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domingo, 13 de febrero de 2011

Desde Fisterra, con amor.

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Fisterra, a 13 de febreiro do 2004

 

Bertiño, meu amor:

 

Estou esperando a túa volta.

Esta tarde foi un tanto estraña. Tiven a necesidade de estar a soas nesta casa valeira e enchida de recordos de salitre, area, e azul, para atopar a miña alma que andaba perda, sen norte, aloucada.

Estiven a ver unha película despois de xantar: “La soledad era esto”. Foi moi triste pero deixóume un saibo de esperanza. Chorei moito con ela e tamén coa conversa que mantiven coa miña alma cando a atopei.

Tentei serenar o meu espírito e púxenme a planchar. Cando acabei, sentín, de súpeto, o impulso de ir cara á cociña. Rebusquei nos libros a ver o que podía facer cos ingredientes que tiña na casa. Necesitaba cociñar un doce. Poñerlle un pouco de recendo á tarde que esgarecía paseniño. Pareceume sinxela a receta do Flan de Laranxa. Fíxeno. Oxalá mañá o disfrutemos xuntos.

Agora, dende aquí, no escritorio da saa, estou oíndo como asubía a válvula da ola rápida. Quédanlle tan só cinco minutos para acabar a cocción. Pouco tempo. Ti tardarás algo máis en achegarte ata mín.

Non vexo o momento de abrir a porta da casa, abrazarche e pecharche os beizos salgados e cheos de maré, cos meus dedos para que non me fagas preguntas, para que non me volvas a teimar co de sempre: “¿atópaste ben, de verdade?”.

Vou pedirche con bicos pequenos e garimosos que non falemos dos nosos pesadelos e pesares, que simpremente fagamos o amor como se fose a primeira vez que imos estar xuntos, con desexo, con paisón, con melura... sin presa, sin estar a pensar en ningunha outra cousa que non sexa vivir esta noite enteira.

 

María,

 

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Finisterre, a 14 de febrero de 2004

 

Berto, mi amor:

 

Estoy esperando tu regreso.

Esta tarde fue un tanto extraña. Sentí la necesidad de estar a solas en esta casa vacía y llena de recuerdos de salitre, de arena, de azul, para hallar mi alma que andaba perdida, sin norte, alocada.

Después de comer estuve viendo una película: “La soledad era esto”. Fue muy triste pero me dejó sabor de esperanza. Lloré mucho viéndola pero también con la conversación que mantuve con mi alma cuando la encontré.

Traté de serenar mi espíritu y me puse a planchar. Cuando terminé, sentí de repente, el impulso de ir a la cocina. Rebusqué en los libros y ver qué podía hacer con los ingredientes que tenía en casa. Necesitaba cocinar un dulce. Ponerle un poco de aroma a la tarde que se desvanecía despacio. Me pareció sencilla la receta del Flan de Naranja. Lo hice. Ojalá mañana lo disfrutemos juntos.

Ahora, desde aquí, en el escritorio de la sala, estoy oyendo como silba la válvula de la olla a presión. Le quedan tan sólo cinco minutos para acabar la cocción. Poco tiempo. Tú tardarás algo más en llegar a mí.

No veo el momento de abrir la puerta de casa, abrazarte y sellarte los labios salados y llenos de mar con mis dedos para que no me hagas preguntas, para que no me vuelvas a insistir en lo de siempre: “¿Te encuentras bien, de verdad? Te voy a pedir con besos pequeños y cariñosos que no hablemos de nuestras pesadillas y pesares, que simplemente hagamos el amor como si fuese la primera vez que vamos a estar juntos, con deseo, con pasión, con dulzura… sin prisa, sin estar pensando en alguna otra cosa que no sea vivir esta noche entera.

 

María,

 

 

Una canción muy marinera

Así suena la sirena del Faro

Las fotitos son mías.

lunes, 25 de enero de 2010

A veces llegan cartas

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Segovia, a 1 de noviembre de 2005

 

Querida Amelia:

¿Qué tal va todo, hija? ¿Sigues tan contenta en el máster como al principio? Seguro que sí. Siempre me enorgulleció de ti que fueses tan camaleónica. Te ha hecho la vida mucho más sencilla. No como yo ¿verdad?, que si me sacan de mis "cosas" ya no soy nadie.

