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sábado, 25 de mayo de 2013

Dos personajes

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Tus pulseras.
Tu bolso de cuero.
Tus sandalias…

El día que te conocí parecías un adolescente en su primera cita pero con el aplomo que te daba la experiencia de todas las noches de tu vida.

Alegre como un niño en el recreo, señalabas en la distancia el lugar donde habías nacido, mientras hablabas de tu mar de músicas, de cuando de pequeño querías hacer ballet en unos tiempos de hombres rudos y mujeres que lavaban en el río.

Me entregabas todas las palabras bañadas en aromas de jazmín, sopladas como pompas de jabón, y acariciadas por la brisa de las palmeras del puerto, como el mayor de los tesoros.

Agradecí tu regalo con una promesa de eternidad para nuestros personajes: tú serías un joven hidalgo de familia noble y yo sería una princesa celta de singular valentía.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Cursi, romántico, tonto… ¿y a mí qué?


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Hoy mi carta va a ser muy diferente a las que habitualmente vengo escribiéndote.
Esta noche pasada he tomado una decisión. Se acabaron los puntos suspensivos, las frases indirectas, las siglas… Es hora de dejar los formalismos y llamar a las cosas por su nombre. Sin avergonzarme.

Empezaré por las siglas:

M.G.: Me Gustas
M.G.E.C.: Me Gusta Estar Contigo
M.G.E.S.D.D.: Me Gusta El Sabor De Desearte
T.S.G.D.V.: Tengo Siempre Ganas De Verte

Seguro que muchas las habías descifrado. De todos modos quiero dejar constancia por escrito de lo que de verdad significaban por si en alguna ocasión necesitas encontrar fuerzas para seguir adelante o por si necesitas empaparte de estas palabras para superar las pruebas a las que te someta la vida. Alguna no será fácil, los dos lo sabemos. Estoy preparada para asumir los riesgos. No hace muchos días que descubrí, al fin, lo que siento ti.

Acércate, cariño, abre las palmas de tus manos y toma mi corazón. Es tuyo. No te asustes porque tiembla. Es la claridad. Llevaba tanto tiempo escondido que ni él se cree que pueda estar ahora en tus manos.

No sé cómo ha sido, ¿o sí lo sé? El otro día, de repente sentí que me gustaría ser madre de nuevo. Y que querría que ese hijo fuera nuestro. No podrá ser, ya sé que soy mayor pero no importa. Lo imaginé. Un sueño. También me atreví a hacer una breve incursión en el futuro. Seguías a mi lado y esa imagen me hacía feliz.

Ese fue el momento. Las endebles murallas que tenía construidas se derrumbaron por completo. Ya no tengo defensas. No escogí que esto sucediese. Tampoco estoy arrepentida, todo lo contrario. Pero no voy a negar que no sienta miedo. Te quiero. Te quiero mucho. T.Q. Las siglas que nunca me atreví a escribir aunque tímidamente sentí como querían escaparse de entre mis dedos.

Ya está escrito.

Tienes que saber que no voy a rendirme a la primera contrariedad. Sabes que no es mi estilo. Si pierdo la guerra no será porque no haya intentado hacer frente a cada batalla Emplearé todas mis armas: los besos más dulces, la entrega más apasionada, los abrazos más sentidos, las palabras de apoyo más incondicionales…
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martes, 19 de febrero de 2013

Bye, bye, Goyito


De Goyo, ni rastro. Como lo estás leyendo, cariño. Se marchó. Esta mañana, al levantarme, lo busqué por toda la casa y no está. Apareció una nota en el sofá del salón. En sus breves palabras de despedida, nos dice que siente no poder esperar a conocerte y que fue feliz entre nosotras pero que tiene que seguir su camino. Que no le guardemos rencor pero que él tiene que seguir ayudando a las princesas de los cuentos. Que le perdonemos.

Violeta hasta lloró del disgusto.

En fin, supongo que hay que aceptarlo. Era una historia muy bonita para ser cierta, ¿verdad?

¡Qué nervios, amor! Ya quedan pocos días para que regreses de nuevo. Como en anteriores ocasiones, no sé cuántos, ya sabes que nunca los cuento. Me gusta más recibir la sorpresa cuando me dices ¿Me puedes venir a buscar?

Al principio de tu marcha todo es más fácil. Te vas y me concentro en no pensar en ti, ni en el tiempo que voy a estar sin verte. Pero poco a poco conforme se acerca la fecha de volver a vernos mi cabeza se va relajando y los instantes de deseo llegan con más frecuencia y más fuertes. Y en ese deseo incluyo todo, no sólo la parte física. Como hoy, por ejemplo. Estaba leyendo el periódico cuando descubrí que habían estrenado una película que me gustaría ver. Podría ir esta tarde, no tengo ningún plan previsto pero me encantaría que la viéramos juntos para comentarla, para que te burles de mí si lloro… para que nos peleemos por las palomitas… Esperaré a que llegue esa ocasión en que podamos compartirla.

Este fin de semana me estoy sintiendo un poco rara. Pero no te preocupes, estoy bien, de verdad, sigo encontrándome tranquila y animada. Rara es sólo distinta. No te vas a creer por qué se me ha dado. Me han entrado unas ganas terribles de tener un perro. Creo que podría hacerme pasar muy buenos ratos. Nos daríamos compañía y cariño mutuamente. Hasta he ido a ver una tienda de animales a ver si tenían algún perrito en el escaparate. Sólo había dos pequeños gatos dormidos: uno negro y otro a pintas negro y castaño. Estaban de foto. Tal vez sólo quiero aliviar mi “soledad” y lo escribo entre comillas porque ya sabes que amigos para salir no me faltan. Pero no es eso. Seguro que entiendes lo que quiero decir. Aunque si algún día tuviera un perro, adoptaría, por supuesto. Que hay muchos perrillos abandonados y necesitados de mucho cariño.

Ains!... Y es que Violeta está con un carácter muy complicado. A veces la siento muy cerca y otras a mil años luz. No consigo saber, por más que lo intento, lo que pasa por su cabeza, lo que le preocupa. Supongo que sólo tengo que tener paciencia y esperar a que crezca y madure. Entonces imagino que podremos ser buenas amigas. Al menos lo intentaré.

Ahora estoy haciendo la sobremesa, y fumando un pitillo, después del helado de rigor. Ya sabes cómo me pierden los helados, tanto en verano como en invierno. Y voy a prepararme tan pronto acabe una infusión para ir a zapatearme en el sofá ¿Te preparo una y vienes a tomártela conmigo? ¿Qué dices? ¿Qué sí?

Estupendo.

P.D.: Esta carta es muy sosa, cariño. Lo siento. Es el invierno. Y lo mucho que te echo de menos.

martes, 12 de febrero de 2013

Goyo


la imagen es de aquí

Estoy desesperada y no sé a quién pedir ayuda. Tienes que venir.

Antes de continuar, decirte que no me parece bien que en vez de presentarte en casa como es de recibo te metas en mis sueños sin consentimiento. No es justo.

Aunque de todos modos debo darte las gracias. Desde luego tengo que reconocer que te haces notar de una forma muy original. Y el nombre que has escogido para el dragón me encanta: Goyo. Cuando se lo dije a Expiro se sinceró conmigo:

- ¡Uf, menos mal! Expiro no me gustaba demasiado
- ¿Por qué no me lo dijiste, tonto?
- Pues porque no quería ser descortés
- Parece mentira…
- Asunto arreglado, ya está
- ¡Ay, los dragones como sóis!

Por la mañana no quise despertar a Violeta para preguntarle qué le parecía pero seguro que también le gusta. Y además, lo más importante es que Goyo está contento. Y el pobre necesita alegrías, creo yo.

Bueno, voy a contarte. Lo he intentando todo. Y cuando digo todo, es todo. Se niega a comer. Dice que no come porque está triste. En casa con nosotros se encuentra a gusto pero está erre que erre en que tiene un secreto que no puede compartir con nadie porque nos reiríamos de él. Serpi, la serpiente peluche incluso lo hipnotizó con sus ojos de botón. Pues ni con esas. ¿Tú sabes que le puede pasar a Goyo? ¿Será un asunto de faldas? ¿Tú crees que los dragones se enamoran? Tengo miedo de que se enferme por no comer. ¡Ya pasaron dos días!

Ayer estuve tres horas delante del ordenador consultando por internet y no encontré en ninguna página qué es lo que comen los dragones. Le preparé compota de manzana, flan de huevo, mousse de limón, tarta de coco, macedonia de frutas... Se niega en redondo a llevarse una cucharada a la boca. Lo que sí es seguro, que tanto Violeta como yo acabaremos por coger unos cuantos kilos, con tantos postres que nos comemos.

