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sábado, 27 de abril de 2013

Una vez a la semanaVIII: Trabajando duramente

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Foto de aquí

 

Rai - Terapeuta
AnaPaciente

- Puedes pasar Ana.

- Gracias

- ¿Qué tal, vienes preparada?

- Sí, creo que sí.

- ¿Quieres que hablemos antes de alguna cosa?

- No, prefiero empezar ya.

- Pues venga, vamos a ello. Recuerda que tienes que pensar que es como si yo no estuviera aquí.

- Sí, vengo concienciada.

- Pues entonces, empecemos.

- Voy a hablar en alto, en eso quedamos ¿no?

- Sí, sí.

- Llega mi jodida obsesión. Me voy a volver loca. Volverme loca no es nada en concreto. En realidad volverme loca es que de repente ya me veo ingresadao en un psiquiátrico. Estoy muy triste. Pero al mismo tiempo quiero hacer cosas allí, quiero pintar cuadros. Siempre quise pintar. No sé cuánto tiempo voy a estar allí, no lo pienso. Tampoco tengo claro el concepto de volverme loca. Porque si estoy loca de verdad yo no lo sabré, sólo se enterarán los que están a mí alrededor. Serán ellos los que decidan internarme. También tengo miedo, por supuesto, a hacer daño a alguien. Con un cuchillo. Y a veces me dan miedo los cuchillos pero no por eso dejo de utilizarlos. No me gusta la sangre, es difícil que le haga daño a alguien con nada y menos con un cuchillo. Veo más factible que yo me haga daño con un cuchillo. Eso sí podría, a lo mejor, aunque también lo veo difícil. También pienso en el suicidio pero no ahora que estoy bien. Pienso en el suicidio en esos momentos muy malos de angustia y ansiedad donde el corazón se me sube a la boca y parece que voy a morirme de miedo. Porque tengo un miedo atroz. A algo inconcreto. A mis pensamientos. Son mis pensamientos los que me martillean una y otra vez. Y me dicen que me voy a volver loca o que me voy a suicidar. Y sé que no. No podría suicidarme ¿Cómo podrían vivir  los que me quieren después, sabiendo que me suicidé?  Es una jodida mierda todo esto. Me cuesta admitir que tengo que convivir con mi ansiedad por siempre jamás. Me cuesta, me cuesta, me cuesta. Es jodida, jodida, jodida. Una puta mierda. Pero sé que tengo que admitirla, hacerla mi compañera de viaje. Y cuando llegue, dejarla que me llene, como ahora. Admitir mis miedos, enfrentarme a ellos sin querer rechazarlos porque cuanto más los rechacé más insistentes se harán. Y total, ¿qué puede pasar? Si me pongo mal y voy a un hospital a la unidad de psiquiatría, allí intentarán curarme. Un psiquiatra es un doctor como otro cualquiera. Y hay personas que han tenido brotes psicóticos, o son esquizofrénicos, o bipolares y pueden llevar una vida medianamente normal. Y además, yo no tengo ningún diagnóstico de ninguna enfermedad. Yo sólo tengo ansiedad con un componente obsesivo porque es un rasgo de mi personalidad. Y para algunas cosas ser obsesivo es bueno. Soy perfeccionista, muy trabajadora, muy organizada… Tengo cosas buenas. ¿Y qué importa si cuando estoy con ansiedad lo paso mal unos días, unas semanas? ¿Qué es eso comparado con el resto de la vida? Porque el resto de la vida soy una persona feliz, muy feliz, diría incluso. Hago muchas cosas que me gustan: me gusta escribir, me motiva la música, me encanta bailar, voy al gimnasio y me siento bien, hablo con todo el mundo, hasta con las piedras si fuese necesario y después tengo a mi familia… a mis padres, a mis amigos… y tengo a mi pareja que me apoya al 100%. Y está Stella, mi perrilla fiel. Sólo son unos días malos, unos momentos malos…. Me pone triste pensar en ello y daría años de mi vida porque no volviera a tener un episodio nuevo de ansiedad pero no puede ser. Tengo que sufrirla, vivirla, sentirla, acariciarla, quererla… dejarla que esté cerca de mí. LA ANSIEDAD ES SÓLO RUIDO, EL CONTENIDO NO IMPORTA, DA IGUAL QUE TENGA MIEDO A UNA COSA U OTRA.

MUY IMPORTANTE: LA ANSIEDAD NO ES UNA SEÑAL DE NADA. QUE TENGA ANSIEDAD NO QUIERE DECIR QUE ME VA A SUCEDER TODO ESO QUE PIENSO.

RUIDO, RUIDO, RUIDO, RUIDO.

JODIDO Y PUTO RUIDO.

Me gusta decir tacos cuando quiero cabrearme mucho aunque nunca los diga.

PUTO RUIDO, MALDITO RUIDO… VEN, QUE TE ESOY ESPERANDO.

-Tiempo, Ana. Ahora vas a salir de aquí y vas a cambiar totalmente de chip. Baja y tómate un café o date un paseo. Vamos a vernos mañana para analizar todo esto. ¿Te parece bien? ¿Puedes venir mañana?

- Sí que puedo.

- Vale, pues ya te pone hora Marga. ¿Mejor por la tarde, no?

- Sí, como hoy me viene bien.

- Bueno, pues nos vemos mañana. Ahora no pienses más en todo esto, ¿de acuerdo?

- Vale, lo intentaré.

 

miércoles, 10 de abril de 2013

Una vez a la semana VII. Las Tierras altas



Rai - Terapeuta
Ana - Paciente

- Ya puedes pasar, Ana, siéntate por favor.

- Gracias

- ¿Cómo estás? Ya pasó mucho tiempo desde la última vez.

- Sí, es verdad, todo este tiempo he estado muy bien, la verdad.

