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miércoles, 28 de julio de 2010

Las cosas que parecen cotidianas pero no lo son tanto.

              Dos macetas. 0

Sara se despertó por la mañana, bastante temprano para lo habitual y tan envuelta entre la sábana que parecía un bocadillo de mortadela. Y en lugar de seguir con el proceso habitual de convertirse en una persona normal y corriente, simplemente abrió la persiana de la habitación, cerrada para pasar la noche, y de nuevo se volvió a la cama y se puso a leer porque leyendo siempre se borraban los sueños nocturnos que no tenían explicación en la vida normal y corriente.

Esa noche, por ejemplo, Sara había soñado con un muerto, un hombre joven, estaba tirado en la calle, medio despedazado y sin cabeza, eso era lo más notorio, como si lo hubiera atacado un animal. Sobra decir que Sara había tenido miedo de esa visión tan descabellada. Pero también había soñado que estaba curioseando en unas estanterías del Carrefour, en las que había copas de cristal para servir helado, tazones, platos y escurridores de verdura de todos los colores.

Porque Sara soñaba en colores, no sabía si eso tenía algún significado especial pero así era.

Cuando llevaba un rato leyendo, Sara pensó que sería delicioso volver a cerrar la persiana, acurrucarse, encogerse y no preocuparse por sus sueños ni por nada. Vacío absoluto. Una imagen blanca. O negra.

Algunos días Sara tenía deseos así. Esconderse, esa era la palabra. Quería esconderse, olvidarse del mundo real con sus obligaciones y sus normas estúpidas. Sobre todo los domingos.

Porque Sara comía todos los domingos con sus padres, con sus hermanos, con sus hermanas, con sus cuñados y cuñadas, todos sus sobrinos, aún pequeños y su abuela materna. Bueno, aunque para ser honrada, Sara no debía incluir en esa lista a su abuela porque ella era diferente. Sí, la borraría, a ella no tenía que aguantarla, todo lo contrario, era un placer estar con esa mujer, la única de sus abuelos y abuelas que se había resistido todavía a dejar este mundanal ruido.

Pero sólo lo pensó.  

Lejos de eso cerró el libro, anotando mentalmente el capítulo por el que iba. ¡Que tontería! Siempre hacía eso cuando no tenía un marcapáginas a mano, aún sabiendo que siempre, siempre, se olvidaba del número en cuestión. A continuación puso los pies en el suelo de madera y se incorporó. Comenzó a andar hacia el baño. Si alguien la viera por unos prismáticos se reiría o simplemente se quedaría confuso, porque los días que Sara se despertaba así, sin querer ser una persona normal y corriente, se iba caminando hacia el baño muy lentamente, arrastrando los pies como si fuese una autómata porque en el fondo no quería levantarse.

Almudena      Inés      Alejandra      Tonet      Nieves 

Y es que Sara no podía evitar sentir dolor al imaginar la sobremesa con sus padres, con sus hermanos y hermanas, con sus maridos y sus mujeres, con todos sus sobrinos, aún pequeños y con su abuela, la madre de su madre.  Porque Sara quería tener hijos. En realidad cuando se escondía pensaba siempre en eso, en la maternidad, en su bebé que sería gordochito con rosquitas en las piernas que ella mordería mientras lo cambiaba de ropita, y olería como huelen los bebés, y lo acercaría muchas veces a su rostro para darle besitos amorosos, y le echaría talco en el culito para que no se le irritara y le pondría colonia Nenuco para peinarle la pelusilla de la cabeza y...

Al pasar por el espejo de la cómoda, se paró, se miró fríamente y con toda la rabia de la que fue capaz, escupió:

-Vete a la mierda, imbécil.

P-Patri. 0

Estas son algunos de los pequeños regalos que he estado bordando estos días
para hacer llevadera mi convalecencia.
Las dos macetas con flores y la P, ya han sido debidamente enmarcados.
Y los nombres son todos marcapáginas.
No está incluído el mío por si alguien se pone a pensar.
Las fotografías las hizo Senia. 

jueves, 11 de febrero de 2010

Las cosas que le pueden ocurrir a cualquier mujer de mediana edad





Son casi las dos de la mañana y allí está Rebeca, como una perfecta gilipollas, anclada otra noche más en el sofá y con el mando de la televisión pegado en su mano derecha, moviendo el dedo pulgar frenéticamente para saltar de un canal a otro.

Rebeca se las prometía felices porque tenía previsto ver una película que tenía grabada pero cuando iba por la mitad despareció de la pantalla. De un plumazo. El vídeo, evidentemente, habría grabado mal. Ese fue el inicio de su noche de varada.

Antena 3, T5, La 1ª, La 2ª, La 7, La sexta, FDF, TVG, La 1ª, La 7, La sexta, Antena 3… Y así hasta la ansiedad.

Porque a Rebeca la tele la ponía muuuuy nerviosa, eso lo tenía muuuuuy claro. Lo que no estaba tan claro era porque seguía apalancada en el sofá. Tal vez debería preguntárselo a su psicólogo. Ellos siempre tienen alguna respuesta lógica, al menos así te lo parece en el tiempo que dura la consulta. Luego, ya una va pensando y…

Echó una mirada al reloj, 1:55. Asustada (mañana no habría despertador que la levantase) consiguió arrancarse (no por bulerías) y levantarse de una vez, para poner rumbo a su alcoba. A su alcoba vacía. ¡Que ganas esta noche de unos mimos!, piensa Rebeca, mientras va por el pasillo. ¡Que ganas esta noche de un “polvazo en condiciones”, joder!, casi grita Rebeca, siendo más sincera consigo misma.