Si tú no vienes, no sé quién va a poder echarme un cable. Esta mañana quedaba suspirando sentado en el sofá y con la mirada ausente. Me siento totalmente incapaz porque no sé qué cuidados necesita. Le he contado la fiesta de bienvenida que haremos para celebrar tu vuelta y su bautizo oficial. Nada. Su cara sigue imperturbable y su boca cerrada a cal y canto.

En fin. Como no surja un milagro creo que Goyo... no quiero pensar en esa posibilidad porque no lo soportaríamos…

Del resto poco más que contarte. Bueno, no es del todo cierto. Ayer me pasó algo muy “guay” pero no quiero decírtelo por carta. ¿Y si la carta se pierde y alguien que no seas tú la abre por curiosidad? Vamos, que me moriría de la vergüenza. Porque es algo…

Vale, sí, te lo contaré, como dices tú siempre: “Antes revientas”. Y no quiero que me digas que soy perversa y retorcida y que me gusta dejarte intrigado. Pero cada cosa a su tiempo.

Tengo que dejarte ya. A ver si me puedo escapar hasta casa un momentito para echarle un vistazo a Goyo.

P.D.: Te envío como siempre montones y montones de besos y decirte que eres mi última esperanza. Te quiero, cariño.


martes, 5 de febrero de 2013

Palabras concéntricas

La ilustración es de Rie Nakajima, y la encontré en el blog de Pluvisca "Gozar con la mirada", que os invito a visitar porque merece mucho la pena.


Cariño, perdóname. Hace mucho tiempo que no te escribo. Y no ha sido por falta de ganas, la verdad. Echo de menos contarte mis cosas pero es que no se me ha ocurrido nada interesante. No quiero aburrirte. Bastante tienes tú ya. Y además no quiero que salgan en torrente todos los sentimientos que tengo escondidos. Siento miedo. Esa es la principal razón para no sentarme ante la hoja en blanco.

No sé por dónde empezar.

Desde que nos conocimos soy otra mujer. En algunos aspectos le has dado un giro a mi vida de 360º. Cuando pienso en ello no dejo de sorprenderme. No sabía que pudiera ser como soy y que este cambio me hiciese tan feliz. Es curioso pensar en todas las transformaciones que podemos hacer los seres humanos. Cosas que en un momento de nuestra vida son impensables, más tarde acabamos por hacerlas con total naturalidad. En realidad somos, la mayoría, camaleónicos. Y cuanto más cambiamos más crecemos. Esa es mi teoría. Creo que la diversidad en todas sus vertientes siempre es gratificante y enriquecedora.

Pero estaba hablando de mí.

¡Ay!, no puedo seguir.

Las palabras concéntricas quieren esconderse del papel. Intento guiarlas lejos para que no vengan a darme de lleno en la cara con sus grandes verdades. Por eso las voy a disfrazar. Por ejemplo a la A le voy a poner una corona. Parece una vela encendida. Y ahora la B. Si le pongo otra corona pero por debajo parece un sombrero. Una al azar, venga. La T. Le coloco un medio círculo encima y es una seta o un champiñón. Se me olvidaba la O, la O es mi preferida. Es un círculo concéntrico perfecto. Porque tú ya sabes que para mí existen los círculos concéntricos, elípticos, geodésicos… me encantan estos círculos estrafalarios y rimbombantes que rompen todas las leyes matemáticas y geométricas.

Romper, romper, romper, romper.

Cambiar, continuar, probar, desistir.

Divagar, consentir, liberar, navegar.

Romper, romper, romper, romper.

¡Como se me va la olla! Tal vez esté un poco mal de la tartera pero ¿hay alguien cuerdo en este mundo? La locura en todas sus formas va ganando terreno a pasos agigantados manifestándose ampliamente en multitud de aspectos: incendios, plagas, contaminación, guerra, drogas, alcohol, xenofobia, discriminación, indiferencia… CRISIS.

Me he desviado del motivo de mi carta, cariño. Tendrá que quedar para otro día. Ahora se me hace tarde. Tengo que llevar a alguien de paseo. ¿Te he contado que tengo un dragón en casa? Resulta que terminé de leer la otra noche un libro de un Caballero con una armadura oxidada y mágicamente al despertarme por la mañana me encontré con un pequeño dragón de color verde y naranja. No sé muy bien que cuidados necesita. Tienes que ayudarme. No puedo pedírselo a nadie más. No me entenderían. Tú, en cambio, crees en mí y por eso te quiero tanto.

Por cierto, todavía no lo hemos bautizado oficialmente. Violeta dice que quiere llamarle Expiro ¿Te gusta? Cuando regreses haremos una fiesta. Le he hablado de ti y está deseando conocerte.


-Ya sabes lo que quiero poner aquí entre guiones -



 

jueves, 31 de enero de 2013

Batallas de mujer

 

mail.google.com

¡Qué alegría!

No me lo puedo creer. Son las diez y veinte de la noche de un viernes y estoy derrotada.

Debimos haber llegado hoy a los 30º y acabo de sentarme desde que comí. No está mal para una madre-trabajadora-amadecasa-mujer. Todavía tengo que planchar, poner una lavadora, ducharme y quisiera leer y soñar pero ya no me quedan ganas de nada. Ah!, se me olvida que debo cenar. Sí, cosa importante. A veces se nos pasan por alto las normas más sencillas de supervivencia. Sólo me doy cuenta de la vida que llevo cuando me subo a la báscula de baño por las mañanas y veo que mi peso lejos de subir desciende. Ya no recuerdo cuando había pesado tan poco. Si fuese boxeadora sería peso pluma o mosca. No sé en qué categoría encuadrarme. Y esa frase de todos los que me ven a diario “¡Que delgada estás!”... asusta un poco pero ¿qué puedo hacer?

Me he concedido unos minutos de relax para encender una vela, fumar un pitillo (el primero del día) y contemplar mi bonito ramo de clavelinas y ramas de tuya que reposa lleno de vida en la mesa del salón.

No puedo más.

Me encantaría descalzarme ahora y alargarme cuan pequeña y delgaducha soy en el sofá y olvidarme de que la vida tiene que seguir.

Oigo a Violeta, cantando en su francés disparatado, en la salita. Hoy le han dado las notas y tiene que recuperar. No ha sido una sorpresa. Este año ha sido muy duro para las dos. Así que lo único que puedo hacer es armarme de paciencia, apoyarla y ayudar a que venza su desánimo y a que mejoren su autoestima e inseguridad adolescente.

La vela despide una bonita llama y me gusta echarle una ojeada mientras escribo.

Descubro en la estantería del mueble un libro que ya no recordaba “Prodigios de la naturaleza”, de Rupert O. Mattews. Lo abro al azar y se descubre ante mi vista una impresionante fotografía del Río Amazonas, la más poderosa vía fluvial de la Tierra. Asusta un poco verlo.

Violeta cambia de una canción a otra continuamente: “Y ahora que no estás aquí, me doy cuenta cuanta falta me haces…”

Todavía no terminé de recoger toda la compra. Abro el libro en otra página y aparece la Barrera de Ross, el mayor iceberg del mundo. Unos acantilados verdeazulados.

Y ¿ahora qué cenamos? Violeta cenará leche con cereales, como siempre. Y lo mío ha de ser algo fácil y rapidito. Ya he desgastado tanto mis energías que cualquier mínima tarea me supone un esfuerzo fuera de lo común. Quizá fuera conveniente que me tomase vitaminas. Mi peso no es para tirar cohetes.

Violeta me pregunta desde la salita: “¿Mamá qué haces?”. Le respondo: “Escribo”. Pero yo no escribo. Divago, simplemente. Vuelco en las hojas mi vida, como si no fuese mía. En ocasiones cuando releo mis textos me digo: “No puedo ser esta mujer”.

Esta canción me gusta: “La dulce niña Carolina no tiene edad para hacer el amor...? Y yo, ¿tendré esa edad o se me habrá pasado el arroz como dicen muchos y muchas despectivamente? La verdad es que creo que no se me ha pasado nada de nada. Además a mí me gusta el arroz requemado. Así que ¿qué más da todo? Sólo se trata de vivir cada instante, cada día, cada noche, cada semana…

Voy a hacer algo agradable. Olvidarme de todo.

Prepararé un bocata de queso gallego de esos que dicen de “manteca” porque se funde en la boca. Abriré una cerveza. Pondré “mi música agradable”. Y seguiré leyendo “Las tinieblas del corazón” de Carmen Durán. Este libro me está gustando.

a veces, como hoy,
se me sale el amor del pecho
y no puedo hacer otra cosa que
cantar y bailar
canciones como ésta.

y ésta:

“… hoy me pasa el amor de parte a parte,
temo encontrarte y no reconocerte.
temo extender la mano y no tocarte,
temo girar los ojos y no verte
temo gritar tu nombre y no nombrarte;

temo estar caminando por la muerte”

martes, 9 de octubre de 2012

La historia cuasifeliz de Begoña Miramontes y Ulises Maldonado

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La pintura es de Iria Blanco Barca

La primera reacción de Begoña cuando una amiga común le presentó a Ulises fue decirse: Ni loca. No. Ulises no me atrae nada físicamente como para salir con él.

