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martes, 16 de octubre de 2012

La vida te da sorpresas


Hace años me prometí a mí misma que no iba a volver a caer en la tentación.
Pero hoy, sin pensarlo, caí otra vez.
Sorpresas te da la vida.


jueves, 1 de septiembre de 2011

¡Mierda! ó Monólogo de Fin de Año

Estoy deseando soltar toda la mierda que llevo dentro desde hace tres horas más o menos. Tampoco es mucho aguantar, ¿no?, ¿o sí? Bueno, tal vez para las fiestas navideñas es mucha mierda porque si fuera en otra época del año, todavía… Aunque en el fondo cualquier día es malo para aguantar tanta mierda, tanta que se me hace un nudo en la garganta que me impide llorar. Claro que hoy tampoco quiero llorar aunque tenga ganas. Y es que ya estoy curada. Soy una mujer nueva. No me importa que se haya emborrachado, que haya bebido tanto que no fuese capaz ni de ponerse el pijama. La situación es cómica vista desde fuera: Mi madre y yo ayudando a mi padre a ponerse el pijama, uno de esos pijamas de señor mayor honrado y decente. Pero claro, vivirlo de cerca ya es otro cantar. Pero no, no me importa en absoluto. Por mí como si se muere ahogado en alcohol. En el fondo siempre pienso que ese será su final. Me gustaría una muerte más honrada y romántica pero no puedo escoger. No he podido escoger otras muchas cosas en mi vida y tampoco en ésta voy a poder hacerlo. Pero ya ha pasado. Ahora estoy a salvo en MI CASA, sin ver, sin sentir de cerca. Y no quiero pensar en la mierda. Porque además por fin, ya doy por finalizadas las fiestas navideñas, esas que dicen muchos que son entrañables. Lo único que tienen de entrañables para mí es que se me quedan atragantadas año tras año como cinco polvorones juntos en la boca. Pero claro, cuando la gente dice entrañable, no quiere decir eso. Hablan de la familia unida, de la paz, de la dicha de compartir, de las risas, de los que regresan a casa, como el turrón… Aunque algunos años han sido mejores. Algunos años no se emborrachó tanto como hoy. Lo de hoy hace tiempo que no sucedía. Así que hoy, a pesar de todo me siento contenta porque no lloré. Al menos no lloré. Ni una lágrima, aunque tenga el estómago retorcido de nervios. Soy una heroína de mi propia película. Me siento orgullosa de mi misma, de que ya por fin no me afecte. ¿Qué importa que se haya estropeado mi noche de fin de año y la celebración de mi cumpleaños? Es un día como otro cualquiera, ¿no? A mí además nunca me han gustado las fechas señaladas, ¿por qué habían de gustarme? Es más, las odio. Las odio con fuerzas, con ahínco, con entusiasmos renovados cada año. Y luego mi madre dice que me estoy volviendo muy rara, que ya no pongo árbol de navidad, ni adorno la casa con figuritas. Ella dice que no es bueno. Y yo no entiendo como ella tiene ganas de recordar que llega la navidad si quiera de lejos. Pero vivo y dejo vivir. Faltaría más. Al menos eso intento. Pero me cubre la mierda y la rabia. Me ahogo. Y aún por encima se me está cayendo una lágrima. ¡Joder! ¡Maldita sea! Me estoy reblandeciendo. Va a resultar que mi corazón todavía no está lo suficientemente endurecido. No me lo puedo creer. Tanto esfuerzo para nada. Pero un año de estos lo haré. Dejaré toda la mierda aquí, en este pueblo, y me iré. Lejos. A celebrar mi año viejo como siempre deseé. En algún lugar donde no me alcancen los recuerdos. Porque ya no creo en tanta mierda. He perdido la fe. Odio a mi padre. Bueno a veces no lo odio tanto y hasta lo quiero un poco. Bueno, mucho. Sé que no es un mal hombre. Es una buena persona, nadie lo duda. Y a mi madre también la odio. En noches como ésta. ¡Joder! Pero ahora tengo a mis hijos, mis pequeños. No tengo marido, es verdad, pero ¿para qué quiero un jodido hombre a mi lado? Está todo bien como está ahora. Mi ex muy lejos, y yo con mis hijos. Por ellos consigo a veces no ponerme tan triste como para que me agobie la mierda. Sí, ellos son una buena razón para afrontar la vida con optimismo. Tengo que conseguir, como sea, que no vean nunca tanta mierda como la que yo vi. Para mí siempre fue duro.  Y es duro ahora todavía. Pero ya que empiezo el año cubierta de mierda, eso debe de querer decir que me van a pasar unas cosas muy buenas. Para compensar. Es que si no, no tendría sentido. Y si no es así no quiero ni pensarlo ¡Joder! Por ahí no voy a pasar. Porque hoy estoy de mierda hasta la coronilla y todo lo que se me ocurriría sería horrible. Y además la música en la tele es divertida y alegre. Chinda chinda, ta ta chinda. Tralorailo railo. ¡Toma meneo! Está empezando el año. Y fuera en la calle se oyen fuegos artificiales. Son las fiestas de celebración por doquier. ¡Que bonito! ¡Que alboroto! Le ha tocado la muñeca chochona. ¡Ay, que alegría, madre! ¡Que entrañable que la gente se reúna para empezar el año nuevo bailando y festejando y dándose palmaditas en la espalda. ¡Es super mega guay! Y menos mal que no decidí salir. ¿Para qué gastarme el dinero en un traje, la pelu, la entrada de un local, si yo sabía que algo así podía pasar y que no habría maestro armero que arreglara el desaguisado? ¡Joder! ¡Si ni siquiera probé los putos langostinos! ¿Que culpa tendrán los pobres de que los odie también a ellos? Es que es ver en los anuncios al Rodolfo langostino ese y ya me entran ganas de vomitar. Cuando sucede lo que sucedió esta noche, lo de la borrachera, el pijama y todo eso, no hay nada que consiga tapar tanta mierda. ¡Uf, que consuelo, saberme ahora aquí, en MI CASA, tranquila, relajada, guay, sentada a la mesa de la cocina y viendo la teletienda! He cambiado de canal porque ya me estaba deprimiendo tanta música trailo railo. En realidad deprimir no es la palabra porque no estoy deprimida. No, de eso nada. ¡Ojalá que pongan ese anuncio de tele tienda que me gusta tanto, ese de la crema de Baba de Caracol! Esa crema que ya te está haciendo efecto cuando estás destapando el bote. Es increíble, dice el anuncio, hidrata, rejuvenece, alegra el día, te  renueva por dentro y no sé cuántas mentiras más. Vaya, que pena, no lo ponen. En fin, nada es perfecto. Y por eso, aunque no haya sido la noche de mi vida y aunque esté llorando porque tengo ganas y porque no sirve de nada resistirme cuando ya sé que mi corazón todavía no se ha endurecido lo suficiente, aún soy capaz de conseguir encontrar en toda esta mierda, un agujerito pequeño por el que sacar la cabeza, y poder respirar un poco de aire fresco que llene mi pulmones. Y sentirme afortunada, a pesar de todo.