Tengo que decírtelo o me moriré: estoy deseando que vuelvas. Tengo tantas ganas de darte un abrazo... pero estoy bien. No te preocupes por mí. Tu hermano viene a verme todos los días, incluso alguno me obliga a bajar con él al parque. Ya sabes que bonitos se ponen los árboles de la plaza en el otoño. Pero no es lo mismo con él. No me río tanto como contigo. Sabes que os quiero a los dos por igual y que daría mi vida por cualquiera de vosotros pero no existe la misma complicidad que entre las dos. Hija, tu hermano es tan seriote que no sé a quién ha salido.

Por cierto y antes de qué me olvide. ¿Cómo te va con aquel chico italiano del me que hablabas en la última carta? ¿Ha habido algún acercamiento o seguís mirándoos como si fueseis dos chiquillos? Debes hacerme caso, Amelia y hablo muy en serio, no dejes pasar de largo ninguna oportunidad de ser feliz aunque tan sólo sea por un corto periodo de tiempo, incluso unos instantes. Cuando llegues como yo a la vejez, lo único que dará calor a tus tardes de invierno van a ser esos pequeños o grandes recuerdos de la juventud, que se habrán ido almacenando año tras año, en la trastienda de la memoria. Aparecerán de pronto sin orden ni concierto pero dejarán una sonrisa secreta en tus labios.

Esta semana no tengo muchas novedades para contarte pero tengo una que se que te entusiasmará. El martes fui a la biblioteca a preguntar por el libro que me recomendaste y tengo que decirte que me está encantando. Me lleva un poco de tiempo porque la letra es demasiado pequeña pero no tenían otra edición y quería leerlo a toda costa, ya sabes lo cabezota que soy.

Bueno, no quiero desviarme del tema principal. El caso es que empecé a leerlo y cuando iba más o menos por la mitad, es decir, el viernes noche para ser más exacta encontré un folio doblado entre sus páginas. Es una idiotez, lo sé, pero el corazón me dio un vuelco. Estaba escrito por una de las carillas con una letra muy cuidada y parecía una carta. Pensé en tirarlo sin mirarlo siquiera pero ya sabes como soy de fantasiosa (en eso has salido a mí así que sabes de que te hablo) y pudo más mi curiosidad. No sé si está bien lo que hice pero la leí. Era una carta. Una carta que te voy a transcribir a continuación porque no puedo esperar hasta tu vuelta para que la leamos juntas. Desde que la he leído no dejo de pensar en esas personas, Amelia. Es que la vida siempre tiene unas historias increíbles que contarnos ¿verdad? Está fechada el 12 de noviembre de 1998. Casi la misma fecha que hoy pero hace siete años. Dice así:

12 de noviembre de 1998

Querido amigo:

¿Recuerdas la última vez que nos vimos?

"¿Es que no vas a sacarme a bailar?", te pregunté. Y tú, victorioso y travieso, me contestaste: "Deseaba que tú me lo pidieras. Ni por todo el oro del mundo  me perdería un momento así". Y te echaste a reír, cómplice, cogiéndome de la mano.

Y en medio de aquel bullicio nocturno, arropados por la música, te acercaste a mí oído para susurrarme todas aquellas palabras que no podíamos decirnos a la luz del día.

Tal vez te suene cursi o "lugar común", pero entre tus brazos me sentí como si fuésemos dos mitades, que sólo adquiriesen sentido al ritmo de unos compases. No importaba si había que bailar más deprisa o más lento porque sentí que ninguno de los dos, estábamos ya en aquella pista.

Te estoy imaginando ahora como te sonríes mientras lees. No lo hagas, no seas malo, ya sabes que siempre me ha gustado disfrazar las cosas que me suceden para adaptarlas a mi mundo particular, para que no me haga daño sentir. De otro modo ni te podría haber sacado a bailar, ni podría haber estado escuchando tus palabras de amor.

