Sara se despertó por la mañana, bastante temprano para lo habitual y tan envuelta entre la sábana que parecía un bocadillo de mortadela. Y en lugar de seguir con el proceso habitual de convertirse en una persona normal y corriente, simplemente abrió la persiana de la habitación, cerrada para pasar la noche, y de nuevo se volvió a la cama y se puso a leer porque leyendo siempre se borraban los sueños nocturnos que no tenían explicación en la vida normal y corriente.
Esa noche, por ejemplo, Sara había soñado con un muerto, un hombre joven, estaba tirado en la calle, medio despedazado y sin cabeza, eso era lo más notorio, como si lo hubiera atacado un animal. Sobra decir que Sara había tenido miedo de esa visión tan descabellada. Pero también había soñado que estaba curioseando en unas estanterías del Carrefour, en las que había copas de cristal para servir helado, tazones, platos y escurridores de verdura de todos los colores.
Porque Sara soñaba en colores, no sabía si eso tenía algún significado especial pero así era.
Cuando llevaba un rato leyendo, Sara pensó que sería delicioso volver a cerrar la persiana, acurrucarse, encogerse y no preocuparse por sus sueños ni por nada. Vacío absoluto. Una imagen blanca. O negra.
Algunos días Sara tenía deseos así. Esconderse, esa era la palabra. Quería esconderse, olvidarse del mundo real con sus obligaciones y sus normas estúpidas. Sobre todo los domingos.
Porque Sara comía todos los domingos con sus padres, con sus hermanos, con sus hermanas, con sus cuñados y cuñadas, todos sus sobrinos, aún pequeños y su abuela materna. Bueno, aunque para ser honrada, Sara no debía incluir en esa lista a su abuela porque ella era diferente. Sí, la borraría, a ella no tenía que aguantarla, todo lo contrario, era un placer estar con esa mujer, la única de sus abuelos y abuelas que se había resistido todavía a dejar este mundanal ruido.
Pero sólo lo pensó.
Lejos de eso cerró el libro, anotando mentalmente el capítulo por el que iba. ¡Que tontería! Siempre hacía eso cuando no tenía un marcapáginas a mano, aún sabiendo que siempre, siempre, se olvidaba del número en cuestión. A continuación puso los pies en el suelo de madera y se incorporó. Comenzó a andar hacia el baño. Si alguien la viera por unos prismáticos se reiría o simplemente se quedaría confuso, porque los días que Sara se despertaba así, sin querer ser una persona normal y corriente, se iba caminando hacia el baño muy lentamente, arrastrando los pies como si fuese una autómata porque en el fondo no quería levantarse.
Y es que Sara no podía evitar sentir dolor al imaginar la sobremesa con sus padres, con sus hermanos y hermanas, con sus maridos y sus mujeres, con todos sus sobrinos, aún pequeños y con su abuela, la madre de su madre. Porque Sara quería tener hijos. En realidad cuando se escondía pensaba siempre en eso, en la maternidad, en su bebé que sería gordochito con rosquitas en las piernas que ella mordería mientras lo cambiaba de ropita, y olería como huelen los bebés, y lo acercaría muchas veces a su rostro para darle besitos amorosos, y le echaría talco en el culito para que no se le irritara y le pondría colonia Nenuco para peinarle la pelusilla de la cabeza y...
Al pasar por el espejo de la cómoda, se paró, se miró fríamente y con toda la rabia de la que fue capaz, escupió:
-Vete a la mierda, imbécil.
Estas son algunos de los pequeños regalos que he estado bordando estos días
para hacer llevadera mi convalecencia.
Las dos macetas con flores y la P, ya han sido debidamente enmarcados.
Y los nombres son todos marcapáginas.
No está incluído el mío por si alguien se pone a pensar.
Las fotografías las hizo Senia.