Y es que no podía evitar, desde que estaba otra vez en el mercado, después de su separación, en hacer este primer análisis crítico tópico, cuando le presentaban a alguien, que como ella, también estaba en el mercado.

Pero la vida que es una jodida caprichosa, ¡zas!

Ulises insistió, insistió e insistió. Insistió tanto que Begoña no pudo más que acceder a darle una oportunidad. No era mal tipo, Ulises. Y era muy divertido.

Recuerda que cuando iba a la terapia, Julián, su psicólogo, siempre le preguntaba por la relación y ella siempre contestaba titubeando: Bueno… sí… estoy bien… es un buen hombre… se porta bien conmigo… yo creo que nos falta… bueno, a mí me falta… ¿chispa, sabes? Ya sé que soy una tonta romántica pero no se me estremece el estómago… (podría añadir también: ni dicha sea la parte, pero se lo callaba por decoro).

Aunque Begoña sabía que les faltaba esa chispa, no quería darse por vencida. Begoña era muy tozuda; eso decían todos. A ella, en cambio, le gustaba más pensar que era concienzuda.

Concienzuda - Se aplica a la persona que hace las cosas con cuidado y pone todo su empeño y atención.

Tozuda - Se aplica a la persona que se mantiene firme en una opinión o actitud a pesar de las razones o las dificultades que pueda haber en contra.

Quería de una vez por todas atinar con el hombre adecuado, apostando más con la cabeza que con el corazón, ya que siguiendo los dictados (¡que cursi!) de su corazón siempre le había ido bastante mal.

Pero la relación no iba. Cuanto más cariñosa se mostraba Begoña, cuanto más lo intentaba, más frío se mostraba Ulises.

Y no lo entendía.

Ulises decía que la quería, que estaba muy enamorado de ella, que era lo mejor que le había pasado, que qué suerte que hubiese aparecido…

Es más, dos veces Ulises le pidió matrimonio y Begoña lo rechazó porque no estaba segura, además de que eso del matrimonio ¡Quita, quita! Begoña y los papeles no se llevaban bien.

Begoña y Ulises no se veían durante la semana porque resulta que Ulises y Begoña no vivían en la misma ciudad. Begoña vivía en un pequeño pueblo de provincias y Ulises vivía en una pequeña villa marinera. Nada que ver, a no ser por lo pequeño que puede llegar a resultar todo… Los espacios, los pueblos, el amor…

Un día, un sábado por la tarde, estaban los dos sentados en el sofá del salón de casa de Ulises, un dúplex muy acogedor y soleado. Begoña hacía punto de cruz (para no aburrirse) y Ulises hacía que estaba concentrado en la película penosa de la tele.

Begoña ya llevaba tiempo notando que Ulises esquivaba hacer el amor, aludiendo que estaba cansado, que estaba estresado, que estaba preocupado… Es más, Begoña sentía que ni se acercaba a hacerle alguna tontería por miedo a que desemboca en algo más.

Y, claro, tal y como estaban las coas, Begoña tenía dudas, así que más de una vez, le había preguntado abiertamente a Ulises, si había alguien más, si ya había dejado de gustarle.

Es que ¡maldita sea!, entre todos los hombres del mundo mundial, follarines de los bosques, le tenía que haber tocado a ella uno de los que nunca tenían ganas. Inaudito. Al menos todos sus compañeros presumían de estar siempre dispuestos, y ella venga, tragando por no confesar sus derrotas amorosas.

¡Que me lo expliquen!, se decía Begoña cabreada.

Así que aquel sábado Begoña, tozuda y concienzudamente, decidió insinuarse a Ulises.

- Uli, ¿hace una siestecita?

Ulises hizo como que seguía reconcentrado en la película pero Begoña ya sabía que la había escuchado con claridad meridiana. Y no se dio por vencida.

- Ulises, cariño, ¿subimos a echar una siesta?

Ulises puso cara como de sufridor en casa y cogiéndola de la mano al mismo tiempo que se levantaba del sofá, le contestó resignado:

- Venga, vamos.

Begoña no lo pudo soportar. Montó en cólera por dentro y haciendo acopio de valor para parecer la mujer entera y verdadera que no era, le contestó.

- ¿Sabes qué te digo? Que no necesito que me hagas ningún favor. Ya me las apaño yo solita.

- No te pongas así, cariño, lo siento. Me salió sin querer pero no quería decir eso. Quería decir que…

- No sigas, por favor, que lo vas a empeorar. Voy a subir a echar la siesta sin tu compañía, y te ruego por favor que no subas. Ya lo hemos hablado otras veces Ulises, te pasa algo y quiero ayudarte pero si tú no quieres reconocer que hay un problema, mal vamos.

Y Begoña subió. Sola.

Se sentó en el sofá azul de la habitación que compartían, justo debajo de la velux. El sol regaba la estancia produciendo unos colores delicados sobre el edredón. Y lloró. Lloró mucho. Dolida. Rechazada. Sintiéndose poco atractiva. Y nada deseada. Pero después del llanto sus manos y sus dedos empezaron a consolarla.

Aquella fue la primera vez de muchas. La etapa más turbadora de su vida. Y el principio del fin de su vida en común.

 

No queda nada del dolor que me causaba
mendigarte por un beso,
volví a encontrar la libertad
y se escapó mi corazón que estaba preso.
Se disipó la oscuridad en mi interior.
Y ahora veo que tu amor no era amor.
Tal vez te duela, pero desde que te fuiste
me siento mucho mejor.

Sin ti,
ha vuelto a entrar la luz por la ventana,
he vuelto a sonreír en las mañanas,
sin miedo a que alguien me diga que no…

martes, 18 de septiembre de 2012

Un relato de miedo



Llegó el momento de afrontar.
Empezar desde el momento presente.


Lo sé porque tengo una náusea instalada en la boca del estómago.
Porque me sudan las manos.
Y la cabeza.

Sé que llegó el momento porque no puedo evitar sentir el chasquido.
El vértigo de la curva.
La caída.
El revolcón.

Una y otra vez me veo arrastrada por la cuneta.
Mis piernas aplastadas contra el suelo.

Dicen los psicólogos que hay que poner nombres y adjetivos a las emociones.
Identificarlas.

Pues ya está.
Voy a decirlo.
A  escribirlo.

Tengo miedo a tener un accidente.

Y perder los brazos.

O las piernas.

Quedar desfigurada.

Inválida.

Disminuida.

Dependiente.



lunes, 4 de junio de 2012

Roberto.



la foto la hice este fin de semana aquí

Esta mañana volví a ver a Roberto en una cafetería.

Y estaba gordo.

Cuando me acerqué a saludarlo, sus ojos ya no me parecieron tan azules como entonces. Y su voz tampoco me sonó tan modulada.

Esta mañana volví a ver a Roberto y me pareció un hombre corriente.

¡Y pensar que estuve a puntito de tirármelo aquella noche, a pesar de que estaba casado!

Bueno, la verdad…

La verdad es que él no mostró ningún interés en acostarse conmigo pero el relato queda mucho mejor así, si digo esto. No sé, me siento mejor si me hago pasar por la chica resuelta y abierta que nunca fui.

Pero no, las cosas no fueron así. Y al pan, pan y al vino, vino.

Roberto y yo nos conocimos en una de esas Cenas del Deporte, que organizan en casi cualquier ciudad o pueblo que se precie. Nos presentó una amiga común durante los postres. Y ya no nos despegamos en toda la noche. Del restaurante del hotel pasamos al pub. Y del pub directamente a mi casa.

En mi salita de estar pasamos el resto de la noche. Yo sentada en el sofá y él a mi lado, sentado en el suelo.

Y habló, y habló, y habló hasta las 8 de la mañana, en que lo llevé de vuelta a su casa.

Roberto me contó cosas muy interesantes, y principalmente, que llevaba muchos años engañando a su mujer. Mucho. Me dijo que la engañaba con unas y con otras. Que ella lo sabía y miraba para otra parte. Pero él nunca iba a dejarla porque ella no trabajaba y además, era una mujer muy buena y que tenía siempre la casa muy limpia.

Con el paso de los años, cuando recuerdo este detalle, todavía me sigo quedando tan petrificada como entonces. Porque no me entra en la cabeza que alguien pueda estar con otro alguien, con semejante argumento. Un argumento que no decía mucho a favor de Roberto.