- No sigas Rebeca, no sigas por ahí, se dice en voz alta. Pero no muy alta, no vaya ser que la oigan los vecinos y empiece a rumorear la vecinita del 5º.

Y entra en el baño. Enciende la luz y se mira en el espejo.

- Pero que pinta, Rebeca, si que estás tú para un polvazo con el pijama morado de Disney que llevas puesto. Anda que ya te vale, se dice sonriendo Rebeca.
- Por no hablar del pelo… y la cara.
- Anda, anda, tira para la cama.

Pero instintivamente y llevándose la contraria, se quita el pijama. Primero la parte de arriba. Después la de abajo. Ya no se acordaba pero lleva puesto un diminuto tanga negro con un slogan muy divertido, insertado en el triángulo que cubre el pubis: “I knowed by the Night Queen”.

- Pero mira que eres pueril, Rebeca, murmura por lo bajo, quitándoselo con rabia.

Apaga la luz del baño y enciende la de la habitación. Su cama vestida de azul la espera. Y Rebeca, como si fuera a entregarse al amor de su vida, entra en ella, dispuesta, despacio, dejándose envolver por el frescor y el roce de las sábanas de algodón. Se acuesta y empieza a alborotarse. Hace mucho que no lo hace. Hace mucho que no siente. Tal vez tenga la menopausia, ya más cerca de lo que cree. Sólo la palabra la pone nerviosa. Así que rápidamente aleja ese pensamiento fugaz que pasa por su cabeza.

- Esta noche no, se dice Rebeca.

Esta noche sentirá unas manos, e imaginará todas las caricias desesperadas que están por llegar.







She makes love just like a woman, yes, she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.


Hace el amor como una mujer, ya lo creo que sí
Y sufre como una mujer
Pero se rompe como una niña.



A Bob Dylan le gusta particularmente esta canción. La compuso de gira en Kansas City en 1965 y con el paso del tiempo se ha convertido en la canción que más veces ha interpretado en directo. Esa mujer de la canción, "con su niebla, su anfetamina y sus perlas", canta Bob Dylan, era la modelo Edie Sedgwick.


Reina de la Factoría en el Nueva York de Andy Warhol, Sedgwick era una musa para cuadros, canciones, amantes y fiestas.

Murió en 1971, con 28 años, de una sobredosis de barbitúricos. Vivió su modo de vida hasta sus últimas consecuencias.



martes, 29 de diciembre de 2009

Las cosas que se cuentan en las leyendas urbanas pueden ser ciertas, o no.

recorte

Rosalía había nacido con el estigma.

Fue en el año 1800, cuando se tuvo constancia de la primera mujer de la familia que venía al mundo con aquel mismo lunar en el pecho izquierdo. Justo debajo de la areola del pezón. Un lunar pequeño como una lenteja.

Había que reconocer que la belleza del pecho, bendecida con esa peculiaridad era tan extraordinaria, que todos los fotógrafos del país se volvían locos por obtener una imagen para la posteridad.

Pero en Norán, el pueblo donde vivía la familia de Rosalía, también desde tiempos inmemoriales, estaba prohibido obtener fotografías del lunar en cuestión. Había una leyenda que decía que la mujer fotografiada podía morirse en el mismo instante de efectuar el disparo con la cámara. Y todo el mundo hasta la fecha había respetado esa ley transmitida de forma oral, de abuelos a padres y de padres a hijos.

Hasta un día en que llegó al pueblo un afamado fotógrafo aventuro que tenía por nombre Blackduke. Un nombre muy raro para un pueblo tan discreto como aquél. Por eso a él no le importaba, explicar a sus habitantes, con toda la calma de la que era capaz, su exacta pronunciación: Blakdiuk; así, todo junto del tirón.

Y como el destino, mucho antes de nacer, ya nos tiene dispuestas nuestras cartas sobre la mesa, así quiso también que Rosalía y Blakdiuk se conocieran por unos medios poco habituales.

Paseaba Rosalía con su perro salchicha, de nombre Elvis, por las dunas de la playa (porque en Norán había una playa muy afamada por sus aguas medicinales) cuando se desató una tormenta espeluznante. En ese preciso momento, Blakdiuk se encontraba por las inmediaciones sacando fotografías a las olas del mar, que lamían la arena de la playa con mimo. No pudo evitar ver el rayo que alcanzara a Rosaura. Hasta pudo fotografiarlo.

Rosalía quedó tendida fulminantemente sobre unos juncos que sobresalían de la duna, con Elvis llorando a su lado. De manera milagrosa el perro se había salvado del alcance. Blakdiuk que lo veía todo desde una distancia cercana se acercó corriendo tan veloz como el rayo que había caído minutos antes. Nada más llegar levantó la cabeza de Rosalía del suelo y le separó el pelo de delante de la cara. Una preciosa melena castaña, ahora enredada con granos de arena, la cubría. Y acercó su oído a la boca de Rosalía para comprobar si respiraba.

Y como el momento de Rosalía, al parecer, todavía no había llegado (así lo quería el destino), regresó a la vida de nuevo, con un tosido ligero, como atragantada por un hueso de aceituna o un caramelo de manzana verde.

Y eso no era todo.

Ninguno de los dos se había dado cuenta, con el trajín del momento tan tenso que habían vivido, de que Rosalía se encontraba totalmente desnuda. Incomprensiblemente la ropa había sido calcinada, hecha trizas. Y Blakdiuk que sabía de la leyenda del lunar en el pecho, no pudo evitar mirar. Y lo que es peor todavía: Fotografiar.