 

Todos conocemos casos.
Un vecino.
El tío de la pescadera.
Lo vimos en alguna película.
Pero cuando es tu padre. O tu madre.
Eso… ¡eso es una mierda!
¡JODER!
  
Por mucho que queramos adornarlo o sacarle hierro al asunto.

lunes, 8 de marzo de 2010

Pies para qué os quiero.

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¿Nunca os habéis preguntado: "¿por qué me habré enfermado de...?"?
O aún mejor, "¿Por qué mi cuerpo se está manifestando a través de esta determinada enfermedad y no de otra cualquiera?"

Ayer por la mañana he intentado establecer un diálogo muy serio y clarificador con mis pies pero todavía no he llegado a ninguna conclusión. Y es que no es una conversación sencilla porque los pies acostumbran a ser unos personajillos muy reservados; ya los conocéis. 

Resulta que las plantas de mis pies llevan un par de años enfermas (antes las enfermas fueron las plantas de mis manos) de dermatitis o algo así porque los dermatólogos que las vieron opinan de diferente forma: una que si es dermatitis, otro que si es soriasis  y el último que me vio dice que es una mezcla de ambas. Una enfermedad con un nombre raro que ahora no recuerdo y que sólo se manifiesta en las plantas de las manos y de los pies.

¡Estoy harta de probar, en todo este tiempo, ungüentos, aceites, emulsiones, geles y pomadas de lo más variopinto y variado! Hasta me los he embadurnado con yema de huevo y después con salvado de trigo.

A la desesperada el miércoles pasado, decidí ponerme en manos de un buen profesional de la acupuntura, que me explicó que cuando el organismo o la mente, o los dos juntos, se saturan, se explota por algún lado. Y a mí la última explosión se ve que me dio de lleno en las extremidades.

¿Por qué? Es lo que intento saber.

Así que ayer por la mañana cuando me desperté, después de pasar una noche regular a causa del dolor, me puse a contemplar el aspecto desastrado y lastimoso de mis pies y mirando fijamente a  los dedos gordos (los cabecillas) les dije:

- Chicos, esto tiene que terminarse. Venga, arriba ese ánimo que hoy voy a empezar a mimaros a lo bruto.