- ¿Y entonces?

- He vuelto a subir a las Tierras Altas.

- Tus Tierras Altas, ¿sigues llamándole así después de tanto tiempo?

- Sí, ya me conoces. Soy muy literaria y me gusta disfrazar las cosas. No sé, así es como si me hicieran menos daño.

- En algunos casos los disfraces están bien, por ejemplo, en Carnaval… Pero eso de tus disfraces ya lo hablamos muchas veces y ya sabes que hay que enfrentar los problemas abiertamente. Y llamarle a las cosas por su nombre.

- Pero yo no quiero.

- Pero has de hacerlo, Ana.

- Vale, si te hace feliz… ya sabes que soy muy generosa, así que voy a decirlo.

- Venga, Ana, dilo, no pasa nada.

- Es que es una mierda, joder. Perdona mi lenguaje pero es que…

- No importa.

- Pues eso, que he tenido una recaída en mi ansiedad. Ha sido leve, lo reconozco, pero me he asustado mucho. Y es muy frustrante.

- ¿Cómo ha sido?

- Pues nada, de repente. Me levanté por la mañana el miércoles. Saqué de paseo a León y justo al salir a la calle sentí el primer sofoco en el estómago. Tuve arcadas. Y a continuación empezaron los pensamientos negativos.

- ¿Los mismos de siempre?

- Sí, ya sabes que en eso soy monotemática. Muy aburrido. No voy ni a contártelos.

- Claro que vas a contármelos.

- Vale… Porque me lo pides así… que si no. Pues eso, que me voy a volver loca, que me voy a quedar sola, que todos van a pensar que soy débil, cobarde, que valgo menos que los demás, que estoy haciendo algo mal…

- ¿Y estás haciendo algo mal? ¿Te pasó algo que provocara esa recaída?

- Bueno, algo hice mal, sí. He estado reduciendo mi pastillita.

- ¿Y en qué habíamos quedado respecto a eso?

- En que mi pastilla era como cualquier otra. Como el que toma una pastilla para el colesterol, o como el que toma una pastilla para la tensión…

- ¿Y entonces?

- Es que no es igual, Rai. No es igual.

- Eso lo dices tú y sabes que no estás siendo racional.

- Lo sé. Y es una jodida mierda.

- Ahora, ¿cómo te encuentras?

- Mejor. Volví a mi dosis antigua y me ha recetado el médico de cabecera un ansiolítico muy muy flojito sólo durante un mes y luego ya lo voy retirando poco a poco. La verdad es que ahora es como si no me hubiera pasado nada pero es que me siento vulnerable. Tengo miedo.

- ¿De qué tienes miedo?

- De retroceder.

- ¿Por qué crees qué si fue una recaída muy leve, como dices, te afectó tanto?

- No lo sé. Me lo pregunto y lo único que se me ocurre es que tengo miedo de que mi mundo vuelva a desmoronarse.

- Es que tu mundo nunca se ha desmoronado, Ana, ¿no te das cuenta? Es verdad que puede que haya estado un poquito patas arriba alguna vez pero siempre has tenido las riendas de tu vida, siempre te has enfrentado al problema y siempre le has ganado la batalla.

- Dicho así, hasta vas a convencerme.

- Tienes que convencerte tú misma, yo sólo puedo ayudarte a tener siempre los ojos bien abiertos y a diferenciar tus pensamientos buenos de tus pensamientos erróneos.

- Tienes razón… y mira que me da rabia dártela

Risas

- ¿Sabes por qué creo que te afectó tanto?

- ¿Por qué?

- ¿A qué tú pensabas que ya nunca más ibas a tener ansiedad?

- Sí, así es. Yo pensé que como llevaba unos años muy buenos, ya la había vencido para siempre.

- Y yo, ¿cuántas veces te expliqué que la ansiedad forma parte de nuestra vida? Todos tenemos ansiedad, solo que hay personas que, por el motivo que sea, se les descontrola, se les desequilibra; es tu caso, pero tiene solución, afortunadamente.

- Lo sé… pero es que es una mierda.

- Comprendo que es difícil, que cuesta, pero tú ya tienes mucho terreno ganado. Tú misma has dicho que ahora estás bien y que fue leve.

- Es verdad.

- Pues ahora vamos a trabajar en esa idea, en reforzar esas fuerzas para que, si vuelve a pasar –porque le puede pasar a cualquier persona, recuérdalo- no te asustes tanto, ¿qué te parece?

- Ya sabes que confío en ti.

- Bien, entonces el próximo día que vengas vamos a empezar con algo que quiero proponerte. Toma este tríptico y te lo vas leyendo. Si tienes dudas me envías un correo electrónico que te las iré resolviendo, así en la próxima consulta ya estarás preparada.

- Ok, Rai.

- No sé qué haría sin ti.

- Te las arreglarías, Ana. Eres una mujer muy capaz. Sólo que eres incapaz de verte desde fuera con objetividad.

- A veces también te oído.

- No espero menos de ti.

- Cuídate y nos vemos pronto.

- Lo haré. Y tú también cuídate.

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.

viernes, 29 de octubre de 2010

Una vez a la semana. VI. Un sueño y un recuerdo imoportuno.

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Ana  A: (Paciente)
Raimon/Rai R: (Terapeuta)

A - Hola Rai, buenos días.
R - Hola Ana, ¿qué tal?
A - Mal, ¿no ves las ojeras que tengo?

Rai se acerca un poco a Ana y la mira.

R - Ana, te veo como siempre, en serio. Creo que estás exagerando. Tal vez ves transladas a tu cara lo que sientes por dentro y a veces no coinciden las dos imágenes, la exterior y la interior.

Ana se deja caer en el sofá un poco sofocada y con gesto cansado.