Rosalía, todavía aturdida por los acontecimientos recientes, no era consciente de lo que estaba pasando y las consecuencias que podría acarrear.

Blakdiuk, disparaba y disparaba, preso de una febril desesperación por captar cada segundo, como si el lunar fuese a cobrar una vida distinta en cada disparo.

El lunar era como todos decían. Pequeño. Como una lenteja. Y estaba justo debajo de la areola del pezón izquierdo. No era nada del otro mundo, a simple vista un lunar cualquiera. Pero tenía algo. Aunque si Blakdiuk hubiera sido sometido a un interrogatorio policial, no podría haberlo explicado de otro modo.

Tampoco pudo evitar Blakdiuk tocarlo. Suavemente, empezó a acariciarlo con las yemas de sus dedos, como quien acaricia un diamante y se deja cegar por su brillo. Y todavía más: Blakdiuk se agachó para besarlo, para lamerlo… Era tal el poder de atracción que ejercía el lunar sobre él que sentía haber perdido la voluntad. Y es que así era realmente.

De los ojos de Rosalía empezaron a brotar lágrimas, que iban dejando un surco en su cara, entre los granos de arena y un lamento lastimero salió de su garganta reseca:

- ¿Qué pasará ahora?
- Presiento que no pasará nada en absoluto, contestó Blakdiuk, tranquilamente. Bueno, sí, tal vez pase algo, pero algo bueno. Tal vez lo de la leyenda haya sido siempre una pura especulación.
- Espero que sea cierto lo que dices.
- Lo único que sé es que no te has muerto. Y que no puedo dejar de mirar el lunar, de acariciarlo. Tu pecho, Rosalía, es lo más hermoso que haya visto nunca.

Porque es verdad que las manos de Blakdiuk no dejaban de resbalar por el pecho de Rosalía. Tocaban su redondez, la suavidad de su piel, sentían su calor… Rosalía entre caricia y caricia trataba de cubrir pudorosamente el pecho con su mano, hasta que Blakdiuk, tiernamente, retiraba la mano de Rosalía y volvía a acariciárselo incansable.

Fue Elvis quien los condujo a la realidad de antes del rayo caído, con sus ladridos de advertencia y de cansancio, pues había trancurrido ya cierto tiempo. Al oir Blakdiuk al perro y darse cuenta de los acontecimientos recientes, decidió actuar con prontitud. Sí, había que hacer algo. Rosalía tendría frío, así que se quitó la camisa para cubrir delicadamente su cuerpo, y a continuación la levantó en brazos para llevarla de vuelta a casa. Un lugar más seguro.

Rosalía no se había muerto como decía la leyenda, era evidente. Y quién sabe cuantas cosas más serían falsas de todo aquello que contaban las gentes. Tenían mucho por descubrir.

Era un presentimiento.

 

lunes, 16 de noviembre de 2009

Las cosas que aún no queriendo que pasen, pasan.

“El único encanto del pasado consiste en que es el pasado”
                                            - Oscar Wilde -

rejas 2

 

Días atrás y sin previo aviso, una parte del pasado de Martina entró otra vez por la puerta. Y aunque ya nada en su vida actual era como entonces (ni siquiera era la misma mujer), tenía que reconocer que psicológica y emocionalmente se vio afectada de lleno. Desbordada por los acontecimientos.

Recuerdos dolorosos que Martina creía tener ya sepultados, volvieron a revolotear por su cabeza como buitres hambrientos, impidiéndole conciliar el sueño de manera ordenada y sonreír con la tranquilidad de aquél que se sabe a resguardo.

Y con los recuerdos, llegó también ese miedo falto de cordura, absurdo e injustificado, que se pegaba a la piel de Martina como una sanguijuela.

Y se sentía como en una celda.
Enrejada.
Herida.
Dolida.
Desangrándose por instantes.

Si no fuera por Él...

Porque ahora estaba Él. Que la llenaba de fuerza y de coraje para plantar cara, para no dejarse vencer por el absurdo y la insensatez que pudieran acompañar al miedo.

Él.
Y sus abrazos.
Y todo su cariño.
Su fe incondicional en ella.

Porque...

¿Quién se lo iba a decir a Martina, después de tantísimos años?

 

(la fotografía es mía)

(la letra de la canción es el contrapunto al texto y va dedicada a Congo)

lunes, 12 de octubre de 2009

Las cosas que fueron, las que son y las que serán.

 

PA120004

Antes.

Amelia lo adoraba.

Hubo una época en que esperaba con ansia infantil cada palabra que salía de su boca, todo el universo de cosas que inventaba para ella. Sobre todo en los atardeceres de lunes festivos.

Hasta que una noche tuvo que decirle adiós.

Ahora.

Amelia está sola.

Y le gusta estar sentada en la sobremesa, a la mesa de la cocina, después de recoger las migas de pan del mantel verde de cuadros, encender un cigarrillo y beber su té verde muy despacio.

Saboreando los momentos dulces que ya se fueron.

Mañana.

Amelia tiene sueños.

Ya cuando era pequeña se imaginaba  que era una sirena, y que por las noches visitaba a Nemo en su submarino. Y bailaban, entrelazados, al ritmo de las caracolas, en un salón acristalado.

Rodeados de agua y peces de colores.

Por todas partes.

