pero sólo encontré cáscaras de mejillones. Hice unas fotos muy bonitas del atardecer. Te gustaría el cielo que había.

Bueno, Congo, antes de despedirme, ¿me darías un abrazo de carrerilla?. Te lo explico: Tú me esperas con los brazos abiertos y yo, desde una distancia prudente, me lanzo. Cuando llego, me engancho en tu cuello, me agarro fuerte con las piernas en tu cintura y me das vueltas y vueltas y más vueltas hasta que dices, agotado, que ya no puedes más. Entonces, ya quietos y todavía en alto, te doy un montón de besos de miel. Sé cuanto te gustan.

P.D.: No dejo de pensar en tu viaje…

martes, 8 de enero de 2008

Fabricando ilusiones... Y a la primera carta siguió la segunda.



Hoy hace un bonito día de sol para celebrar cosas y si no hay cosas que celebrar siempre podemos inventarlas, ¿verdad? Pero hoy no tengo ganas de inventar nada aunque siga viendo en el cielo mariposas, flores de colores, gotas de lluvia de gaseosa, caballos blancos alados, unicornios… Siempre me gustaron estos seres mitológicos y el que más, el unicornio azul de la canción de Silvio Rodríguez, ¿la recuerdas?:

“Mi unicornio azul ayer se me perdió y puede parecer acaso una obsesión pero no tengo mas que un unicornio azul y aunque tuviera dos, yo solo quiero aquel. Cualquier información la pagaré.

Mi unicornio azul, se me ha perdido ayer, se fue”.

Congo, se ha puesto a llover mientras te escribo. Y no quiero que llueva hoy. Se mojará esta carta. Para que la recibas rápido y sin problemas, le he encargado a mis gaviotas particulares, aquellas que un día te enseñé, que te la hagan llegar allí donde quiera que te encuentres. Ojalá que un día, del mismo modo, reciba también alguna señal de que estás bien y de que voy a seguir viviendo en ti.

Bueno, se me hace tarde, tengo que dejarte ya. Un millón de besos.

P.D.: ¡Ah!, te contaré otro día cómo son mis besos.

viernes, 4 de enero de 2008

Congo nació una noche fría de invierno


Querido Congo:

Me gustaría que llegases a leer esta carta. No importa que lo hagas cuando ya estés lejos de aquí.

Te vas y no me siento triste porque sé que seguiré haciendo mi vida de siempre. Nada ha cambiado y es probable que nada cambiará hasta tu vuelta, tampoco los sentimientos que nacieron en mí. Estoy contenta de haberte conocido aún en el caso de que nunca más volviésemos a vernos.

Me gustas. No sé cuánto, ni cómo, ni hasta cuándo, ni por qué… me gustas.


La primera vez que estuvimos juntos ya supe que me gustaría volver a verte. Aquél día traté de retener los rasgos de tu cara, sin conseguirlo. Y aún hoy, después de habernos visto unas cuantas veces más, me resulta dificil. Puedo recordar tan sólo algunos gestos, tu forma de reir, tu tos, lo poco que me miras a los ojos cuando hablamos… y sobre todo recuerdo la sensación agradable de sentirme bien a tu lado.

Ya es muy tarde. Estoy sentada escribiendo en la mesa de la cocina y no me salen las palabras, a mí, que muchas veces me sobran. Quisiera poder estirar un poco más el tiempo porque me hubiese gustado besarte y averiguar a que saben tus besos…

No puedo seguir. Estoy muy cansada. Necesito acostarme y soñar…

Soñar que vienes conmigo al Faro, que descifro sus destellos para ti y que te los ofrezco como regalo de despedida:

Uno largo, uno largo, uno corto. Pausa. Uno corto, uno largo, uno corto. Pausa. Uno corto, uno largo. Pausa. Uno largo, uno corto, uno largo, uno corto. Pausa. Uno corto, uno corto. Pausa. Uno corto, uno largo. Pausa. Uno corto, uno corto, uno corto.

P.D.: Perdona mi atrevimiento.