Y acto continuo me puse manos a la obra. Cogí una de mis últimas adquisiciones en crema (yo te doy cremita, tú me das cremita) y la esparcí con muchísimo cuidado, sobre todo donde tengo las grietecillas y la piel blandita. Y los masajeé con las yemas de los dedos hasta que se absorbió por completo. Y volví a repetir de nuevo el proceso varias veces. A continuación me los vendé para que las grietecillas no se me abrieran de par en par y el dolor fuera más llevadero y por último, para rematar la faena, los vestí de Chanel, es decir, los arropé con unos calcetines de lana gordos y viejos, que a Congo ya se le quedaron pequeños.

Al margen de ellos, lo que estoy intentado es sanar y regenerar mi organismo por dentro. Así que estoy siguiendo las recomendaciones alimenticias del doctor: leche de soja, no chocolates, no galletas, sí fruta, no carnes rojas, sí pescado, sí yogures, etcétera, etcétera. Además de tomarme un jarabito para hacer bien las digestiones, unos polvitos (no pueden faltar en cualquier dieta que se precie) de ácido láctico y unas ampollitas de manganeso y cobre (un antihistamínico natural para aliviar el picor, ya que hay veces que me rascaría los pies con  un rastrillo de la paja y los antihistamínicos normales con los antidepresivos no se llevan bien).

La salud es lo primero y si bien no espero milagros de la acupuntura, al menos sé positivamente que mi estado físico y mental mejorará. De hecho ya he empezado a notar los primeros efectos: Me siento ligera. Lo cual ya es un mérito, puesto que mis andares son una mezcla entre pato y tortuga.

Nota al margen:

Se admiten contestaciones como: Tengo un primo que tenía...  Pues a mi vecino del tercero le pasaba lo mismo y se curó con... ¿Por qué no pruebas a cortártelos que así ya dejarán de picarte?

 

- Que nunca nos falte el buen humor para llevar las contrariedades-

 

 

viernes, 19 de febrero de 2010

Un monólogo de mucho peso

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Hay días, bueno, más concretamente, noches, en que me siento tan inflada como si fuera un globo aerostático o tan enorme como un gran tonel de vino, o tan hinchada como un neumático de camión.

Peso 62 kilos. Ni más ni menos. Mido 155 centímetros. No es mucho pero es lo que hay. Mi masa corporal es de 25,81. Mi peso ideal debería estar comprendido entre 49,7 y 54,8. Lo que indica que aún no soy obesa pero sí que tengo exceso de peso o sobre peso.

Hasta aquí, los datos son de una claridad meridiana, están contrastados por diversas fórmulas matemáticas desarrolladas por científicos muy famosos. Lo que no explican estos números, que no son nada guay aunque parezcan muy serios, es por qué y cómo he llegado a esta situación. Porque todo tiene una explicación razonable aunque no nos guste.

Tengo compulsión por la comida. Así, lisa y llanamente. Lo confieso.

Según la primera acepción de la R.A.E., tengo una inclinación, pasión vehemente y contumaz por “algo o alguien”, en mi caso, comida. Con todas las letras.

GORDA 
No soy bulímica. No, porque pudieran pensar que lo soy. Yo no como y luego vomito. No. Sólo tengo compulsión. Como porque un deseo irrefrenable me lleva a hacerlo. Es como cuando te pica una roncha y no puedes dejar de rascarte, a pesar de que te estás haciendo sangre. Así. Pero sin vomitar.

Me paso gran parte del día pensando en los deliciosos manjares que puedo llevarme a la boca: lassagna de carne picada, dulces de chocolate con nata, bocadillos de jamón con tomate y aceite de oliva, huevos fritos con patatas, cerveza con aceitunas rellenas de anchoa, gominotas (muchas gominotas) y conguitos. Por poner algunos ejemplos.

Pero mi compulsión también tiene una explicación, claro que sí. Toda mi compulsión es fruto de la jodida ansiedad. Empiezo y ya no soy capaz de parar. Y me digo, “venga, la última galletita”, pero no es la última, porque la última son tres o cuatro galletas después, o seis o siete. Cuando consigo, por arte de birlibirloque (bueno, no, esto es mentira, en realidad mantengo una terrible lucha conmigo misma y mis circunstancias) que me pese tanto la culpa como para cerrar el jodido frasco de cristal de las galletas ya estoy a punto de estrellarlo contra el fregadero, presa de la rabia y el fracaso. 

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¡Joder! ¡Joder!

Que ya estoy harta de empezar todos los días una jodida dieta que nunca sigo porque no puedo. No puedo ¡Joder! No puedo.