A - Tú siempre tan benevolente y tan positivo.
R - Te equivocas, si algo caracteriza a mi profesión es tratar de ser objetivo.
A - Vale, tú ganas.
R - ¿Qué tal la semana?
A - Pues el pasado sigue golpeando; bueno, más que golpearme, que es muy exagerado, ahora sí, sigue sobresaltándome.

(...) Silencio

A - El martes tuve un sueño muy muy extraño, y no tan extraño si lo analizamos bien. Verás, resulta que no sé porqué motivo me encontraba en un piso nuevo, era un duplex. La primera impresión al verlo era que todo estaba de película: cortinas alegres y coloridas, espacioso, unos muebles sobrios, elegantes... Lo que más me llamaba la atención era la altura de los techos. Al mirar hacia arriba y verlos tan altos, pensaba. "¿Cómo voy a limpiarlos?". Después de pasar una noche en él, me veía despertando y observando las cortinas porque sí, las cortinas eran bonitas, pero tenían algo que me incomodaba. Así que ni corta ni perezosa me dispuse a descolgarlas y cual no será mi sorpresa cuando veía que estaban colocadas con chinchetas, y que había varias capas de telas sin entender para qué. Al llegar a la última capa miraba la pared desnuda y descubría que tenía un montón de grietas y de manchas de humedad, muy negras.

(...) 

A - ¿No crees que es muy significativo, Rai?
R - Quiero que me des tu explicación antes de ofrecerte la mía porque seguro que ya le has buscado explicación ¿verdad?
A - Pues sí. El sueño quiere decirme que no me puedo ofuscar en ocultar nada porque más  tarde o más pronto todo salta a la luz. Hablemos de pasado, de sueños, de lo que sea... Sólo hay que rascar un poquito y ¡Zas! ahí se encuentra nuestro yo más oculto para reclamar su posición.
R - Pues así es Ana. Todo lo que nos sucede tiene un sentido, al igual que el que unas personas y no otras se crucen en nuestro camino, tiene una razón de ser. Pero nosotros somos los que tenemos que darle el sentido y encajarlo con la vida que queremos vivir. No podemos controlarlo todo, es verdad, pero lo que podemos, debemos controlarlo. No sé si me has entendido.
A - Supongo que sí...

(...)

A - Y ahora viene lo más importante, Rai. No sé si voy a tener valor para contártelo porque me da mucha vergüenza. No sé como empezar. Te rogaría que si ves que no puedo, lo dejemos para otro día.
R - Está de más que lo digas, Ana. Recuerdo que desde el principio te he dicho que no hablaríamos de algo de lo que no quisieras hablar. La terapia ha de ayudarte, no bloquearte más. Cuando algo no sale, habremos de tener paciencia, porque como pasa en tu sueño, al final, saldrá. Y ahí estaré yo para ayudarte a enfrentarte a ello cuando salga.
A - Está bien, está bien. El caso es que no sé si lo que descubrí es una imagen real o ha sido algo soñado.
R - Vamos a intentar descifrarlo. Sigue, por favor.
A - Al día siguiente de haber tenido ese sueño, no recuerdo que estaba haciendo, llegó a mi mente una imagen...

(...)

A - Estaba con una prima mía, mayor que yo, en un campo, tapadas por una manta, o una toalla, no lo sé muy bien...

(...)

A - Era pequeña, no sé cuantos años podría tener, no tengo ni idea...

(...)

A - Nos... Nosotras...

(...)

A - Me da mucha vergüenza, Rai, me parece algo horrible...

(...)

A - Nosotras nos tocábamos.

(...)

R - ¿Puedes precisarlo más?
A - Por debajo de la manta tratábamos de descubrir nuestro sexo, cómo era, lo que sentíamos al tocarlo... Es todo cuanto alcanzo a ver, Rai. Y no sé si es real, ya te lo he dicho. Sólo se me ha revelado esa imagen.
R - ¿Y tú qué crees, Ana? ¿Crees que ha pasado o que lo soñaste?
A - Creo que... creo que es real, Rai, y por eso estoy tan desconcertada.
R - Bueno, Ana, no es un hecho que se salga de la normalidad. Los niños, cuando empiezan a hacerse mayores, tratan de descubrir la sexualidad como pueden y con los medios a su alcance. A veces, como si fuera un juego, intentan conocer su cuerpo. Si esa prima era mayor que tú, probablemente hubiera sido ella la que tratara de iniciarte... por no hablar del morbo que tiene para todos los humanos el hacer cosas prohibidas.
A - Estoy... no sé cómo explicártelo... estoy que no me lo creo. No puedo creer que hubiera pasado en serio, es decir, no quiero que hubiera pasado y al mismo tiempo no puedo entender cómo ha estado oculto tanto tiempo. Y además ¿por qué ha salido ahora, Rai? Sucedió de pronto, por sorpresa.
R - Creo que le estás dando más importancia de la que tiene. Sucedió hace muchos años y ni siquiera eras responsable, eras pequeña, recuérdalo Ana. Hoy eres adulta, eres sexualmente sana y ese hecho no ha provocado ningún malestar puesto que ni siquiera lo recordabas.
A - Es extraño, cuando menos.
R - Sí, Ana, nuestra mente es un pozo sin fondo lleno de misterios.   
A - Hace muchos años que no tengo relación con esa prima, la última vez que la vi fue en un entierro de la familia.

(...)