Yo me moriría de pena si me enterase de que alguien está conmigo porque limpio muy bien el polvo, porque plancho muy bien las camisas o porque me sale muy rico el arroz con leche.

No tengo palabras.

Pero Roberto, a pesar de lo que me contó, no era un mal tipo, o sí, vaya usted a saber. Siempre intenté ver a la gente más rosa de lo que era, prefería la imagen que creaba en mi cabeza que la triste realidad. Me hacía menos daño.

Aquella noche que nos conocimos, Roberto me dijo que le gustaba pero que no quería acostarse conmigo, que para eso ya tenía a otras mujeres. Me dijo que le parecía una buena chica y que quería ser simplemente un amigo.

¡Ya estamos otra vez con lo de la buena chica!

¿Pero es que me tuvieron que tocar a mí todos los tipos considerados que no quieren echar una canita al aire a cualquier precio?

Porque no era la primera vez que me pasaba. Ya había oído eso antes. Y también lo volví a oir después de aquella noche [pero esa es otra historia]. 

¿Y así como iba a convertirme yo en una mujer resulta y abierta? Imposible. Si nadie me daba un empujoncito estaba destinada a ser la misma tonta enamoradiza de siempre.

Y eso es lo que siempre fui, lo que soy y lo que siempre seré. Porque ese empujón nunca llegó.

Por eso, esta mañana, cuando vi a Roberto sentado en la cafetería, recordé con cariño aquella noche, y los cafés y las conversaciones que compartimos.

Sin más.

Porque nunca hubo más.




domingo, 25 de marzo de 2012

La caracola verde

 

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Mamá era una mujer adusta pero de buen corazón.

Sé que siempre nos quiso, y mucho, pero nunca nos lo dijo en palabras y tampoco con abrazos o caricias o besos.

Mamá siempre estaba ocupada trabajando desde primera hora de la mañana, primero limpiando vagones de tren y luego en casa.

Mis hermanos y yo. Tres bocas que alimentar. Huérfanos.

Papá nos dejó pronto. Pronto y sin recursos. Yo tuve que dejar la escuela para cuidar de mis hermanos y que así mamá pudiera trabajar.

Papá no era un hombre seco y también tenía buen corazón. Muy buen corazón.

Sus años fueron breves pero intensos. Nos quiso mucho y nos lo dijo con palabras, y con abrazos, y con caricias y con besos.

Un día volvió a casa del trabajo muy excitado. Nos reunió a los tres en la cocina, sentando al más pequeño en sus rodillas y nos dijo:

- Niños, mirar que os he traído.

Y sacó de un trozo de papel de estraza una caracola.

- ¿Qué bicho es ese, papá?, dijo Choli, el pequeño.

- Es una caracola, hijo. Ya verás, es mágica.

- Bah, no tiene magia, dijo el mayor, Tinín.

- ¿Pero tú que sabrás, mocosillo?

- Es que sólo es un animal muerto, y además no huele muy bien, dijo Tinín apretándose la nariz.

- La magia llega después, cuando se queda vacía.

- ¿Sí? ¿Y qué le pasa?, repitió el mayor con cara de resabiado.

- Aprender de vuestra hermana, ¿véis como ella está callada escuchando?

- Es que no sé qué decir, papá, me parece una maravilla.

- Es que es una maravilla, hija, me alegra que sepas ver lo hermosa que es.

- Venga, cuéntanos cómo hace magia, papá, dijo Choli.

- Pues después de que nos la comamos, la limpiaremos muy bien y la dejaremos secar. Y después si la acercamos al oído, ¿sabéis que pasará?

- Noooo, dijimos los tres a coro.

- Pues oiremos el mar, hijos. Esta caracola tan pequeña puede encerrar el sonido de todas las olas del océano.

- Buahh!!, dijeron mis dos hermanos abriendo la boca de una cuarta.

- ¿Y cuándo la vamos a comer, papá?, dijo Choli revolviéndose en las rodillas.

- Pronto, hijo, cuando mamá venga de trabajar le preguntaremos cuándo va a cocinárnosla.

- Ajjj, a mí me da asco, yo no quiero comerla, dijo Choli.

- Y yo tampoco, añadió Tinín.

- Pues i no la queréis, nos la comeremos vuestra madre, vuestra hermana y yo.

- ¿Pero nos dejarás oír el mar aunque no nos la comamos, verdad?

- Pues claro.

Y comimos la caracola. Y la limpiamos, y la dejamos a secar. Y la pusimos al oído. Muchas veces.

Papá enfermó pronto. Cirrosis, dijo el médico. No duró muchos meses. La caracola dormía sobre la cómoda de la habitación. A él siempre le gustó tenerla cerca. Decía que el sonido del mar lo serenaba. Pero no le calmaba el dolor de los días finales.

Mamá lloró su pérdida. Nosotros también lloramos. Yo más, por algo era la mayor. Los niños en seguida olvidaron. Y yo, aunque nunca olvidé, también hice mi vida.

Mamá en cambio no olvidó, ni hizo su vida. Jamás volvió a casarse y eso que sólo tenía 36 años cuando murió papá. Tan joven. Tan viuda. Guardó luto muchos años y después del luto, como ya le daban miedo los colores, se pasó al alivio. Y así murió, vestida de gris, y con el pelo totalmente blanco… Abatida por una larga enfermedad. Pero adusta y sin dar señales de flaqueza, como cada día de su vida.

La caracola todavía sigue conmigo, como un pilar en mi vida. Y aunque Tinín y yo no nos hablemos desde que murió mamá, cada vez que miro la caracola recuerdo a papá. Y la dicha de aquel día. Y pienso en la vida que pudimos haber tenido los cinco juntos.

¡Qué diferente hubiera sido todo!

La mujer de la fotografía es mi madre, se prestó amablemente a hacerse la foto después de que le leyese el relato [se emocionó mucho], que está escrito desde su voz, como si fuese ella quien lo escribió. Está basado en la historia de su vida, si bien no todo se atañe estrictamente a la realidad.
La canción se la dedico a mi abuela [mi segunda madre]. A ella le gustaban mucho las habaneras y María Dolores Pradera.
Mi abuela fue una mujer muy fuerte y luchadora. Y mi madre le sigue sus pasos, también es una gran mujer. Las dos tienen todo mi respeto y toda mi admiración. Aunque mi abuela nos dejó  hace años, me visita mucho en sueños y mi madre y yo nos vemos a diario. Tenerlas a mi lado cada día siempre ha sido y es un gran apoyo.

domingo, 18 de marzo de 2012

La montaña rusa

 

tan poquita cosa
las ilustraciones son de Cristina Méndez y las encontré aquí

¡A veces me siento tan poquita cosa!

Que tengo que armarme de valor y de recursos para convencerme de que Yo lo valgo.

Supongo que son estas malditas y jodidas hormonas. Bueno, eso es lo fácil. Se me hace más cuesta arriba pensar y constatar que siempre fui un poco así. Con tendencia a disminuirme.

Un poco así poquita cosa.

Poco de todo, mucho de nada.

Y sí ya antes era difícil, ya lo he dicho, ahora todavía es peor. Mis kilos de más, mi celulitis, mis gafas progresivas. No reconozco a mi cuerpo, ¡maldita sea! Es como si me encerraran en un cuerpo que no es mío. Y a este cuerpo no lo quiero. Fuera, que se vaya de mí.

¡Y mi pelo! Lo de mi pelo es inaudito. Y no es que me lo invente yo, no. Tengo fotos de joven que constatan que mi pelo era lacio. Lacio. Era una chica de melena larga lacia. Y ahora, para joder, mi pelo ni es lacio, ni es rizo. Mi pelo es eléctrico. Lo seco con el secador y parece que obedece pero en cuanto le paso el cepillo, o simplemente los dedos… Se me pone un cabezón que parezco Einstein, pero en pelo oscuro. Y ya me gustaría a mí ser un poco Einstein, no me vendría nada mal. Siempre he sido un poco tontiña, inocente, de efectos retardados, y claro, ahora con la edad, las cosas no mejoran. Me he vuelto muy olvidadiza, torpona y la inocencia adolescente que antes era graciosa ya no me queda tan bien y oigo con demasiada frecuencia: “¿Pero tú de qué guindo has caído?”, o eso de “Vives en los mundos de Yupi”. A veces me hace daño.

Mis kilos de más me están desquiciando. Procuro comer bien, y hago ejercicio regularmente, incluso más del que hacía antes. Y nada, la báscula no cede ni un gramo. Y me desespero. Y me frustro. Y me entran ganas de tirar la toalla y dejarme ir. Abandonar estos sacrificios que no me reportan los éxitos esperados. Y olvidarme de mi cuerpo… pero no puedo. Quisiera pero no puedo, nunca pude.