Me dejaba llevar apurando cada paso y deseando que el reloj se detuviera por un breve espacio de tiempo. Quería soñar. Quería vivir aquella otra vida nuestra un poco más. Pensaba en otro lugar donde pudiéramos abrazarnos y besarnos sin que estuviese mal visto a los ojos del mundo.

Me gustaría que cuando te acuerdes de mí, pienses en el apretón que te dí en la mano, al salir de la pista de baile, en el que intenté transmitirte que siempre serías especial, que te habías quedado con  un trocito de mi corazón y que te... Eso también ya lo sabes.

Un fuerte, fuerte abrazo,
Sara.


¿Qué opinas, Amelia? ¿No es una carta hermosa? No dejo de pensar en como serían Sara y su "amigo". ¿Por qué no se dirigirá a él por su nombre? Por miedo, seguro. Tal vez Sara también sea un nombre ficticio. No sé. El amor siempre es tan complicado. Se pueden sobreponer unos amores a otros y mezclarse, cada uno aportando algo único que lo hace diferente a todos los demás. Sin duda estaban casados, pero por separado, claro. Al menos es lo que deduzco. ¡Que lío, hija! Conforme va pasando la vida, si volvemos la vista atrás, recordaremos un beso, una palabra, un gesto, una canción, una foto, el apretón de manos de la carta... ¡Ay, Amelia!, recuérdalo: Sentir con todo el corazón es lo mejor que nos puede suceder. Estoy convencida de ello, aunque a veces se haga duro.

Y ahora tengo que dejarte ya que voy a preparar la cena. Quiero estar sentada en el sofá cuando empiece mi serie favorita. Está en un punto muy interesante. Creo que por fin hoy Jorge se le va a declarar a Monse. Y no será sin tiempo después de los capítulos que llevan tonteado. A veces, si me lo pusieran delante, me comería al guionista porque me pone de los nervios, terminando cada capítulo en lo mejor. Pero claro, sin eso no hay enganche.

Bueno, no me lío más. Te envío un beso especial de los nuestros, de los de cuando eras pequeña: sabor zumo de naranja, manzana y pera.

Tu madre que te quiere,
Manuela.

 

(la foto es mía)

miércoles, 23 de abril de 2008

Una decisión dificil

Querida Carolina:

¡Joder!, ¡Joder!, ¡Joder! Es que no se me ocurre otra cosa por donde empezar. Es que desde que recibí tu carta no he parado de darle a la cabeza. Vamos, ni aunque viviese mil años se me hubiese ocurrido que pudiera recibir una carta como la tuya. Cuando la estaba leyendo el otro día en la oficina, me puse tan lívido que mi compañero me preguntó ¿Te encuentras bien, Rober? Todavía sigo asombrado.

Verás, para ser sincero y puesto que ya conoces mis andanzas tengo que decirte que como hombre nada me gustaría más que acostarme contigo. De hecho, más de una vez, has sido la protagonista de mis fantasías sexuales. Hacerte el amor sería un trofeo que no me merezco. Créeme. Quizá rechazarte sea uno de los actos más valientes y decentes a los que tenga que hacer frente, porque te deseo. Todavía más si cabe desde que recibí la carta. Pero no lo haré. Y no será por lealtad a Manuel, que sería un motivo importante. Renuncio a ti porque te mereces lo mejor, Carolina. La idea en la que quieres embarcarte es descabellada, no se sostiene por ningún sitio. Te lo digo yo que de infidelidades sé un rato largo. En el fondo soy un cabrón, infeliz y frustrado que en vez de hacer frente al fracaso de llevar una vida mediocre tiré por el camino del medio. Tengo que reconocer que mi matrimonio no es como el vuestro. Nos respetamos a nuestro modo, guardamos nuestro espacio pero los dos sabemos lo que hay. Tú ya conoces a Mabel y no es una mujer para mí. Es fría, despótica a veces. Y yo no soy de ese modo aunque tenga otros miles de defectos. Por eso he buscado en otras mujeres el cariño que ella nunca supo dar o nunca quiso. No lo sé. Si estamos juntos es por pura conveniencia y apariencia.