A -  Esperemos que... Quiero mirar hacia el futuro con optimismo, soltar lastre. En realidad creo que con la aventura de Jaime se cierra una etapa. Tal vez el sueño sea la constancia de un fin y un principio. Casa nueva, con sus humedades y sus grietas pero nueva. Un volver a empezar.
R - Eso está mejor, Ana. Todos volvemos a empezar miles de veces a lo largo de nuestra vida.
A - ¿Tú también, Rai?
R - Yo también, Ana.
A - ¿Y a ti también te resulta difícil, Rai?
R - A mí también, claro.
A - ¿Cuándo has empezado por última vez?
R - Ana, estamos aquí para hablar de ti y no de mí. Ya sabes que es una de las reglas.
A - Sí, lo sé, perdona. Discúlpame, Rai. Discúlpame.
R - No es nada, no te preocupes.
A - Tengo que irme ya. Faltan cinco minutos pero es que tengo que llegar al dentista, se me olvidó comentártelo al llegar.
R - Vale, no hay problema. Te debo cinco minutos para la semana.
A - No hace falta.
R - Ya lo sé pero es lo justo.
A - Gracias, Rai.
R - ¿Por qué?
A - Porque contigo todo parece más fácil. Supongo que es un don o...
R - ¿O?  
A - Seguimos la semana que viene. Me voy o no llegaré a tiempo.
R - Hasta la semana entonces.
A - Hasta la semana que viene, Rai.

          

viernes, 22 de octubre de 2010

Una vez a la semana. V. El pasado siempre vuelve.

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Ana  A: (Paciente)
Raimon/Rai R: (Terapeuta)

A - Hola Rai, buenos días.
R - Hola Ana, ¿qué tal?

Ana se deja caer desmadejada sobre el sofá de cuero y le pide a Rai un cojín. Le dice que necesita sentirse agarrada a algo. Rai se lo acerca.

A - Pues... Estoy muy cansada, Rai. Agotada. Casi sin fuerzas para nada. Hoy es mi último día de vacaciones, ¿sabes?  
R - ¿Y qué tal han ido? ¿Lo has pasado bien con tus amigas?
A - La verdad es que al final no he estado mucho con ellas. Es que...

... (silencio)

A - En realidad quise ir con ellas porque en Santander, el lugar a donde  fuimos, vive Jaime. Nunca  te hablé de él. Jaime fue un amor de la facultad. Nunca hubo nada entre nosotros pero nos gustábamos mucho y nos queríamos, también. Él tenía novia y yo sabía que no iba a dejarla. Jaime es Jaime y es muy... como te diría, ¿tradicional? Llevaba algunos años ya con Elena y yo sólo era... Bueno, no sé muy bien qué era para él en aquel momento. Tal vez fuera un soplo de aire fresco, muy diferente a él, de otra clase social y muy loca. El caso es que hemos seguido manteniendo contacto, eso sí, en secreto. Elena jamás le dejaría mantener una relación con otra mujer. Nos hemos escrito correos, alguna postal, alguna llamada de teléfono y algún café de refilón en algún que otro viaje. Pero...

... (silencio)

A- En este viaje yo ya sabía que quería ir a por más.
R - ¿En qué sentido?
A - ¿En cual va a ser, Rai? ¿Es que no me conoces ya?
R - Puedo intuirlo pero quiero que me lo cuentes con tus palabras.
A - Eso pensaba. Dame tiempo...

... (Silencio)

A - Pues quería acostarme con él. Porque estoy harta de imaginarme una y mil veces como sería hacerlo con él, con Jaime, mi amigo de noches largas y charlas sobre todo lo divino y lo humano. ¿Sabes? Jaime era muy facha en la facultad y lo sigue siendo creo... y yo muy roja, y eso, aunque parezca una tontería siempre me producía mucho morbo. ¿Lo harían igual los de derechas que los de izquierdas? ¿Serían más recatados o más desaforados? Sé que es una chorrada, puedes reírte abiertamente, lo entenderé.
R - Sabes que respeto todo lo que decís en la consulta, no tengo porque reirme de nada ni de nadie, no soy quien.
A- El primer día que llegamos a Santander le envié un mensaje al móvil y le dije en que hotel estábamos. Como te imaginarás pedí habitación individual porque de antemano sabía que desde luego iba a intentar que pasase. Y Jaime me contestó en seguida, diciéndome que estaba libre al día siguiente. Así que obviamente, hablé con mis amigas y esa tarde me quedé en el hotel a esperarlo. Fue...

... (Silencio)

A- Todo fue como había imaginado. Bueno, para ser más exacta fue todavía más inesperado. Nada más entrar en la habitación nos abrazamos. Era nuestro primer abrazo a pesar de nuestra amistad de años. Habíamos sido siempre muy cautelosos intentando no traspasar esas barreras que separan la amistad de algo más y así evitamos tanto como pudimos el contacto físico: un roce de manos, el abrazo o los besos cerca de la boca... Así que nuestro primer abrazo fue... te puedes imaginar, Rai. Nada más sentirme rodeada me puse a llorar como una estúpida. Supongo que mis lágrimas eran fruto de la emoción contenida tantos años. Pero nada más despegarnos empezamos a besarnos como lobos heridos, con pasión, con rabia, con prisa. A medio desnudar llegamos hasta la cama... pero en seguida me di cuenta de algo. Jaime ya no era el joven de la universidad. Estaba gordito, tenía entradas, barba con canas y algunas arrugas... A mí me parecía todavía uno de los hombres más guapos del mundo mundial  pero aún así le pedí que corriese las cortinas. Quería hacer el amor, más que con Jaime, con la imagen de Jaime que había en mi cabeza y para eso prefería no ver su cara mientras estábamos haciéndolo.