Resulta que además ahora no duermo bien. Me despierto un montón de veces por la noche, envuelta en sudores y eso también me está jodiendo. Me levanto cansada y falta de energía. Y claro, el cafecito me sienta bien pero como no duermo ya he empezado a dejarlo. También voy a dejar el té y la cocacola. Nada de excitación. Relax total.

Ohmmmmmmm!!

Ohmmmmmmm!!

¡Qué mierda! ¡Haaaaaaaaaaaartita estoy.

Y menos mal, menos mal, que a mi churri todavía le sigo gustando, a pesar de que para picarme me diga siempre eso de:

- Nena, se te está poniendo un culazo!

- No me digas esas cosas, hombre, que ya sabes que me da rabia.

- Pero si a mí me gusta tu culo… (cogiéndolo a dos manos)

¿Pero cómo le puede gustar? Si mi culo es horrible que yo bien me lo veo. Me miente descaradamente. Eso o que vemos nuestros defectos mucho más agrandados que los defectos de los demás. Puede ser. No digo que sí ni que no, sino todo lo contrario. Porque, por ejemplo, a mí su tripita me gusta, y es en serio y él se piensa lo mismo que yo: ¿Pero cómo le puede gustar?

Esto de cumplir años es un escándalo.

En fin, chorradas, porque viendo la que está cayendo, lo de mi culo, digo yo que no tiene ninguna importancia. ¿Qué es mi culo comparado con la paz mundial, o la globalización, o el cambio climático, o el fraude fiscal, o la reforma laboral?

Si es que soy una tonta. Además, todas estas frustraciones son momentáneas (bueno, a veces me duran incluso días pero…)

Si es que para la edad que tengo tampoco estoy tan mal.

Y mira, tengo salud, que eso sí que es importante.

Hala, se acabó. Asunto concluido.

Carmela, déjate de chorradas que aún tienes muchas horas de oficina por delante.

¡Qué gusto, hoy sólo tenemos que calentar! A ver si me salieron ricas las lentejas.

¿Y para mañana? No sé qué demonios voy a hacer mañana de comida… Ay, sí… tengo muchas ganas de pollo al ajillo. Le preguntaré a Paco y a la niña y si les apetece, listo. Eso es llegar y a la freidora. Ensaladita y…

- Carmela, ¿me puedes pasar, por favor, la carpeta de Subvenciones?

- Sí, ahora mismo te la llevo, Javier.

- Gracias.

Pues hala, Carmelita, fuera esos pájaros de la cabeza y arreando que es gerundio.

Transformacio fulles

miércoles, 15 de febrero de 2012

Dos corazones solitarios


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Emiliano Barroso Cantalapiedra adoraba las alturas, ya desde pequeño, así que lo de querer ser antenista profesional, entraba dentro de lo que cualquiera podía esperar de él.

Adela Gurruchaga Benítez adoraba las mariquitas, que coleccionaba desde pequeña con un primor enfermizo, así que lo de querer ser modista profesional entraba dentro de lo que cualquiera podía esperar de ella.

Se conocieron por casualidad.

En la comunidad de pisos donde vivía Adela tenían que cambiar la antena de televisión y ella era la presidenta. Abrió las páginas amarillas y buscó en la sección Antenistas. Reparó en el logo de la empresa de Emiliano por el color. Un azul muy muy intenso, que destacaba en toda la página.

Y llamó por teléfono.

Emiliano llegó a la comunidad un lunes por la tarde. Y Adela lo recibió con la mejor de sus sonrisas, así era ella.

El flechazo fue instantáneo.

Quedaron para realizar el trabajo a la semana siguiente. Antes imposible, Emiliano era un hombre muy ocupado.

Adela estaba nerviosa por volver a verlo. No había dejado de soñar con él cada noche.

Y llegó el día.

Al volver a ver a Adela, a Emiliano casi se le sale el corazón del pecho. Ante tal desmedida decidió hacer sin tardanza lo que mejor se le daba: Subir al tejado. Y coger altura.

El estrépito contra el asfalto fue tan grande y doloroso, que a Adela, que estaba cosiendo un vestido de novia en aquel momento, se le clavó con tal fuerza la aguja que llegó directamente hasta su corazón, cayendo fulminada al instante.

Fin de la historia.

Aunque les parezca inverosímil, estas cosas pasan. A mí sin ir más lejos me pasó una cosa el otro día que…

Ay, me llaman a la puerta, perdonen, otro día sigo.

Que encuentres la paz que no lograste en vida,

Ves a través de mí,
en mi corazón,
derribas mis muros
con la fuerza de tu amor…

G.p.S.t., Congo

miércoles, 8 de febrero de 2012

Peligrosamente juntos

 

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Bueno, pues ha llegado la hora de la verdad y de comprobar cómo, en la mayor parte de los casos, la respuesta era tan sencilla, que de tan sencilla que era nos la pasamos por alto.

Siento decepcionaros pero no habrá pedida de mano, ni boda, ni bautizo, ni viaje a Venecia, ni a Roma, ni a la luna… Ná de ná. O nasti de plasti. Creo que os despistó el título. O yo mexpliqué mal.

El juego era tan simple como que en el texto se esconden unas cuantas canciones de Hombres G [creo que era muy fácil, me sorprende que la mayoría no hayáis pensado en eso], en la parte del diálogo de Gaby; y otras cuantas canciones de Ángela Carrasco [esto ya era para nota], en la parte del diálogo de Marta.

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¿Y por qué se me ocurrió escribir este texto? Pues porque el otro día escuché a los Hombres G (a Ángela Carrasco no), y me fijé en todos sus títulos y seguí pensando y una cosa llevó a la otra y…

Y ahora sin más, a disfrutar de la música (los que queráis, tenéis donde escoger). Seguro que conocéis casi todas las canciones, por lo menos los que sois de My generation.

…ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo…

Era diciembre y estábamos en la cama. Acabábamos de acostarnos pero no sé por qué yo me había puesto a pensar en el viaje a Tenerife con mis amigas.

Y de repente Gaby me soltó:

-Vamos juntos hasta Italia.

Yo me quedé a cuadros. Callada.

No era una frase propia de él, así soltada sin más y menos aún por el contenido. Gaby siempre decía que viajar estaba sobrevalorado. Así que le pregunté:

- ¿Estás bien, cariño mío?

- Sí, sólo que me puse a pensar en que cuando tú me propones que nos vayamos de viaje, yo siempre te digo que no. Y ya es hora de que eso cambie.

- ¿Lo dices en serio?

- Pues claro que sí. Que es que hoy me he levantado dando un salto mortal, dando volteretas he llegado al baño y…

- ¿Pero qué dices? Tú no estás bien.

- Estoy mejor que nunca, de verdad. Podemos ir a Venecia.

- Ya sabes que por mí encantada, pero…

- Mira, Marta, te quiero, eres lo mejor que me ha pasado. Siempre digo a todo el mundo, porque lo pienso, que eres una mujer de bandera y ya es hora de que te lo demuestre con hechos.

- Pues venga, vayámonos a Italia, o a donde sea, por qué no. Ahora o nunca.

- ¿Sabes? Se nos pasan los años muy rápido. Lo noto. Y no quiero perder más tiempo a causa de mis manías e inseguridades. Tú misma me lo estás diciendo siempre, que me pierdo un montón de oportunidades por culpa de mis tonterías. Y es que si no te tengo a ti… yo…

- Pero si me tienes, tonto. Quererte a ti también eres lo mejor que me ha pasado. Anda ven, dame un besito y duérmete tranquilo. Mañana empezaremos a organizarlo todo.

- Para Semana Santa queda un mes aunque quizá es mejor que busquemos una época más tranquila.

- Sí, yo prefiero.

- Eh!, esas manos!

- Es que no puedo apartar mis manos de ti. Anda, mujer, venga…

- Cariño, si sigues por ese camino…

- Por supuesto que voy a seguir a menos que tú me lo impidas.

- ¿Sabes qué te digo? Que ya estás tardando.

…ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo…

El que más se ha acercado en su comentario a la verdad ha sido Guillermo el Travieso, así que es justo que para él sea el regalo. Os contaré lo que le enviaré. Y gracias a todos por intentarlo.

Os quiero,

domingo, 5 de febrero de 2012

Juego de palabras

 

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Mirador del Río – Tenerife – Octubre 2011 

Era diciembre y estábamos en la cama. Acabábamos de acostarnos pero no sé por qué yo me había puesto a pensar en el viaje a Tenerife con mis amigas.

Y de repente Gaby me soltó:

-Vamos juntos hasta Italia.

Yo me quedé a cuadros. Callada.