 

(la fotografía la sacó Senia hace un ratito desde la ventana del salón)

martes, 8 de septiembre de 2009

Las cosas que si se buscan se encuentran

 

BAERA_~1 
(la foto está sacada de aquí)

 

Los ansiolíticos de Laila y su libido nunca se llevaban bien.

Cuando aparecían los primeros, la segunda desaparecía, invariablemente, sin rumbo conocido. Por eso ayer, domingo, Laila se dijo a si misma: “Hoy la encontraré sea como sea”.

Tenía que crear un ambiente adecuado. Eso era primordial. Siempre le había resultado agradable llenar la bañera con agua muy caliente, hacer mucha espuma con el gel, echar una burbuja de aceite de baño, escuchar música y sumergirse. Despacio. Como si entrase en un mar de espuma cálido y oloroso. Eso es lo que haría.

Instalada de aquella guisa empezó a soñar y a pensar en dónde podría estar metida esa energía que le faltaba, ese deseo escurridizo, mientras exploraba como una autómata, por su cuerpo adormecido. Hacía ya tantos días.

Y así…

Trató de imaginársela vagando sola por los acantilados de la costa, los más altos y escarpados, con el viento golpeándola por todos lados. La imagen era demasiado inhóspita y no fue capaz de visualizarla.

Trató de imaginársela sentada en la presentación de un libro de poemas oyendo a su autor embelesada y dejándose llevar a otros lugares por el sonido de su voz. Había una libido prisionera en el medio de una hilera de oyentes. Se acercó un poco más para comprobar que aquella que podía ver allí, no era la suya.

Desolación. Nada.

Trató de imaginársela sentada en un café antiguo, con mesas de mármol y pies de máquina de coser, manteniendo una conversación agradable, con un hombre agradable de sonrisa agradable, mientras bebían unas infusiones. Sólo vio cariño y amistad flotando en el aire.

Trató de imaginársela en otro clima, donde el sol brillase casi todo el año, donde el agua del mar no te congelase los pies al entrar y donde los vientos no soplasen del Norte, fuertes y desasosegados.

Desesperación. Nada

Empezaba a ponerse de los nervios. Nada difícil dado su estado de ansiedad permanente. Tal vez se había ido a lugares demasiado lejanos. Quizás estaba más cerca de lo que pensaba.

Laila salió de la bañera con desagrado porque querría quedarse allí toda la eternidad, a pesar del fracaso. La calidez del agua la envolvía como un útero materno. Pero la búsqueda debía continuar. Tenía que seguir haciendo algo. La actividad la mantendría entretenida.

Se puso un vaquero, una camiseta, un jersey gordo, botas de montaña, un impermeable, y así, bien abrigada y protegida de las condiciones climatológicas adversas, salió a caminar sin rumbo conocido. Como su libido.

Sus pies se fueron solos hasta la playa. La recorrió de cabo a rabo sin ver ni presentir nada. Extenuada se sentó sobre la arena húmeda. Y comenzó a llorar. De rabia, de desesperación, de impotencia (y nunca mejor dicho), cuando a lo lejos, casi en la línea del horizonte, algo llamó su atención.

No podía creerlo. Allí estaba. Venía cabalgando sobre las olas, salpicada de espuma blanca y con algas pegadas por todos lados. A Laila se le escapó una pequeña risa un tanto ridícula. Es que parecía un espantapájaros. Pero se puso tan contenta que se levantó y no dejó de dar saltos hasta que llegó a la orilla junto a ella.

La limpió con cariño y la abrazó. Tan fuerte, que se quejó un poco lastimera. Y cogidas de la mano, regresaron a casa, donde le contaría todas las aventuras que había vivido mientras no había estado a su lado.

 

Si prefieres ver un vídeo pincha aquí

martes, 18 de agosto de 2009

Las cosas que, más tarde o más temprano, tienen que suceder

mujer-coraza

(si os gusta el dibujo, pinchar en él y veréis más ilustraciones de Susana)

Ramona, Mona para los amigos, tenía una vida típica tópica.

La más pequeña de cuatro hermanos varones, en el seno de una familia muy bien acomodada. Criada entre algodones, sin penas ni glorias, hasta que conoció a su marido. El clan se alegró mucho porque él, Rafael, Rafa para los amigos, era como esperaban. Típico y tópico como Mona. Encajaba a la perfección en la happy family o familia feliz para que nos entendamos todos.

La vida iba sobre ruedas o miel sobre hojuelas, como suele decirse. Mona y Rafa se querían y fruto de ese amor nació un niño robusto y hermoso, que a medida que iba creciendo hacía las delicias de parientes y extraños.

Hasta que…

(Los paraísos tienen puertas falsas.)

Mona comenzó a asfixiarse. Al principio fueron sucesos imperceptibles: un “Lo siento. Debo irme a tomar el aire al jardín”, un “No sé qué me pasa, debo estar sufriendo una bajada de tensión”. Sólo el mayor de sus hermanos, el más sagaz, comenzó a tener sospechas.

Resulta que en la vida de Mona se había cruzado un hombre. Y este hombre no era típico tópico. Un hombre que de la noche a la mañana había conseguido que la vida de Mona diera un giro de 187º. Ahí es nada.

Mona se apunta a un curso de Pilates. Decía que espiritualmente se sentía insatisfecha con su vida y que necesitaba hacer cambios. Ésto fue sólo el principio porque luego vinieron más cursos: acuarela al aire libre, meditación transcendental, danza del vientre… Así hasta que todos empezaron a perder la cuenta, mientras cuchicheaban a sus espaldas. Y a las de Rafa.

(Pero lo peor estaba aún por llegar, sólo que nadie lo sabía.)