Manuel y tú sois diferentes. Siempre os habéis querido y si es verdad lo que cuentas, que no lo pongo en duda, porque seguro que lo habrás comprobado, creo que todavía tenéis remedio. Hablas con despecho diciendo “a estas alturas de la película”... pero a mí no me puedes engañar. Tú no eres así. Eres la mujer más dulce que jamás he conocido y la más enamorada. Sinceramente debes hablar con Manuel y si podéis arreglarlo será estupendo para vosotros y yo me alegraré. Y si no hay nada que hacer, debes buscar un nuevo amor pero no de esa forma, arrojándote a los brazos de cualquiera por dolor. No voy a permitir que destroces tu vida. Los hombres, muchos, son crueles, Carolina. Hazme caso.

En mí puedes encontrar toda la ayuda moral que necesites pero jamás te tocaré. Aunque sólo sea por una vez voy a ser el hombre que deseé ser tantas veces. Y porque desde que te conozco te he querido y admirado en silencio.

Recibe un fuerte, fuerte abrazo, Roberto.

P.D.: Piénsalo Carolina.


martes, 22 de abril de 2008

Al borde de un ataque de nervios




Mi querido amigo Roberto:

Vas a pensar que te escribo porque estoy al borde de la muerte o algo así. Y no sé que decirte, tal vez dentro de un rato me dé un infarto porque estoy metido en un lío del carajo.

Siempre nos lo contamos todo que para eso somos amigos desde pequeños pero hay algo que te he mantenido oculto. Intentaré relatarte los hechos tal y como sucedieron.

Hace un año, aproximadamente, tuve una comida con los compañeros del banco y después de salir del restaurante nos fuimos a tomar un café. Y allí me encontré a Anita ¿Te acuerdas de aquella Anita, la de nuestro curso, que nosotros llamábamos “la cachonda” porque era con diferencia la que mejor estaba de todas las de la clase? ¿Te acuerdas como despertaba nuestras lujurias con aquellos ojazos verdes y aquellos pechos incipientes? Pues sí, me la encontré aquella tarde después de hacer mil años que no sabía nada de ella. Fíjate lo que es la vida. Total... que si me alegro de verte... que cuánto tiempo... que, que bien te veo... Lo de rigor. Nos intercambiamos los números de teléfono para tomar cualquier día un café y recordar viejos tiempos. Para ser sincero algo se me revolvió dentro del cuerpo porque sigue tan espectacular como yo la recordaba pero no le di importancia. El caso es que una semana después estaba llamándome para quedar. Me dijo que tenía muchas ganas de que la pusiera al día de todos los antiguos compañeros del colegio ya que ella había estado unos años fuera de la ciudad y perdiera muchos contactos.

Bueno, pues no me preguntes cómo pero acabamos la tarde en su casa. Más concretamente en su cama. Yo nunca engañé a Carolina, es la primera vez pero desde hace un año no soy capaz de desengancharme de esta mujer. Me vuelve loco. Es como si hubiesen despertado todas mis fantasías juveniles ¡Es la leche, Roberto!

Hasta aquí ya sé que no ves dónde hay un problema porque tú llevas años engañando a tu mujer cuando has tenido ocasión sin ningún remordimiento de conciencia. Siempre te gustó alardear de que tu corazón era demasiado grande para una sola mujer. Entre nosotros, una bravuconada. A veces ni uno mismo se explica las cosas, ahora lo comprendo.

Y a mí no es que me remuerda la conciencia, exactamente... Pero Carolina no se merece este engaño. Para ser totalmente sincero he intentado dejar de ver a Anita. Y he de reconocer que no puedo, es una droga.

Carolina creo que nunca sospechó nada en este tiempo pero el otro día cuando salíamos del apartamento de Anita cogidos de la mano (sigue soltera, no te lo he dicho)... justo en ese momento pasaba Carolina en el coche con los niños. Vendría de recogerlos en la piscina. Ya sabes que con el tiempo la desconfianza se relaja y pensando que estamos a salvo nos saltamos los semáforos en rojo. Yo creo que Carolina nos tuvo que ver, tuvo que hacerlo porque yo crucé mi mirada con la suya. Pero cuando volví a casa, tarde, no dijo nada fuera de lo normal.