... (Silencio)

A - No fue ninguna maravilla, la verdad, no me voy a engañar. Una primera vez así nunca puede salir bien porque hay demasiados factores en juego pero aún con todo fue... El cuerpo de Jaime me quemaba como el fuego de siete volcanes. En todo momento sentía mi cuerpo como lava que se desliza montaña abajo. Y me sentía caer. Y caí. Y al llegar otra vez a la habitación del hotel fue cuando lo supe. Tuve la certeza de que aquello no tenía que haber pasado, Rai. O sí. Estoy hecha un lío.
R - ¿No era eso lo que querías?
A - Sí y no. Su amor por cumplir siempre estaba ahí en la recámara. Y ahora me siento vacía, Rai. Apagada. Triste. No tengo ya nada por lo que suspirar en mis momentos más bajos, esa esperanza ciega que era su amor, el que un día se realizaría porque tal vez llegara a separarse de Elena y vendría a por mí, vestido de caballero medieval y me diría que todo el tiempo pasado había pensado en mí y en lo nuestro y que por fin ya podíamos estar juntos.
R - Pero no te dijo nada de eso.
A - No Rai, no me dijo nada de eso. Cuando terminamos de hacerlo se separó de mi cuerpo y se puso a mirar al techo. Aunque la habitación estaba bastante oscura pude ver sus ojos fijos en la nada. No sabía que decirme, estaba claro. Yo sí le hablé. Le conté todo lo que había pasado por mi cabeza mientras me penetraba, mientras acaricicaba mis pechos, mientras lamía los lóbulos de mis orejas... pero Jaime no podía decir nada. No tenía palabras. Y le pedí que se fuera, que necesitaba estar sola, que le llamaría al día siguiente.
R - Pero no lo hiciste.
A - Tuve miedo, Rai. Y sé que él también lo tuvo. Todo aquel calor que sentimos nos desbordó...

... (Silencio)

A - Jaime estuvo llamándome cada día mientras estuvimos en Santander pero siempre obtuvo la misma respuesta: que no podía verlo, que estaba muy asustada. Y sin insistir me decía: Mañana vuelvo a llamarte... Al volver a casa tenía una carta suya en mi buzón de correo. Y me dice que... Me dice que siempre me ha querido, que ni un sólo día se ha olvidado de mí pero...
R - No puede estar contigo.
A - Sí, exactamente. No  puede estar conmigo ni ahora ni nunca. Dice que él sintió lo mismo que yo pero...
R - Está Elena.
A - Y yo no puedo dormir, Rai, ni comer, ni hacer nada de provecho. No paro de darle vueltas a la cabeza y estoy agotada. Dejo pasar las horas sentada en el sofá del salón, a oscuras y vuelvo a imaginarlo todo punto por punto... Jaime detrás de la puerta comiéndome a besos, Jaime dentro de mí, Jaime jadeando, Jaime susurrándome cuanto le gusta...
R - Todavía le quieres
A - Sólo sé que el pasado siempre vuelve, Rai y deja todo patas arriba, como cuando un elefante entra en  una cacharrería.
R - Así es Ana. Pero ten en cuenta que sólo tú eres la dueña de tu presente y de tu futuro y de decidir como encajar ese parte del pasado en tu vida actual. Sólo tú puedes decidir.
A - Lo sé, Rai pero tengo tanto miedo...
R - Lo harás bien, ya verás.

... (Silencio)

A - Se ha terminado el tiempo. Nos veremos la semana que viene.
R - Y me contarás algo de Santander.
A - Todos los sitios son parecidos, Rai, con sus rincones acogedores, los feísmos, los paisajes... lo que los hace diferentes es nuestra visión.
R-  Supongo que tienes razón.
A - Pues nos vemos la semana que viene. 
R - Cúidate, intenta descansar, ¿de acuerdo? Creo que has adelgazado.
A - Sí, un poquito. Haré lo que me dices. Nos vemos.

 

 

Os invito a escuchar esta estupenda canción.
La he descubierto esta semana en el blog Caxigalines de Rubo,
un amigo virtual de los primeros,
que escribe relatos y micros buenísimos.

Si queréis ver el vídeo de la canción pinchar aquí.

viernes, 8 de octubre de 2010

Una vez a la semana. IV. Diga?

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Ana  A: (Paciente)
Raimon/Rai R: (Terapeuta)


R - Diga?
A - Hola Rai, soy Ana. 
R - Hola Ana, ¿va todo bien?
A - Sí, Rai, verás... es que me ha surgido algo y no voy a poder hacer terapia esta semana.
R - Vale, pues no pasa nada, cambiamos la cita y ya está.
A - No sabes como te lo agradezco. Es que se van unas amigas de vacaciones y me han propuesto que vaya con ellas. A mí me apetece mucho ir, así que me he pedido unos días de vacaciones en el trabajo y allá que me voy.
R - Pues me parece estupendo.
A - Entonces nos vemos a la vuelta y ya te cuento con más detalle.
R - Te va bien el viernes que viene, a la misma hora?  
A - Sí, perfecto.
R - Pues entonces hasta la semana que viene.
A - Muchas gracias Rai.
R - Pásatelo bien.
A - Gracias.

Congo y yo, al igual que Ana,
nos vamos unos días 
pero volveremos muy pronto.
Os echaré de menos.
Biquiños,

sábado, 2 de octubre de 2010

Una vez a la semana. III. Decisiones.