Celebraban la fiesta de aniversario de boda de uno de sus hermanos en una carpa dispuesta en el jardín, con un servicio de catering de lo más sofisticado. Mona, divina de la muerte, con un vestido de estreno de color melocotón, que resaltaba su belleza racial, se levantó y con un cuchillo y una copa de cristal de bohemia, hizo sonar un tintineo muy agradable, si no fuera porque la tensión se hacía insoportable. Y dijo así:

“Querida familia, queridos amigos, Rafa, amor mío, ha llegado el momento de que os haga partícipes de una noticia que va a cambiar mi vida para siempre. He conocido a alguien y…

Su cuñada Rosamari fue la primera que la interrumpió porque ya no podía más:

- Pero Mona ¿cómo pudiste? Rafa no se merecía eso -dijo con cara de enojo.

- ¿Cómo pudiste qué? No te entiendo Rosamari -respondió Mona sarcásticamente.

- Supongo que irás a decirnos que dejas a Rafa porque has conocido a alguien y te has enamorado, dijo Rosamari remarcando la última palabra como si hablase para niños de parvulario.

- Siempre supe que eras estúpida Rosamari. Pero si algún día tuve dudas hoy ya se hubieran disipado. Ya no voy a fingir más que te aguanto y que te quiero por respeto a mi hermano porque no es así. Eres una insulsa y estás tan vacía por dentro que me da mucha pena. No te soporto Rosamari. Sólo eres feliz cotilleando de los demás y censurando a aquellas personas que más te gustan, sólo por pura envidia –argumentó Mona, exaltada y fuera de sí.

El clan se había quedado estupefacto. Esperando. Y Mona continuó.

- Por muchas de vuestras caras sé que estábais pensando mal de mí. Siento que voy a decepcionaros con lo que os voy a decir. No me he liado con nadie. Puede que sea muchas cosas pero no soy tan vulgar. Y dudo que vaya a hacerlo jamás, estoy enamorada de Rafa hasta la médula y quiero seguir a su lado si él así lo desea después de que acabe de hablar. Sé también que muchos pensáis que soy una cabeza hueca pero dentro de mi vida típica tópica sucedió algo maravilloso el día que conocí a Serafín, un cooperante de Médicos del Mundo. A través de sus conversaciones he vislumbrado lo que de verdad quiero hacer de ahora en adelante. Al fin voy a poder sacarle provecho a los estudios de enfermería y a la profesión que nunca llegué a ejercer. Si no quise decir nada era porque quería estar bien segura de los pasos que voy a dar.

- Mona, sigue, cariño –dijo Rafa, emocionado también hasta la médula, para animarla a que siguiera con el discurso.

- Gracias, Rafa -contestó Mona.

- Serafín me ha propuesto irme tres meses al Perú a un centro para mujeres sin recursos. Nuestro Rafita estará bien contigo, cariño (Mona miraba a Rafa tiernamente), todavía es pequeño y no se enterará demasiado, tres meses pasan en seguida, además. Tú que me conoces mejor que nadie sabes lo importante que es esto para mí, puesto que estoy dispuesta a separarme de nuestro hijo al que tanto quiero. Ya he desperdiciado muchos años de mi vida pero aún estoy a tiempo de enderezarme. Aún estamos a tiempo (y volvió a clavar su mirada de cariño en Rafa).

Rosamari estaba encendida de rabia. Buscaba por toda la mesa otras miradas cómplices que mostrasen la misma furia que ella pero no las encontró. Descontrolada y al borde de un ataque de nervios se levantó de la mesa y se fue corriendo en dirección a la casa. Los demás, uno por uno se levantaron para ir a felicitar a Mona. El último, Rafa, que después de abrazarla y darle un beso en la boca muy afectuoso y nada típico tópico, le dijo al oído:

- Siempre supe que al final Ramona sería la parte más importante de tu personalidad y que acabarías por seguir sus consejos.

- Te quiero Rafael.

- Te quiero Ramona.

martes, 16 de junio de 2009

Las cosas que no deben esperar más

 

in_my_bed_by_ZiggyAnn

 

Un golpe de efecto.

Eso era lo que necesitaba Loliana. Algo que diera al traste con todas esas barreras que no conseguía derribar. Porque ya estaba bien. Harta estaba de soportar tantas indecisiones. Estaba mal, lo sabía, pero se daba lástima de sí misma. ¡Qué patética podía llegar a ser!

Loliana era virgen. Un bien muy preciado hace unos años pero que en la actualidad no tenía sentido. Y menos con 40 años recién cumplidos. Es que cada vez que lo pensaba se ponía de los nervios. Ninguno de los pocos hombres que habían tenido la gentileza de escucharla la habían creído.

Loliana lo entendía. No era fácil alcanzar esa edad intacta porque aún cuando una no tuviera atributos físicos o de personalidad atrayentes, siempre existían oportunidades para todos y más con un margen de edad tan grande, digamos que de 22 años, desde los 18 (vamos a ser prudentes) hasta los 40.

Y a Loliana nunca le habían faltado pretendientes, la verdad. Porque lejos de lo que pueda parecer era muy atractiva. Delgada, rubia de mechas pero con gusto, elegante, con una cultura general media, espontánea y con una sonrisa a flor de piel para cada ocasión que lo merecía sin escatimar.

Sólo faltaba escoger el sujeto adecuado para poner sus planes en marcha. Porque si algo tenía claro Loliana era que no pasaba de este verano. No quería morirse virgen y después de los 40 podía pasar de todo. Bueno, está bien, a veces se ponía negativa de más, pero no quería correr riesgos y que se le hiciera tarde.