Yo no quiero dejar a Carolina porque sabes que es la mujer de mi vida. Nos conocemos desde siempre, además de ser una mujer de bandera... una madre excelente, una mujer excepcional y en la cama... siempre me hizo feliz.

No sé qué hacer, Roberto, no sé qué me está pasando. No sé cómo salir de los brazos de Anita y volver al redil porque en realidad soy feliz con las dos. Son el complemento perfecto a la medida de mis deseos y de mi fantasía. Pero estoy asustado, no quiero perder a Carolina. No sé qué haría sin ella y los niños. Lo son todo para mí...

Me gustaría que me aconsejaras. Rober, ¡Joder! Estoy perdido. Piensa en ello unos días o el tiempo que te haga falta y me escribes. Envía la carta a la oficina, ya sabes.

Tu amigo, Manuel.

P.D.: ¡Que complicada es la vida, tío!

lunes, 21 de abril de 2008

Una canita al aire




Querido Roberto:

Te extrañará recibir mi carta puesto que nunca hemos mantenido una conversación más allá de lo estrictamente formal y razonable, propia del grupo de amigos al que pertenecemos.

Voy a ser clara y breve, al menos intentarlo. Manuel, mi marido, me engaña desde hace un tiempo. No me preguntes cómo me enteré porque es lo de menos. El caso es que me la pega con otra. Y, ¿sabes qué te digo?... que a estas alturas de la película ya no me importa. No voy a quedarme en casa lloriqueando lo desgraciada que soy y a sentirme poco deseada y todas esas ñoñerías. Quiero pagarle con la misma moneda. No importa que él no se entere de que yo me acuesto con otro, con mi autosatisfacción tendré más que de sobra para restablecer mi orgullo herido. Él ha sido el único hombre que ha habido en mi vida, el único con el que he compartido cama. Una pena, pero así es. No he podido comparar ni disfrutar de, tal vez, otro tipo de cosas con las que siempre he soñado. Y eso va a cambiar.

Llegados a este punto es donde entras tú en acción. No te hagas el niño bueno porque Manuel me ha tenido siempre al corriente de tus andanzas mujeriegas. Y no es que sólo haya puesto mis ojos en ti por ese motivo.

En primer lugar y en realidad para ser sincera conmigo misma siempre me provocaste cierto morbo por no decir bastante morbo. Vamos, que entrabas dentro del prototipo de hombre con el que no me importaría compartir una noche de amor. O varias. Lo de noche es un decir porque si aceptas mi oferta tendremos que buscar el momento más oportuno para los dos y a mí me da igual: mañana, tarde o noche. Estoy dispuesta a todo.

En segundo lugar eres su mejor amigo. Mi venganza sería redonda en ese sentido ¿lo comprendes? Y no quiero que pienses que es tan sólo venganza al cien por cien lo que me mueve. Tú me gustas mucho y puesta a dar ese paso ¿por qué no escoger al mejor?. Manuel siempre te tuvo en un pedestal.

No quiero que te sientas forzado a aceptar y entenderé que quieras rechazarme. A veces que una mujer se os ponga en bandeja de plata os da como un poco de rabia o reparo por eso del complejo del “cazador” y todas esas chorradas. Yo creo que los dos sexos somos iguales sólo que educacionalmente las mujeres hemos estado abocadas a reprimir nuestros deseos más íntimos, donde se incluyen también los sexuales, faltaría más.

Siempre nos hemos reído juntos en las comidas, cenas y reuniones que hemos hecho y creo no equivocarme en que nunca me miraste con desagrado. Incluso he notado alguna vez que te parabas un poco demasiado en darme los besos de rigor de bienvenida y despedida. Por cierto, ya puesta a desnudarme por completo... me encanta como hueles.