No era una frase propia de él, así soltada sin más y menos aún por el contenido. Gaby siempre decía que viajar estaba sobrevalorado. Así que le pregunté:

- ¿Estás bien, cariño mío?

- Sí, sólo que me puse a pensar en que cuando tú me propones que nos vayamos de viaje, yo siempre te digo que no. Y ya es hora de que eso cambie.

- ¿Lo dices en serio?

- Pues claro que sí. Que es que hoy me he levantado dando un salto mortal, dando volteretas he llegado al baño y…

- ¿Pero qué dices? Tú no estás bien.

- Estoy mejor que nunca, de verdad. Podemos ir a Venecia.

- Ya sabes que por mí encantada, pero…

- Mira, Marta, te quiero, eres lo mejor que me ha pasado. Siempre digo a todo el mundo, porque lo pienso, que eres una mujer de bandera y ya es hora de que te lo demuestre con hechos.

- Pues venga, vayámonos a Italia, o a donde sea, por qué no. Ahora o nunca.

- ¿Sabes? Se nos pasan los años muy rápido. Lo noto. Y no quiero perder más tiempo a causa de mis manías e inseguridades. Tú misma me lo estás diciendo siempre, que me pierdo un montón de oportunidades por culpa de mis tonterías. Y es que si no te tengo a ti… yo…

- Pero si me tienes, tonto. Tú también eres lo mejor que me ha pasado. Anda ven, dame un besito y duérmete tranquilo. Mañana empezaremos a organizarlo todo.

- Para Semana Santa queda un mes aunque quizá es mejor que busquemos una época más tranquila.

- Sí, yo prefiero.

- Eh!, esas manos!

- Es que no puedo apartar mis manos de ti. Anda, mujer, venga…

- Cariño, si sigues por ese camino…

- Por supuesto que voy a seguir a menos que tú me lo impidas.

- ¿Sabes qué te digo? Que ya estás tardando.

…ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo…

Este texto es un juego. Tiene truco. Está construído en base a “algo que todavía no os puedo decir”, aunque es muy facilito y seguro que lo adivináis, sin pistas.

¿Os hacéis ya una idea?

Entre los que acertéis sortearé un regalito, que todavía no sé que es. Prometo (eso sí) que no será un precioso plato de cerámica como el que me traje de Valencia hace un par de años  y tampoco una empanada gallega, aunque igual no estaría mal ¿no?

Biquiños,

Este canción la escuché en la película “Adam”, que ví ayer.
Me gustó mucho, además de la película en sí, su banda sonora.

jueves, 19 de enero de 2012

Una vez conocí a un tipo que…

 

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La imagen es de aquí, en donde también podréis leer el brillante y emotivo texto de jimarino basado en el prólogo de Ángel Campos Pámpano [poeta y traductor español, gran defensor de la cultura y la literatura de Portugal], editado junto a Antología Poética de Fernando Pessoa por Galaxia Gutenberg, año 2001.

Un corazón de nadie:

antología poética (1913-1935)

Cubierta delantera

Fernando Pessoa, Ángel Campos Pámpano

 

Una vez conocí a un tipo al que le gustaba Pessoa.

El tipo en cuestión y yo, nos conocimos en una página de contactos. Se hacía llamar Antonóvich, así que lo de Pessoa no le pegaba nada, yo más bien hubiera apostado la cabeza a que a este tipo le gustaban los escritores rusos: Dostoyevski, Gógol, Nabokov, Pushkin, Tolstói, Turgénev o Chéjov. Pero no, era fan de Pessoa, sólo que yo no lo supe hasta la tercera cita.

Antonóvich tenía el pelo totalmente cano, no era guapo pero sí que tenía cierto atractivo. Y fumaba. Fumaba como un carretero, o como un minero, o como un albañil. No fumaba como un empleado de la banca, no, cómo decirles, era más rudo, más masculino. Y tenía un coche granate. No recuerdo ahora el modelo, sólo monté en él una vez. Para ir a su casa. Y olía a tabaco, debido a que fumaba como un mariscador.

La primera vez que le vi era una tarde lluviosa y fría. Así suele ser en invierno, tampoco es una novedad. Pero lo recuerdo especialmente porque yo me había puesto una camiseta de rayas de colores que me quedaba muy bien pero que no me abrigaba nada. Quería causarle buena impresión, quería que quisiera repetir una cita conmigo. Porque yo, hasta que se me conoce un poco, no digo mucho. Vamos, que no soy de esas mujeres que uno dice: ¡Pedazo de mujer! No, yo soy lo que se dice “poquita cosa”, “normalita”, “del montón”… pero después cuando se me conoce un poco más tengo algo que engancha. Y no es vanidad, óiganme, es lo que me dice la experiencia. Tipos que en principio no se interesaron demasiado por mí o pasaron de repetir muchas citas, después… después me llamaban y me insistían y me decían cosas como: “Fui un tonto dejándote escapar”, o “Has sido de lo mejor que ha pasado por mi vida”. Pero yo nunca volví la vista atrás, a mí si alguien me dice adiós, yo hago lo propio: bye bye fraulein.

Sigo contándoles.

La primera vez que quedamos, lo hicimos en mi ciudad por eso de sentirme yo más cómoda. Estar como un flan de naranja no es el estado más ideal para conducir, así que le recogí a la salida de la autopista. Allí se montó en mi coche y lo llevé a hace un recorrido turístico. Hacía muchos años que no visitaba la ciudad, me dijo, así que le gustó recordar. Parecía que se encontraba cómodo. Tomamos un café en un bar muy coqueto, donde había gente jugando al parchís, al scrabble, o simplemente leyendo el periódico. El tiempo se pasó volando. Y Antonóvich se fue, dejando en el aire que me llamaría.

Seguimos en contacto por la página de internet hasta que a los quince días me propuso repetir cita. Se ofreció muy amablemente a volver a verme en mi ciudad. Y de nuevo hicimos otro recorrido turístico, esta vez por las afueras de la ciudad, visitando un par de playas. El mar estaba bravo, lo recuerdo porque en una de ellas nos bajamos y nos acercamos hasta la orilla. En la arena, de reojo, yo miraba para Antonóvich, tratando de adivinar si sería capaz de sentir algo por él. Es que a pesar de que era atractivo, a mí como que no acababa de encajarme, no sé cómo explicarlo, no se me atragantaban las palabras cuando hablaba con él, ni bailaban las ranas el hula hoop en la boca de mi estómago. De todos modos la prueba definitiva no había llegado, todavía no nos habíamos dado un beso. Esa es para mí la prueba de fuego, el primer intercambio de fluídos, la aproximación más cercana a la intimidad total.

Cuando comenzaba a anochecer y después de tomar otro café en otro bar coqueto (mis elecciones no eran tema baladí) se volvió a marchar, esta vez, habiendo establecido nuestra tercera cita y comprometiéndome en que sería yo quien fuera a visitarle.

Y llegó el día.

Recuerdo que llevaba mis vaqueros favoritos, el abrigo de ante marrón tipo Segunda Guerra Mundial, y mis preciosas botas camperas. No recuerdo qué camiseta llevaba. Sé que no estaba divina de la muerte, pero casi. Vamos, que ese día tal vez a alguno se le escapara un: “Que chica más mona”, que es lo que suele ser una, cuando no es un “pedazo de mujer”. Eso, o simpática.

Y también hacía frío.

Recorrimos todo el paseo marítimo y me cogía de la mano para atravesar las calles. Me pidió que me quedase a cenar que quería llevarme a un italiano estupendo que había cerca de su casa. Después de cenar podríamos ir allí porque quería enseñarme sus libros. Ahí como que yo ya empecé a sentir algo, no eran ranas bailando el hula hoop pero algo parecido. Así como caracolillos echando los cuernos al sol.

Ciertamente el italiano resultó ser precioso, coqueto como mis bares y muy acogedor. Estaba en un primer piso, cerca de la playa y había mucha gente cenando pero sin agobiar.

Antonóvich me preguntó si me importaría dejarme aconsejar. Y yo, le dije que por supuesto, que me fiaba de él. Cuando vino el camarero para tomarnos nota de la cena y Antonóvich pronunció Carpaccio de ternera con alcaparras con gran soltura, me pareció un dios. Jamás había oído la palabra carpaccio y nunca había probado las alcaparras. En mi casa siempre fuimos de platos tradicionales, lo que vulgarmente se conoce como: de sota, caballo y rey. Educadamente, y muy cortés me explicó en qué consistía el plato que llevaba tal nombre. Por su cara comprendí que sentirse como un cicerone lo ponía de buen humor. Sus ojos chisperaron y se le encendió una sonrisa.

Pero la cena terminó. Y me propuso ir ya a su casa. Un momento decisivo en nuestra relación incipiente.