Así que empezó a poner en marcha sus planes. Quería dejar todo atado y bien atado para que a última hora no le entrase un ataque de ansiedad e intentara evadirse de la tarea encomendada. Pero Loliana no sabía que en ciertos asuntos, con tanta meticulosidad, estaba ya poniéndose a la defensiva.

¡Ay, Loliana! No contaba con el destino. Ese que nos alcanza cuando, como y donde quiere. Es así para todo el mundo, sin excepciones. Y estaba a punto de suceder algo completamente imprevisto que iba a cambiar todas las cosas, y hacer tambalear su mundo pero desde los cimientos más profundos.

Así que Loliana entró en el ascensor como de costumbre, sin ningún tipo de miedo. Eran las dos de la madrugada y volvía de una cena de trabajo, tan cansada que no se dio cuenta que justo detrás se colaba ya en el último minuto el vecino del 10º, el viudo: agradable y de buen ver, como se lo describía a sus amigas.

El reloj comenzaba ya su cuenta atrás. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Loliana estaba viendo a su vecino más guapo que de costumbre. ¿Sería el vino? Su cabeza volaba a mil por hora. Hasta le habían empezado a sudar las manos. ¡Y como le sentaba ese traje de raya diplomática que llevaba!

No podía ser. Era descabellado. ¿O no? ¿Por qué no podía ser? ¿Y sí…? No, Loliana, no seas loca, ésto no resultaría. ¿Y sí te rechaza? ¿Y sí…? Pero el destino ya sabía lo que tenía que hacer. Estaban en plena conversación intranscendente y vanal cuando su vecino soltó: “No tengo nada de sueño”.

Y siguió como una metralleta: “Siempre me sucede lo mismo, cuando paso de una hora me desvelo y no soy capaz de dormirme. ¿Te apetecería subir conmigo hasta el 10º y tomarte algo?" Loliana no daba crédito. Si antes sudaba un poco ahora su cuerpo se puso a temblar como un junco.

Y sin explicarse cómo fue capaz, se vio respondiendo: “Me encantaría”. Y él soltó una sonrisa franca y espontánea como de haber recibido una gran alegría. Y Loliana se sintió tan desconcertada con el gesto que volverse atrás le pareció una descortesía tan inoportuna e impropia de su educación que se armó de valor.

Y el resto llegó sin artificios. Poco a poco. Porque así lo quiso el destino.

 

La imagen está sacada de aquí

martes, 21 de abril de 2009

Las cosas que no debieran suceder

 

Boring_miracles

mionesss´s favourites - devianrART

 

Marina Escobar tenía fama de puta.

Marina era guapa, alta, buena estudiante, extrovertida, alegre, simpática… Pero tenía esa fama. Las que fueran sus amigas más allegadas se habían encargado de mil amores de propagar ese bulo con la misma rapidez con que se expande una epidemia de gripe de las gordas, o un reguero de pólvora, o la noticia de que había tocado la lotería en el barrio.

Marina se llevaba bien con todos los compañeros varones de su clase. Estaba en el club de ajedrez y en el de padel. Y los viernes se iba con ellos a jugar a los bolos, formaba equipo con Nacho y Borja, los guaperas del instituto. Más de la mitad de la población femenina se moría por sus huesitos y sus musculitos torneados a base de gimnasio.

Marina por aquí, Marina por allá… Sus compañeras no podían soportar tanta brillantez, ese sobresalir sin esfuerzo y por eso se habían inventado que la habían sorprendido en un baño haciéndoselo con dos de sus compañeros. No era cierto pero a esa edad ciertos rumores eran muy jugosos y pocos o nadie se molestaban en contrastar lo que había de certeza.

Marina puta. Empezó a verlo escrito en las puertas del baño, en la puerta de su taquilla, en su pupitre, hasta un día apareció en letras grandes en el encerado, justo intentaba borrar las dos palabras cuando entraba el profesor de matemáticas que miró las dos palabras desconcertado e incrédulo, tratando de hacer averiguaciones sin conseguir pistas fiables.

Marina era guapa, alta, buena estudiante, extrovertida, alegre, simpática… Pero tenía ese tipo de fama que acaba por minarte por dentro. Porque una no acaba de comprender qué gana alguien haciéndote daño porque sí hasta que poco a poco sientes que te vas resquebrajando y todo lo que eras antes de, pasa a segundo término.

Marina. Puta por aquí. Puta por allá. No había palabras de consuelo, ni hombros suficientes en los que llorar. Un día empezó a vomitar todas las injurias, las intrigas, el odio que se le pegaba en los pliegues de la ropa. Vomitaba por aquí, por allá, escondiéndose de los ojos que seguían todos sus pasos como buitres al acecho de carne putrefacta.

Marina puta alta delgada. Ya menos guapa para todos los ojos. Introvertida. Triste. Deprimida. Ya no formaba equipo con los guaperas del instituto porque siempre estaba cansada. Ya no tenía la cabeza para el ajedrez. Y había dejado de pertenecer al club de padel. Invisible. Sus amigas bien podían estar ahora contentas.

Marina puta anoréxica. Todo el mundo se preguntaba porqué había cambiado tanto, porqué su rostro se había vuelto lívido y sin vida, porqué ya no se reía nunca. Hasta que un día la encontraron en el baño con dos de sus compañeros. Fueron las mismas amigas, aquellas que no podían soportar tanta brillantez, ni tanto sobresalir sin esfuerzo.