Me muero de impaciencia por saber tu respuesta y porque disfrutemos de un sexo agradable juntos. Sería perfecto. Yo sé que jamás te separarás de tu mujer y yo tampoco pienso separarme de mi marido. Me gusta la vida que tengo. Si espero más tal vez me pille ya la menopausia por banda y ya sea tarde para llevar mis planes a cabo. Y no habrá malos rollos. Cuando tenga que acabarse, se acabará. Todo se supera en esta vida menos la muerte.

Ahora todavía me siento atractiva, en buena forma física y mental y con ganas de echar mis alas a volar lo más alto posible. Vosotros, los hombres, diríais Echar una canita al aire.

Un afectuoso saludo, Carolina.



viernes, 4 de abril de 2008

Una experiencia casi religiosa

"Férreo Amor" - Luís Lorenzo Leira


Querido Fernando:

Tengo que desahogarme con alguien y tú eres el único en quien confío plenamente y el único que va a saber entenderme.

Verás, ayer llegué a casa como todos los días. No tuve una mala mañana en el trabajo. Es más, estuve muy contenta. No sé si atreverme a decirlo, pero creo que mi crisis está remitiendo un poco, al menos me está dando un respiro. El caso es que llegué muy cariñosa y lo que me encontré fue... en fin, todos tenemos malos momentos. Sólo que sería bueno que coincidiesen en los dos porque todo sería más sencillo.

De todos modos de eso no quiero hablarte. Te quiero contar algo que me pasó y lo que me hizo sentir.

Paco tuvo que salir a hacer unos recados y yo me quedé sola en casa como tantas otras veces. Hacía una tarde soleada aunque un poco fría y aunque me apetecía salir tenía tareas pendientes en casa. Se me antojó encender un pitillo y abrir la ventana de par en par y fumarlo así, al aire libre. Sí, ya sé que eres de la liga antitabaco pero que le vamos a hacer... Es un vicio pequeño porque fumo poquísimo ahora, ya lo sabes. Así que no me eches el sermón y deja que siga. La tarde estaba espléndida y eché un vistazo rápido a los alrededores. Y descubrí en los pisos de enfrente, más abajo de la altura en el que vivo, una ventana con las cortinas descorridas, y abierta al sol de la tarde. Era la ventana de un dormitorio y el sol daba de pleno en la cama. Hasta aquí todo normal. Hombre, también es normal lo que vi a continuación pero es que me quedé tan perpleja que aún no sé muy bien como acabar de encajarlo. Y no sé por qué me quedé así.

En fin, voy al grano. Había una pareja haciendo el amor y yo no pude separar mis ojos de ellos. Apenas se distinguían sus caras, eran siluetas. Ya sabes que la calle que pasa por delante de casa es muy ancha y por eso lo vi todo difuminado. Era como una escena de una película. Te cuento: La mujer está sobre el hombre que está acostado en la cama. Tiene melena corta de color castaño claro. Su espalda es hermosa. El hombre creo que tiene barba. Y veo como sus manos acarician la espalda de la mujer y le acaricia el pelo mientras ella se mueve rítmica y lentamente sobre el cuerpo del hombre. Y empiezo a entrar como en una especie de trance. Porque de pronto yo me siento como si fuese esa mujer. No es que haya tenido un orgasmo ni nada de eso... ¡Ojalá! Fue otra cosa lo que sentí. Una especie de vértigo recorrió mi cuerpo entero, se me puso la piel de gallina y sin saber por qué empecé a llorar. Sufrí un ataque de llanto que cuando llegó Paco a casa todavía estaba encogida delante de la ventana a lágrima viva y sin poder articular palabra.

Fernando, había tanto amor y tanta pasión en aquella habitación que todo me sobrepasó. Sentí mi vida tan vacía de pronto que pensé que nada tenía sentido en aquellos momentos. Tuve tanta envidia de aquellos dos amantes desconocidos que volver a la realidad fue lo que me produjo el shock.

Bueno, pues no te doy más la vara pero es que tenía que contárselo a alguien. Todavía sigo un poco alterada, en serio. No sé por qué me ha afectado tanto. Bueno, sí lo sé pero no quiero escribirlo. Tú ya sabrás entenderlo porque me conoces bien.