Era un apartamento pequeño y muy bien decorado, aunque no demasiado masculino. Se lo comenté, yo soy así, sincera, y él me contó que se lo había decorado una amiga. Por ejemplo, las cortinas de su habitación, la única que había, eran blancas con enormes amapolas rojas. A mí sorprendió, la verdad. No me lo esperaba.

Y después de recorrer los escasos metros cuadrados nos sentamos en el salón. Bueno, más bien me senté yo porque él empezó a mostrarme sus libros. Los cogía de los estantes con un cariño inmenso y los iba depositando sobre mis piernas, para que los abriera y los viera por dentro. Y comenzó a hablarme de Pessoa, de sus poemas, de sus muchos nombres, de su alcoholismo, de su locura…

Hasta se atrevió a leerme unos pequeños poemas que había compuesto en los tiempos de verano en los que iba a Francia a trabajar en la vendimia para pagarse la carrera [porque Antonóvich era Licenciado en Ciencias Empresariales y tenía su propia Consultoría]. Y me contó de los vagones del tren, del trigo en los campos, de sus sueños de juventud…

Y como sin querer se inclinó sobre mí y me dio un beso. Yo no despegué los labios. Y menos abrí la boca. No sé, incluso sentí frío. No sé si fue por las emociones que estaba experimentando o porque el contacto de Antonóvich no me resultaba del todo grato. Tendría que darle un poco más de tiempo. Hay cosas que son de más lenta maceración. Y Antonóvich iba a ser uno de esos tipos que conmigo tendrían que ganárselo.

El caso es que él en seguida hizo como si el beso no se hubiera producido y siguió con el tema de los libros, de Pessoa, hasta que en otro arranque se levantó de mi lado y sin ton ni son, me soltó:

- Bueno, entonces… ¿te quedas a dormir?

Y yo, cual colegiala de trenzas, le respondí:

- No estoy preparada

A lo que él contestó, sin tacto alguno y con un poco de retintín:

- ¿Qué pasa, es que tienes que hacer primero tus ejercicios espirituales?

Y ahí yo como que ya me encendí. Me desaté.

- Mi querido Antonóvich, quiero explicarte algo. El hecho de que yo suba a tu casa después de cenar, a las doce de la noche, no implica que tenga que pasar por tu cama. He subido por cortesía, porque me parecía descortés que tú me invitases y que por miedo a que pasara algo te dijera que no. Yo no tengo porque presuponer que tú ibas a querer acostarte conmigo.

Y no es que yo en aquel momento me estuviese haciendo la estrecha, por favor, ya era mayorcita para eso. La verdad es que me he acostado con hombres con muchos menos méritos que Antonóvich pero es que no me apetecía. Así de simple. No acababa de verme yo desnuda en la cama, con un tipo al que le gustaba Pessoa.

Él también se embaló un poco:

- O te estás haciendo la inocente, o eres muy inocente, lo cual me sorprendería. Aunque, bien pensado, desde la primera vez que nos vimos me di cuenta de que tú no eras como las demás. No sé explicarte qué es lo que tienes que te hace diferente. Tal vez la dulzura que emanas, o tu franqueza en reconocer tus nervios.

Me miró tiernamente y me dijo:

- Me gustas mucho, Violeta y no quiero perder el tiempo. Lo siento. Te pido disculpas

Así era como yo me hacía llamar en la página no sé muy bien porqué. Porque me gusta ese color, supongo, y porque fue lo primero que se me ocurrió cuando hice el perfil. Cosas del destino.

Dulcemente, como él decía que era, le contesté que no podía quedarme, que era pronto para mí, que todavía estaba cerrando viejas heridas, que si de verdad le gustaba tendría que esperar un poco más.

Y la cita, ante los hechos inesperados, tocó a su fin de una forma un tanto abrupta. Se ofreció a acercarme a mi coche y me dijo que ya me llamaría, aunque por su tono y sus miradas, supe que tal llamada no iba a producirse. Y me apené un poco. Tampoco había hecho o dicho nada malo. Sólo quería tiempo. Sí, ya sé que el tiempo es muy valioso pero si de verdad buscamos algo que merece la pena, el tiempo es lo de menos. Hay que ser pacientes y dejar que la fruta madure por sí misma. Acelerar los pasos no conduce más que al fracaso.

Así que me volví a casa pensando en que quizá debiera hacerme otro perfil nuevo. Tal vez Violeta no era un nombre apropiado para mí, tal vez tenía que pensar en un nombre más asequible, tal vez podría escoger el nombre de un personaje de novela, y recordé lo que me había emocionado leyendo la historia de Eugenia Grandet.

Ya lo tenía. Eugenia sería mi nuevo nombre de guerra, o de amor.

Y así fui conociendo a nuevos tipos de hombres. Uno al que le gustaba jugar al póker. Otro al que le gustaban las películas de vaqueros. Otro que practicaba submarinismo los fines de semana. Otro que todos los jueves comía un bocadillo de sardinillas con chocolate…

Así hasta llegar a un tipo al que le gustaba Neruda. Pero esa es otra historia.

 

Fado de Mariza, inspirado en un poema de Pessoa, titulado: Cavaliero Monge.

Fragmento del programa Contresentidos dedicado a la literatura, sección titulada Café con libros.
En él se habla de la obra del poeta portugués Fernando Pessoa

jueves, 5 de enero de 2012

Goodbye girl

joyeux-noel2                                                                                               ilustración de lola roig

Antecedentes

Jaime es Jefe de Marta, bueno era, porque en un día ya se va a otra ciudad, a su lugar de residencia, a otro puesto de trabajo dentro de la misma empresa. Y era Jefe directo, aunque no trabajaron nunca en el mismo edificio de oficinas. Básicamente su amistad/”lo que sea” se forjó a base de llamadas telefónicas en horas de trabajo y algunas nocturnas, las noches en que Jaime estaba de guardia.

En realidad, para Marta “lo que sea” es amor. Después de su dura separación, hace ya dos años, Jaime ha sido el primer hombre por el que ha empezado a sentir algo profundo, todo un logro si tenemos en cuenta que Marta ya pensaba, que su corazón se había convertido en un desierto y que jamás iba a ser capaz de sentir nada por nadie. Así que Jaime ha sido un milagro. Y cada vez que la llama y escucha su voz, le baila un gusano en la tripa.

Y Jaime… No quiere reconocerlo pero Marta le gusta. Le gusta mucho. Piensa en ella más de lo que le gustaría y se imagina cosas, escenas… algunas muy tórridas. En realidad la quiere y la desea pero no puede ir a más, sería del todo inconveniente. Jaime está casado, bien casado, y jamás se separará, es de convicciones típicas tópicas.

Marta está en su casa, sola, sentada en el borde de la cama, hablando desde el teléfono que tiene en la mesita de noche. Y Jaime está llamándola desde una cabina situada en el puerto, cerca del hostal donde pasa los días laborables.

Es diciembre. La noche está fría y silenciosa en esos momentos. Todo parece en suspenso.

 

Escena 1: El teléfono

(…)

¿Cuándo te marchas?

Mañana por la mañana.

Me gustaría verte antes de que te fueras.

Pensaba quedar hoy contigo pero se me ha hecho tarde. Ahora en diez minutos quedé a cenar con unos compañeros y a primera hora cojo carretera.

Estarás deseando irte.

Sí y no.

¿Por qué no me has llamado antes?

Es que anduve muy liado.

No te creo, una llamada son dos minutos. Creo que lo has hecho aposta.

No seas mala.

¿Por qué no te pasas después de la cena?

Es que igual terminamos un poco tarde… y…

A mí no me importa, te esperaré.

Mañana tienes que madrugar.

Te has colado. Mañana me pedí el día. Pasado mañana es mi cumpleaños, ya sabes, 31 de diciembre y tengo que hacer algunos recados.

En realidad, creo que no es una buena idea, ¿no crees, Marta?

A mí me gustaría verte, ya te lo he dicho antes.

Vale, está bien, después de cenar me paso y me invitas a una infusión.

Hecho. ¿Sabrás llegar?

Sí, me lo explicaste muy bien aquel día que pensaba ir a tu casa y que al final no pudo ser.

No me lo recuerdes, anda.

Bueno, pues hasta después.

Vale. Te espero. Y no me llames para poner una disculpita.

Ok.

Escena 2: La casa

Lo siento, no he podido venir antes. Ya te dije que se iba a hacer tarde.

Pasa, no te quedes en la puerta. Y deja de decir tontadas.

A sus órdenes, señorita autoritaria… Ay, perdón, que tú no eres autoritaria, que tú eres republicana.

Creo que no te voy a preparar ni una triste manzanilla.

Y harías bien. En realidad no deberías haber insistido para que viniera.

¿Ya estamos otra vez?... Ven, que te voy a enseñar mi casa.