Marina Escobar estaba abriéndose las muñecas con unas cuchillas de afeitar rosas. Había sangre salpicada por todos los azulejos blancos del instituto. Y por el suelo. Y por su ropa. Lloraba. Lloraba y vomitaba toda la impotencia, todas las envidias, preguntándose una y otra vez cómo había llegado hasta ese punto. Los ojos de las otras, las que no eran putas ni nada, se desorbitaban ante el espectáculo.

Marina. Sin aditivos. Convertida en una sombra, en un guiñapo, en un alarido de miedo. Ya nadie tuvo que encargarse de propagar nada. Su fama se había disipado de golpe como la niebla matutina. La ingresaron en una clínica de reposo y perdió ese curso. Borja y Nacho iban a verla dos veces a la semana. Y alguna todavía se reconcomía por las noches.

Marina tenía fama de puta. Y hay famas que matan. Aunque sólo tengas 18 años recién cumplidos.

 

 

sábado, 28 de marzo de 2009

Las cosas que hay que hacer, llegado el momento.

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Fotografía de Alex Caranfil - Photo net

Bibiana se armó de valor. Se sacudió el chandal de encima, zapateándolo sobre la cama deshecha y abrió las puertas del armario. Buscó su mejor vestido aunque tampoco era nada del otro mundo, ropa interior y se fue a la ducha. Ya estaba bien de lutos, lágrimas y lamentaciones.

Bibiana se enjabonó con rabia. Se frotó a conciencia con el guante de crín. Y masajeó su cabeza con el champú de romero. Para cuando terminó la faena parecía un camarón. Desnuda, respiró hondo frente al espejo y se sintió gratamente purificada y joven. Una sensación que no tenía desde hace algún tiempo.

Bibiana se vistió lentamente escuchado la radio. Echaban aquel programa de entrevistas que tanto le gustaba. Se puso las medias acompañada de la voz de Carles Francino. Era un hombre muy atractivo, la verdad, lo había visto hacía poco en un programa de entretenimiento de la Cuatro.

Bibiana decidió que se pintaría, ¿por qué no? Un poquito de color en la cara, una raya de khol en los ojos, y un color suave en los labios, siempre le sentaban bien. Y la ocasión lo merecía. También se pondría tacones, los fabulosos zapatos de charol que había llevado a la última boda.

Bibiana estaba lista. La verdad es que así simulaba feliz y contenta. Cogió el abrigo, el bolso y apagó la radio y las luces. Por último se echó colonia del frasco que estaba sobre la cómoda. Siempre lo dejaba para el final de todo. Una manía como otra cualquiera.

Bibiana salió a la calle y decidió que iría a pie. Tampoco había prisa. Disfrutaría del paisaje del atardecer. Las personas que paseaban al lado del río iban a lo suyo. Era una desconocida más en aquella ciudad que le era ajena. Atravesó el puente y hasta se paró a mirar el agua desde lo alto.

Bibiana enfiló la calle Real con mirada ausente. Ahora que estaba llegando empezó a sentir un cosquilleo en el estómago. Tuvo un par de arcadas que reprimió metiendo un chicle en la boca. Y se puso los guantes cuando ya tenía en frente el portal de color rojo inglés. Típico en él.

Bibiana tocó el timbre. Empujó. El portal se abrió. Y empezó a subir las escaleras, Ya no había vuelta atrás, ni lugar para el arrepentimiento.

jueves, 26 de febrero de 2009

Las cosas que no se pueden contar




Photo by: El Porte-Bonheur (Photo net)


Eliana caminaba de regreso a casa, al anochecer, cuando se vio sorprendida por unos caballeros oscuros y de mirada torva. Venían de frente cogidos de la mano pero no tenían pinta de ser pareja. Raro. No había oído nunca a nadie algo semejante. Y menos en aquel pueblucho de mala muerte en el que vivía. Así que como correspondía a la situación se quedó perpleja. Por unos segundos no supo si continuar o darse la vuelta y salir del callejón rumbo a la avenida principal, que si bien era un camino más largo, ofrecía más seguridad.


Pero a Eliana le gustaba el riesgo. Había sido así desde pequeña. Su madre decía que era rebelde pero ella sabía que eso no era del todo cierto. El riesgo y la rebeldía podían ser parientes cercanos pero a veces no tenian nada que ver. Claro que a ver quién era la guapa que le discutía a su madre. Ella no sería desde luego. Le gustaba el riesgo pero no era tonta. Y con su madre tenía todas las de perder. Menos mal que hacía un par de años ya, que se había ido a vivir Benidorm. A un apartamento soleado.


Eliana siguió caminando y se puso a silbar. Siempre había oído que silbar calmaba los nervios. No lo hacía demasiado bien pero sería más que suficiente para la ocasión. Claro que la única canción que se le ocurrió fue aquella de misa: "Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminanado, al encuentro del señor". Normal después de todo. Porque esa canción fue la única de misa que consiguió aprenderse mientras se preparaba para la primera Comunión, que al final no llegó a hacer. Por miedo.


Pero al llegar a la altura de los caballeros oscuros y de mirada torva, le entró la carraspera. Y se atragantó fuertemente. Los tipos le dijeron: "Buenas noches", Uno y "¿Te damos un golpecito en la espalda", el Otro. Eliana se conmovió tanto por el gesto que se le pasó la carraspera de golpe y pensó inmediatamente en besarles pero como le pareció demasiado atrevido pues no los conocía de nada, se lo hizo saber primero: "Ese gesto se merece un beso, ¿puedo?". Los dos al unísono dijeron: "Somos tuyos".