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Ana  A: (Paciente)
Raimon/Rai R: (Terapeuta)

A - Hola Rai.
R - Hola Ana, pasa. Ya ha empezado a hacer un poco de frío ¿verdad?
A - Sí, el otoño ya está aquí.
R - ¿Qué tal la semana?
A - Lineal. Plana. Vacía.
R - ¿Vacía?
A - Bueno, sí, es que no ha pasado nada digno de mención. No he vuelto a saber nada de Sergio. Y eso... eso me está deprimiendo porque yo pensé que después de todos esos años él... bueno, yo creía que él pelearía un poco más por mí. Sí, ya sé que te dije que nuestra relación estaba muerta pero... Supongo que estaba acostumbrada a las rutinas compartidas y le echo de menos.
R - Somos animales de costumbres y ahora mal que te pese estás pasando un pequeño luto, da igual que ya no estuvieras enamorada de él porque una ruptura siempre deja un vacío.
A - Sigo rara, Rai, no puedo quitarme esa sensación de la cabeza pero a pesar de todo esta semana sí que tuvo algo de productivo.
R - Así me gusta, que aprendas a destacar las cosas positivas.
A - He tomado una decisión importante.
R - ¿Sobre qué?
A -¿Recuerdas lo que te conté sobre mi amiga? Bueno, sobre la que fue mi amiga. Ruth. Te hablé una vez de ella, justo cuando empecé a sentir que ya no éramos las amigas de antes y empecé a sufrir por ello. ¿Recuerdas que te conté que no hacía más que soñar con ella?
R - Sí, lo recuerdo. La querías mucho y estuviste muy dolida sobre todo porque no acababas de entender qué os había pasado.
A - Es que no nos pasó nada, Rai, al menos desde mi punto de vista. Hasta ahora no he encontrado explicación a todo aquello. Nos distanciamos, dejamos de contarnos nuestras cosas y...
R - ¿Y qué es lo que has decidido?
A - He decidido que voy a hablar con ella, a las claras. En cuanto vuelva  de las vacaciones voy a pedirle que quedemos. No quiero seguir teniendo dentro de mí todas estas dudas de qué hice o dejé de hacer. Esta semana volví a soñar con ella. Lloraba por su rechazo. Y siempre es igual. Quiero por fin zanjar este asunto. ¿Qué te parece?
R - Lo importante es qué te parece a ti y por lo que veo, tomar esa decisión te hace sentir positiva porque consideras que es algo que te beneficiará.
A - Sí, así lo creo, Rai.

Los dos permanecen unos minutos en silencio, mirándose.

A - Esta tarde te veo diferente. ¿Te has cortado el pelo?
R - Sí, un poco.
A - Y tienes unos zapatos muy bonitos. A mí siempre me ha gustado mucho el ante.
R - Muchas gracias.

Otro silencio. Rai mira a Ana. Y Ana baja la mirada.      

A - Casi se me olvida. Mira lo que he traído.

Los dos se incorporan para acercarse a medio camino. Rai toma  de la mano de Ana unas fotografías.

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A - La semana pasada después de salir de la terapia, me fui pensando en todo lo que me dijiste, en que me ayudarías a abrir las puertas que fuera necesario y todo eso, pues... tan pronto como llegué a casa me dediqué a abrir... pero no abrí ninguna puerta, comencé por destapar mis cajas de lata llenas de fotografías y rebusqué... porque pensé que las fotografías podían ser un comienzo. Mi padre y yo juntos.
R - Me parece un buena idea.
A - Y topé con estas fotos. Verás, a mi padre le encantaban los animales y cuidar la huerta. En realidad ya te dije que mi padre era un buen hombre, muy humano, sólo que lo que hacía era lo que vio de pequeño en su casa, y tampoco era siempre, sólo algunas veces.
R - No tienes porque disculparlo ante mí, no lo estoy juzgando, Ana.
A - Lo sé, sólo que me duele que pienses que no era bueno y que no le quería nada.
R - Nunca he dicho eso. Y además recuerdo que tú dijiste que sólo era malo en algunas ocasiones, cuando bebía.
A - En la huerta había unas pequeñas bodegas donde mi padre cuidaba gallinas, conejos y según las ocasiones: cerdos o un ternero. A mí me encantaban los conejos. Son unos animalitos preciosos, sobre todo cuando son crías. Pues una vez, resulta que una madre se murió en el parto y entre mi padre y yo los alimentamos las crías con una jeringa. Me preguntó si le ayudaba a crirarlos y por supuesto le dije que sí. Al principio la leche se caía casi toda por fuera porque no sabían chupar pero después de un par de tomas en las que se fueron espabilando, no veas como bebían. Fue una experiencia muy bonita que no habría sido posible sin él.
R - Sí, sin duda debistéis de pasarlo bien.    
A - Y seguro que encuentro más cosas, Rai. Esto es sólo el principio ¿verdad?
R - No puedo decirte si sí o si no, Ana. Ya te he dicho que tú tienes la llave. Pero no te presiones, deja que te sorprendan los recuerdos y si surgen los malos por el medio, les haremos frente.
A - Estoy contenta con este pequeño adelanto, Rai. Muy contenta.
R - Pues eso es lo importante.
A - Es ya la hora. Aquí siempre se me pasa el tiempo volando. Es tan facil hablar contigo, Rai. Me siento bien.
R - Me comentaste por teléfono que necesitabas cambiar la hora para la semana que viene. ¿Es así?
A - Sí, tengo un compromiso.
R - Vale, pues entonces te llamo yo una vez que mire la agenda, confirmamos la cita, ¿de acuerdo?
A - Pues perfecto.
R - Te llamaré el lunes posiblemente y ya nos vemos la semana que viene.
A - Hasta la semana que viene Rai.