Me la he imaginado muchas veces por tus comentarios.

¿Pues a ver si la has imaginado como es?

Sí, me la imaginaba así, rústica, como tú, y muy acogedora.

¿Rústica? Ya me explicarás eso mientras tomamos la infusión.

De acuerdo.

Y espero que me quede claro porque si no…

Estás muy guapa.

Anda ya… ¿Así con este chándal de trapillo de andar por casa?

Te veo guapa, en serio. Me gusta verte así en tu ambiente.

Me vas a poner colorada, no seas tonto.

Está bien, estaré calladito.

Ven, vamos a la cocina que voy a preparar las infusiones. ¿No te apetece mejor otra cosa? Tengo algún licor casero, whisky…

No, una infusión me va bien. ¿Tienes menta poleo?

Me olvidaba que eres el chico poleo por excelencia.

Menos burlas, no vayas de guasona.

En realidad es que estoy muy nerviosa, tengo que confesártelo, se me hace raro verte aquí.

¿Te cuento un secreto?

Suelta.

Yo también estoy un poco nervioso.

¡Anda ya! Tú eres un hombre de mundo.

Sí pero eso no tiene nada que ver.

Tiene que ver y mucho.

Sí tú lo dices, no voy a discutir ahora.

Ven, ya están las infus, vamos a sentarnos un poco a la salita.

¿Te vas a sentar a mi lado?

¿No debería hacerlo?

Claro que sí, hueles muy bien.

Sí, eso sí, al menos a mí me gusta mucho este olor a cítricos.

Escena 3: En el sofá

Me gustaría besarte

¿Y por qué no lo haces?

No sé si puedo.

Sabes de sobra que puedes. Ya te he dicho más de una vez que…

Chistt… Besas muy dulce, Marta… Creo que…

Ahora soy yo la que te digo Chistt…

Que suaves son tus pechos… y tu espalda… Creo que…

No hables, Jaime, sigue, por favor… Ya sé que mañana te vas y que no va a pasar nada más que esta noche entre nosotros… Quiero que...

Creo que no puedo, Marta. No puedo.

¿Por qué?

Tengo miedo. Tengo miedo por ti. Y por mí. Es mejor que me vaya.

No voy a pedirte, ni rogarte, ni ponerme a llorar,… si quieres irte…

Es lo mejor. No quiero irme pero no quiero hacerte daño. Creo que ya has sufrido bastante, no quiero ser uno más a añadir a tu lista.

Nunca serás eso para mí y lo sabes.

De todos modos es tarde.

Está bien.

Escena 4: La despedida

Prométeme que no te enfadarás conmigo.

¿Cómo podría? Yo…

No lo digas.

Está bien.

Quiero que me prometas una cosa.

No sé si podré.

Sí que podrás. Y sé que si me lo prometes cumplirás tu palabra.

¿Qué tengo que prometerte?

Que te vas a cuidar. Prométeme que siempre vas a cuidarte, Marta, y a quererte.

Sabes que me va a resultar difícil.

Me lo has prometido.

Lo intentaré.

Con eso tengo bastante.

Dame el último beso.

Escena 5: La puerta

Jaime se va.

Marta detrás de la puerta, de pie, oye como baja por las escaleras.

Cuando siente el golpe seco del portal se sienta en el suelo y se pone a llorar. Está triste y contenta al mismo tiempo.

Se repone después de unos minutos y se levanta. Empieza a apagar las luces y se dispone a irse a la cama.

Sabe que tardará mucho en volver a ver a Jaime, tal vez años. Tal vez no lo vuelva a ver nunca más. Tal vez ni siquiera sigan en contacto. Ella no podrá llamarle a su casa. Y además, tal vez él quiera olvidarla.

Pase lo que pase, Marta siempre tendrá el beso de despedida y los otros besos soñados. Y su renuncia porque sabe que ese fue su regalo de despedida.

Y así es como lo recordará siempre.

Esta canción me recuerda a The Carpenters que tanto escuché de joven,

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Detrás del muro

 

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Y bien, ¿qué te parece el relato?

Así, a bote pronto, me surgen algunas dudas.

Uy, malo malo porque entonces es que no conté bien la historia.

Que no, tonta, igual es que yo no la comprendí bien.

Cuando un relato hay que explicarlo es que no se ha hecho bien el trabajo. Eso decía el profe de Taller.

A ver, es que… Me pregunto: ¿Cómo se le ocurre a una mujer que sabe que su marido es celoso, decirle que se siente atraída por otro?

Craso error. Si en el relato no se cita explícitamente que el marido era celoso, es porque supuestamente no era celoso. Me explico. A veces, durante toda una vida nos comportamos de una forma determinada hasta que se produce un cortocircuito, un trauma, una situación nueva y entonces surge la verdadera personalidad. Suele suceder así en personas que son muy reprimidas o tan egoístas que no quieren ni el mínimo cambio en su vida . Y no es que lo diga yo, lo dicen los psiquiatras y psicólogos. Por eso cuando oímos algunas noticias se dice eso de “era una persona normal”. Aparentemente era normal pero rascando un poco, había conductas que no encajaban dentro de la normalidad, entre comillas.

Ya, ya entiendo.

En el caso que nos ocupa, la mujer no sabía el alcance de esos celos, es más nunca había pensado que su marido era más celoso de la media. Porque todos somos un poquito celosos, todos tenemos miedo a perder aquello que queremos pero de ahí a los celos patológicos, que serían los que quise retratar en este relato, hay unos cuantos escalones. Digamos que el hombre enloqueció ante la idea de que su mujer sintiera algo por otra persona que no fuera él.

Supongo que es una situación difícil de digerir.

Todos las complicaciones y problemas de la vida (sea infidelidad, enfermedad, pérdida, ausencia… lo que sea) son difíciles de digerir, eso lo comprendo, pero de ahí a decir que se merecía un tiro… Lo que te digo, escalones.

Y después hay otra cosa que no me quedó clara. ¿Había algún tipo de maltrato anterior?

Nooooooooo. Tampoco se dice y si no se dice es que no lo había. Eran una pareja modélica hasta que surgieron esos sentimientos por parte de ella.

¿Y por qué ella se lo tuvo que contar?

Porque ella pensaba que él, además de su marido, era su amigo, su compañero… Ahí también se equivocó.

No sé, yo preferiría no saber ese tipo de cosas.

Eso ya es harina de otro costal. El caso es que ella se lo contó [inocente] porque creía que efectivamente podía ayudarla a superar esa atracción, obsesión o lo que quiera que fuese. La mayor parte de las veces esos sentimientos, igual que vienen, se van y no hay que darle más vueltas. En la vida de una pareja de larga duración pasan muchas cosas y nos vemos expuestos a muchos tipos de situaciones. Pero también hay ocasiones en que esos sentimientos surgen porque la relación está desgastada o necesita un aliciente y entonces son el detonante de una ruptura incipiente.

Es un tema muy complejo el que propones, quizá el relato sea un entorno demasiado corto para abordarlo, haría falta toda una novela, creo yo. Un novelón, más bien.

Puede que tengas razón.

¿Se arrepintió la mujer alguna vez de haber contado eso a su marido?

No, de ningún modo. Ella creía que así debían hacerse las cosas, con sinceridad, con franqueza, y fue consecuente hasta el final. Además, descubrir que su marido era como era fue una decepción que tampoco pudo superar. Es como si lo hubiese destronado. No, nunca se arrepintió, es más, no quería un hombre así a su lado, un hombre que a la primera de cambio (porque era su primera crisis matrimonial en 10 años) la iba a dejar tirada. No. Los sentimientos surgen, ella no había buscado nada, en el corazón no se manda, ¿sabes?

Ya, visto así…

Cada uno tiene sus ideas y todas son respetables, por supuesto. Pero piénsalo. Ella sólo le estaba confesando un sentimiento, no una infidelidad. Él no se la encontró en la cama con otro [es más, mis personajes nunca tuvieron un idilio, ni una aventura, todo fue platónico] porque si fuera así, ¿cómo sería la reacción de él? Entonces sí que le pegaría un tiro, ¿no?

Da miedo pensarlo.

Claro que da miedo. Es más, después de la separación él siguió atosigándola y haciéndole la vida imposible todo cuanto pudo [no mucho porque ella no se lo permitió pero…]

Joder, que mal rollo. Ojalá nunca me pase a mí.

Ojalá.

Venga, dale a Publicar al relato y vámonos o no llegaremos a tiempo.

Venga, va, y ya veremos a ver si se entiende o no se entiende lo que quiero contar.

Y después del muro… La libertad de volver a empezar

quería un amor como el que cantaba Nacha “… mi cómplice y todo…”

Foto: Playa de Famara, Lanzarote.