Te echo de menos. Me gustaría poder contártelo mientras nos damos un paseo por el puerto como solíamos hacer pero como no puede ser te escribo resignada.

Recibe un montonazo enorme de besos y un abrazo de escándalo y ven pronto a pasar un fin de semana con nosotros.

P.D.: Por favor, dime que vendrás o me moriré.

Marta.

viernes, 7 de marzo de 2008

Una cuenta pendiente





Querido Joaquín:

No sé qué habrá sido de tu vida y tengo que decirte que tampoco me importa demasiado. Sinceramente, nunca supe muy bien qué pensar de ti. Por más que pensé en aquel entonces no tenía claro si eras gilipollas o te estabas quedando conmigo. Me inclino por lo primero; lo siento. Puede que a día de hoy hayas madurado, han pasado ya… dejémoslo en algunos años. ¿Qué mas da?.

Fui a por ti: directa, determinada, abiertamente. Y todavía puedo recordar con total claridad mental aquella primera vez en tu casa. Nunca me sentí mejor en una situación parecida. Para ser mi debut después de tanto tiempo de celibato voluntario y modestia aparte, creo que estuve soberbia.
¿Te acuerdas cuando te pregunté si tenías novia o estabas saliendo con alguna chica? Tú me contestaste que sí estabas con alguien. Y yo muy digna te respondí: “No me gusta compartir cama. Tres somos multitud. Me marcho”. Tú te quedaste estupefacto.
Me vestí sin mediar palabra y me dirigí a la puerta. Una vez allí, agarrada a la manilla, pensé: “O lo haces ahora o no te liberarás nunca. Vuelve”. Y así hice, volví. Entré de nuevo en tu habitación y me desnudé de nuevo para ti y te dije: “Quiero hacerte el amor”. Seguiste sin hablar pero no pusiste ningún reparo porque sabía cuánto me deseabas. Y, prácticamente, sin casi enterarme de nada, para tí la fiesta ya se había terminado. Abatido, dijiste: ”Lo siento, no sé qué me ha pasado”. Yo quería morirme de la risa. Pero ese era mi gran momento. Con ironía te respondí: “Pues sí que ha sido mala suerte. Esperar tanto para esto… Otra vez será. Ahora te dejo porque después de tanto esfuerzo debes estar terriblemente cansado”.
Me vestí y me marché. Esta vez sin vuelta atrás.

Volvimos a vernos en alguna otra ocasión. Y un día te envié aquel regalo por correo, un libro que para mí tenía un significado especial y unas ilustraciones preciosas. Siempre me gusta dar sorpresas y oportunidad a las personas para darse a conocer y cuando me llamaste para decirme que querías devolvérmelo… ¡No podía salir de mi asombro! ¿Nadie te enseñó que los regalos no se devuelven? ¿Qué pretendías? Nunca lo entendí. Cada vez que te encontraba por la calle, la misma cantinela… “Tengo que…” Y yo decía para mis adentros: “No lo digas, no seas imbécil”. Por supuesto, nunca volvió a mis manos. Era de esperar. Una pena porque aquella edición me gustaba mucho. Que sepas que me lo compré hace poco con las ilustraciones en blanco y negro, una edición de bolsillo… la que tú deberías de tener.

Y fíjate sentí pena por ti, por no saber comportarte como el adulto que eras. Creo que después recapacitaste y en un momento de lucidez pensaste que yo merecía otro trato. Y aunque ya habían pasado muchos meses, aprovechando las fechas dejaste un mensaje en mi contestador deseándome Feliz Navidad. Un gesto que te honraba.

He sentido la necesidad de escribirte estas letras para decirte que la conclusión que yo he sacado de esta historia es que yo te “molaba mucho”, como se dice hoy en día”, pero, simplemente, no era tu tipo. Y es que estar a la altura de alguien como tú es bastante difícil. Imagino que ahora ya habrás bajado el listón.

Deseándote, por supuesto, todo lo mejor. Recibe un fuerte abrazo de ésta que no te olvida.

Ana,