(la foto del sofá está quitada de la red
las fotos de los gazapos son mías)

viernes, 24 de septiembre de 2010

Una vez a la semana. II. La puerta cerrada.

puerta verde

Ana  A: (Paciente)
Raimon/Rai R: (Terapeuta)

A - Hola Rai.
R - Hola Ana, ¿qué tal la semana, cómo estás?
A - Sigo estando rara pero bueno, supongo que eso ya va con mi carácter, ¿no crees?
R - ¿Y qué crees tú?
A - La verdad es que siempre me he sentido un poco así. No es nada nuevo.
R - ¿Y eso te incomoda?
A - Pues a veces sí y a veces no. En muchos momentos quisiera ser como las demás, como la mayoría, o lo que yo imagino que es la mayoría, que igual tampoco lo es. No siempre son las cosas como las vemos. Hay que rascar y rascar bajo la persona hasta llegar a lo profundo, al alma, que es donde reside la esencia del personaje que estamos analizando.
R - Estoy de acuerdo con tu reflexión. Solemos hacer juicios de valor con mucha rapidez, sólo fijándonos en rasgos superficiales que nada indican realmente.
A - Quería hablarte de lo que estuve pensando desde que nos vimos, la semana pasada.
R - Sabes que aquí puedes hablar de lo que quieras.
A - Lo sé pero es que me cuesta.
R - Sí, supongo que cuanto más importantes son los asuntos a tratar más nos cuesta sacarlos a luz, por la mucha implicación emocional que nos supone.
A - Es sobre mi padre.
R - ¿Sobre tu padre? ¿Le ha pasado algo?
A - No, bueno, está algo pachucho pero no le pasó nada. Toco madera.

Ana toca la mesa de madera que está en frente de ella y Rai se sonríe.

A - Pues... estuve pensando en imágenes del pasado. Cada día intenté encontrar imágenes agradables, que hubieran sucedido entre mi padre y yo y no encuentro, Rai. No encuentro ninguna. Y eso no puede ser ¿no crees? Porque han tenido que pasarme cosas buenas, además de las malas, que esas sí que las recuerdo. Pero no me llegan. Busco y rebusco y nada. Por ejemplo, supongo que habrá sido él quien me enseñó de pequeña a andar en bicicleta y vale, pongamos que no lo recuerdo porque era muy pequeña pero él también me enseñó a andar en vespino, con 16 años y tampoco lo recuerdo. Me estoy volviendo loca de tanto pensar. Antes no pensaba en ello pero ahora...

Ana se queda callada mirando al suelo.

R - ¿Qué diferencia hay ahora, Ana?
A - (Con lágrimas en los ojos, responde) Es que ahora ya puedo querer a mi padre. Antes no lo quería aunque me duela reconocerlo. Antes todo era diferente. Él era "malo"... no mala persona, eso no, pero no se portaba bien... 

(Tiempo en blanco)

A - Bebía... bebía bastante... y cuando estaba...  se convertía en alguien extraño y despreciable. No podía quererlo porque me hacía sufrir. Y a mi madre. Pero ahora él ha cambiado. Y además es mayor y está enfermo. Ahora ya le he perdonado, he podido hacerlo después de tantos años. Ha sido un alivio, créeme. Ahora me produce ternura y tengo que encontrar esos recuerdos, Rai. Tienes que ayudarme, por favor. Es muy importante para mí. Tengo que abrir esa puerta en mi cabeza y dejar que salgan esas imágenes que se me resisten.
R- Antes has obviado una palabra, ¿todavía te hace sentir mal decirla?
A - Sí, Rai, todavía me duele decirla pero... voy a decirla ahora. Borracho.
R - ¿Lo has visto borracho muchas veces? En realidad más que verlo, que sí lo vi, oía sus pasos por las escaleras, las discusiones, su hablar torpe, los gritos... Y luego, los días de silencios entre él y mi madre. Había tanta tensión... Quería morirme. Siempre quería morirme.

Ana se echa a llorar. Y Rai le acerca la caja de pañuelos.

A - Gracias.

(Se suena despacito)  

R - Verás, Ana, a veces no es bueno forzar. Durante muchos años, en tu cabeza ha primado lo negativo sobre lo positivo y digamos que cada imagen negativa, se engrandece o multiplica en nuestro cerebro  por tres o por cuatro, dejando a las imágenes positivas tan pequeñas que se habrán perdido por cualquier rincón. Así que no te preocupes, tus recuerdos están ahí e irán saliendo poco a poco. A medida que vaya creciendo el amor por tu padre te irán asaltando, ya verás. No debes agobiarte por ello porque si no estarás entorpeciendo el proceso natural.
A - Es un consuelo saberlo.
R - ¿Cómo es tu relación actual con él?
A - Pues normal. Hablamos poco porque nunca hemos compartido mucho. Bueno, en realidad no compartimos nada más que los lazos familiares. Es un buen hombre y ha tenido él también, una vida difícil.
R - Has dicho: Él también. ¿Consideras que tu vida ha sido difícil?
A - ¿No lo crees así?
R - Te estoy preguntando a ti, Ana. Quiero oírtelo decir a ti.
A - Sí, Rai, mi vida ha sido difícil. Así es como lo siento.
R - Aceptar eso debe ayudarte a reconocer que las dificultades por las que has tenido que pasar han influído en ti, de tal modo que todo lo que has logrado hacer con tu vida tiene el doble de valor, que el de una persona a la que la vida ha tratado un poco mejor. Ciertas cosas no deben ser vividas por una niña pequeña, Ana. Tú no eras culpable de nada, los adultos son siempre los responsables y no los niños.
A - Me sentía impotente porque no podía hacer nada... yo...
R - ¿Y tu madre?
A - Ahora no puedo hablar más de ello, Rai. Lo dejamos para otro el próximo día, ¿te parece?
R - Además ya es la hora.
A - Sí, el tiempo pasa deprisa.
R - Bueno, pues nos vemos la semana que viene. Y no te preocupes, abriremos esa puerta y todas las puertas que nos salgan al paso. Quiero decir, abrirás esa puerta, Ana, porque aunque yo te guíe y te ayude, tú, en última instancia serás las que meta la llave y la haga girar.
A - Gracias, Rai.
R - Hasta la semana que viene.

Ana salió de la consulta, después de atravesar el pequeño jardín que estaba pegado a la casa, salió a la calle. Rai se quedó observando como se iba,  por detrás de la cortina, examinándola un poquito más, si aquello era posible.