Eliana vió el cielo abierto. La frase ésta le parecía una tontería pero tanto la había oído de pequeña, en boca de su abuelo materno, que terminó por decirla continuamente para sí misma. Así que se metió en medio de los dos caballeros que ahora ya no parecían tan oscuros y de mirada tan torva y les cascó un beso en la boca. El Uno dijo: "Uhmmmm!" y el Otro, que parecía mucho más expresivo por el lunar que tenía en la frente, dijo: "¡Caray! A lo que Eliana respondió: "Jobas, que fuerte!


Y así, cogidos los tres del gancho decidieron irse de copas o lo que surgiera. Que para eso era la noche. Para disfrutarla. A fin de cuentas a Eliana sólo la esperaba en casa un gato viejo. De angora, eso sí. Y lavado con Perlán, todas las semanas, sin faltar una. Mucho mejor la compañía de aquellos dos hombres claros y de mirada azul como el mar. Porque ahora ya los veía de otro modo. Es más empezaba a tener fantasías. Bueno, para ser sincera consigo misma se los estaba imaginando… Era su secreto. Siempre había soñado con hacer un trío.


La rebeldía es lo que tiene.



miércoles, 18 de febrero de 2009

Las cosas que no se pueden explicar




Photo by: El Porte-Bonheur (Photo net)

Mariana no sabe en qué momento se convirtió en una amante descarada.

Sólo sabe que, poco a poco, empezó a confundir los objetos cotidianos hasta cambiarles por completo el fin para el que habían sido creados. Así la mesa del salón se convirtió en escenario y lecho de amor y el sofá en lugar de culto, adornado con velas multicolores. Con las cortinas se hizo vestidos de noche y con las toallas, mantas para dormir. En la lavadora instaló un volante y con el ruido del centrifugado conseguía imaginar que se iba de viaje a las Antípodas, si era sábado y domingo porque durante la semana se iba a Cornualles. Siempre había querido ir allí desde que había leído una novela de Rosamund Pilcher. Bueno, eso y tener una oveja. Una oveja con una lana muy muy blanca.

Mariana no sabe en qué momento empezó a coleccionar amantes.

Sólo sabe que, poco a poco, fueron llegando cada día a casa, hombres diferentes. La única condición era esa: no repetirlos. Más que nada porque no se pusieran pesados. Porque los hombres (los de antes) eran así, en seguida empezaban a querer poseerte y eso ella no podía soportarlo. Por eso los amaba con fiereza y desespero, a sabiendas de que sería la primera y la última vez. Se dedicaba a ellos como una madre entregada. No dejaba de lamer ni uno sólo de sus rincones. Algunos, asustados de que les chupara el dedo meñique del pie izquierdo, se ponían a llorar. Todavía recuerda ese momento con ternura. Tuvo que hacer un esfuerzo para no ablandarse y decirle al primero que lloró que se quedara para siempre.

Mariana no sabe en qué momento empezó a mutarse en una mujer de verdad.

Sólo recuerda el momento exacto en qué fue a comprar la cuerda a la ferretería. Era lunes. Y llovía. Llovía con resignación. Unas gotas monótonas y transparentes. El dependiente le dio los buenos días pero ella no le contestó. Para qué. Así que se limitó a envolver la cuerda y dársela a Mariana, que educadamente le contestó con un gracias sincero. Después Mariana pagó y salió a la calle. Quería volver a su casa del tirón pero de repente tuvo otra idea. Un último amante más. Haría con él algo que no había hecho nunca. Le dejaría entrever su alma. Si el tipo soportaba la visión Mariana se haría suya para siempre. Pero si el tipo cerraba los ojos Mariana seguiría adelante con su plan. Porque inconscientemente sabía que había un plan, aunque las cosas nunca salieran como una pensaba.

Mariana no sabe en qué momento se fijó en el hombre que vestía gabardina beis.

Sólo recuerda que le llamó la atención porque era el mes de Agosto. Irremediablemente pensó: Es el pervertido de la gabardina. Le diré Hola y el hombre abrirá su gabardina y me enseñará su pene deprimido. Porque aquel tipo tenía que tener un pene deprimido. Sus ojos estaban llorosos y los brazos colgaban a los lados de su cuerpo desgarbado, con parsimonia. Pero no, le dijo Hola y el hombre sonrió. Sus dientes eran blancos y relucientes. Y el aliento le olía a naranja. Toda una sorpresa. Porque en todos sus años como recolectora de amantes nunca había encontrado a ninguno con esas características. La cosa no pintaba bien porque a Mariana aquel tipo le despertaba cosas. Nada concreto, sólo cosas en general. Así que después de dudar unos instantes le invitó a comer a su casa. Comieron una tortilla de patata encima de la cama, cubierta con un mantel de cuadros verdes.

Mariana no sabe en qué momento su mundo se volvió a poner del derecho.

Sólo recuerda una habitación. Blanca. De paredes acolchadas. Y una música dulce. Envolvente. Cálida. Y a un hombre. Un hombre de bata blanca. Con la cabeza rasurada. Y unas manos suaves. Y sus gestos mientras habla. Y su sonrisa. También recuerda un campo, con un banco de madera. Y palabras. Recuerda palabras que se suceden unas a otras como cuentas de un rosario. Y la voz susurrante del hombre que dice su nombre: “Mariana… Mariana, despierta. Ya estás bien”. Ya pasó todo.

Y de la cuerda, ni rastro.