 

Oh, this is what my heart needs to feel.
Satisfy my soul, take away this pain,
something has to end,to begin again.
Satisfy my heart, it's so good to feel,
love is all around, and all the hurt will heal

      

viernes, 17 de septiembre de 2010

Una vez a la semana. I. Sensaciones.

in-treatment

En Terapia, me tiene totalmente enganchada y por eso, imagino, se me ha dado por escribir este capítulo, que creo, continuará. Tengo algunas ideas, ya veremos.

Ana  A: (Paciente)
Raimon/Rai R: (Terapeuta)

A - Hola Rai.
R - Hola Ana, ¿cómo estás?
A - No lo sé.
R - ¿No lo sabes o no quieres saberlo?
A - Es que no tengo ninguna sensación en concreto y tengo muchas sensaciones

(...) Tiempo en blanco

A - Es que me siento rara. Es como si no  me encontrase entre las personas, como si éste no fuese mi mundo. De pronto, voy por la calle y las otras mujeres que  van y vienen con bolsas en la mano, con cara de felicidad, de estar en la onda, con sus tacones y sus uñas pintadas, sus melenas al viento... y miro mi pelo y... No tengo nada que ver con ellas. Nada.
R - ¿No te gusta tu pelo?
A - ¿Estás de broma, verdad? Míralo bien. Tengo poco pelo y he tenido que cortarlo porque no es ni liso ni rizado ni ná de ná, siempre en el medio de todo.
R - ¿Por qué dices siempre?
A - Porque siempre ha sido así, Rai. Ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni fea ni guapa, siempre en un término medio más bien indefinido.
R - Estás olvidando que existen los términos medios.
A - Puede que así sea pero la sociedad, Rai, te exige una etiqueta definida. Y yo siento que no encajo, Rai, ni siquiera me identifico con mi cuerpo.

(...) Ana mira al suelo y hacia las estanterías.

He engordado tres kilos, seguro que tú también lo has notado porque se me ha puesto cara de pan. Y no me vengas ahora con todas esas teorías de que tenemos que querernos a nosotros mismos, bla, bla, bla... Porque yo no me quiero. No me quiero, Rai. Mis pechos se han caído, uno lo tengo más o menos a su altura y el otro ya va por libre. Se han ensanchado mis caderas, tengo celulitis en las piernas y no me gusto. Creo que hasta tengo ya sofocos menopáusicos. ¡Como odio esa palabra, Rai! En realidad me aterra. Me mire por donde me mire veo fealdad.
R - Creo que estás siendo muy injusta. Estás sana, la salud es más importante que el aspecto físico.
A - ¿Pero en que mundo vives? ¿Sales alguna vez de este cuarto, Rai? No me vengas con esas, por favor. Ya me sé toda esa mierda de memoria y me cabrea. A una no la paran por la calle y le dicen: Hola, Ana, pero que sana se te ve.
R - Touché, tienes razón.  Hay que educar a la sociedad e inculcarle los valores que son buenos. De todos modos, sin desviarnos del tema principal, todo lo que has descrito no es motivo para que no te quieras y te pongas así.
A - Me parece... me parece que nada funciona. Vale que tal vez el aspecto físico sea lo de menos pero lo de encajar o no, sí que importa ¿verdad? A veces miro a todas esas personas que me hablan y me digo por dentro: Si supieras que estoy deseando llegar a mi casa y esconderme de vosotros...
R - ¿Esconderte? ¿Por qué quieres esconderte? Recuerdo que las primeras veces que hablamos hiciste hincapié en que eras una mujer muy sociable. ¿Ya no es así?
A - Sí y no, Rai. Lo que pasa es que me han decepcionado tanto que me da igual estar sola, no echo de menos a la gente, ¿entiendes?

Ana baja los ojos porque siente que se le escapan las lágrimas. Rai se percata de ello y le acerca una caja de pañuelos.

A - Gracias, Rai.
R - ¿Por qué lloras Ana?
A - ¿Te dije que había roto con Sergio?
R - No, ¿cuándo ha sido?
A - Hace dos semanas.
R - ¿Por qué no me lo has contado?
A - Pues porque no tiene importancia. Tú y yo sabemos que lo nuestro estaba muerto desde hace tiempo.
R- ¿Quieres contarme cómo ha sido?
A - Estábamos en la cama. Echamos un polvo de pena y al terminar,  todavía dentro de mí, va Sergio y dice: Ha sido estupendo, ¿verdad cariño? No pude soportarlo más. Lo más delicadamente posible me escabullí de su cuerpo y me fui a la ducha. Empecé a restregarme con el guante de crín hasta que mi piel se enrojeció tanto que pensé que iba a hacerme alguna ampolla ¡Como lo odié en aquel momento! Sus manos torpes, sus besos babeantes... Le he dicho y explicado mil veces como me gusta que me acaricie y que me bese y que me diga las cosas pero él, venga, a la suya. Y no pude más. No pude. Cuando terminé en el baño, volví a la habitación y hablé con él. Le dije que era el momento dejarlo. Primero se hizo el sorprendido pero creo que llevaba tiempo esperándolo. No es ningún estúpido. En realidad, Sergio es un hombre estupendo, tiene sus cosas pero es bueno. Recogió algunas de sus pertenencias y se fue. Dos días después volvió a por el resto. Hablamos por teléfono y eso pero... Todo se acabó. 
R - ¿Y cómo te sientes ahora?
A - Me siento como una mierda, Rai, sinceramente. Sin ganas de nada... de volver a empezar.

(...)

A - Bueno, es la hora Rai, he de irme. Nos vemos las semana que viene.
R - Cuídate Ana y si necesitas algo ya sabes que puedes llamarme.
A - Gracias.