Y así, cada día de los 365 días que tiene el año. Día tras día, cada mañana me subo a la báscula para ver que no consigo bajar ni un gramo. Ni un jodido y miserable gramo, joder. Todo lo contrario. Voy a más. Más y más. Kilos. Grasa. Gordura. Hinchazón.

¡Joder!

Pero hoy voy a tomar una decisión drástica. Porque a grandes males, grandes remedios. Voy a poner en mi vida un stepper, concebido para la práctica ocasional de cardio-training y tonificación muscular en casa. Reforzaré mis muslos, mis glúteos (que los tengo, vaya si los tengo) y con los elásticos, tonificaré mis pechos, mis hombros, mis brazos.

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¡Joder!

 

 

¿Hace falta qué os digo a quién pertenecen estas pinturas?
Claro, a Fernando Botero. No podría ser de otro modo.

...ooo...ooo...ooo...ooo...

 

domingo, 30 de agosto de 2009

Sepso

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No sé por qué me resulta difícil pronunciar algunos fonemas, por ejemplo, la "x". Sin darme cuenta me sale “ps” en vez de Ks”. Cuando Congo me oye se burla y le da la risa, en plan cariñoso, claro está.

Si lo intento decir bien, todavía es peor porque hago tanta fuerza con mis cuerdas vocales que parece me estoy atragantando.

En cambio…

Vivir el sexo, mi sepso, no me resulta tan difícil. Se me da mucho mejor, dónde va a parar. A decir verdad, me costó bastante trabajo hasta llegar a comprender mi sexualidad y vivirla del modo que a mí me gusta. Pero como todo en la vida, cuando uno se esfuerza, acaba recibiendo su recompensa.

Y es que claro, me digo yo a mí misma: Sobre el sexo todavía hay mucha tontería, mucho tabú. Salvo en momentos especiales o en conversaciones que se desarrollan entre personas con empatía, se hace peliagudo reflexionar sobre las cuestiones relacionadas con la sexualidad.

En la oficina, cuando tengo el momento “Camera Café” con mi compañera de trabajo, Eimi Chusjaus (una chica muy despierta y divertida) de vez en cuando, sale este tema. Ni lo buscamos, ni lo evitamos. Surge y yo siempre le digo:

¿No te parece Eimi que deberíamos hablar de sepso igual que hablamos del tiempo?
A mí me parecería estupendo. No hay nada malo en ello – dice Eimi, totalmente convencida.

Que tampoco se trata de hablarlo con cualquiera. No vamos a contar nuestra vida sexual al compañero de asiento del bus o al kiosquero de la esquina, pero en confianza debería ser como cualquier otro tema. El tiempo. La política. La religión. El trabajo. Los hijos.

El sexo preocupa. No nos podemos engañar. Que si se hace mucho. Que si se hace poco. Que si es satisfactorio. Que si no lo es. Que si me he comprado un vibrador. Sí ¿qué modelo?...

Es una parte fundamental de nuestra vida y deberíamos cuidarla tanto como cualquier otra parte, dígase la salud, el estado físico, el estado mental, la alimentación…

Mi Congo y yo, por ejemplo, hacemos el amor siempre que podemos y hasta cuando no podemos. Al menos una vez al día (igual que decía aquel anuncio de los plátanos ¿os acordáis?) y más veces si hay peligro de muerte. Porque cada vez que practicamos sexo mi piel se pone muy brillante, y muy sedosa, y mis ojos hacen chiribitas y el color de mis piernas pierde ese tono verde escamoso que tenemos todas las sirenas. ¡Y como soy tan coqueta!

Bromas a un lado. La verdad es que sí, que la sexualidad me preocupa porque pienso que se sigue mal-tratando y mal-interpretando.

Con mi hija, desde pequeña, siempre he hablado de ello de forma natural y hasta ahora (y ya cumplió los dieciocho) parece que va dando resultados. Por nada del mundo querría que tuviera que pasar por todo lo que yo pasé. Tantas pesadumbres. Tantas represiones. Tantos insomnios. Tantos miedos. Tanta terapia.

Me sorprende y me horroriza ver cada día, la multitud de embarazos en adolescentes, algunas de ellas compañeras de mi hija.

Y me sorprende también comprobar que a estas alturas de la película, en pleno siglo XXI, persista la frustración, la incomprensión. Porque no se habla. Porque no se expresa lo que uno siente y lo que le hace feliz y se lo hace saber a la otra persona con la que comparte piel.

¿Por qué no evolucionamos en la sexualidad igual que en otras facetas de la vida?

¿Por qué? ¿Tenéis alguna idea?

 

La foto está sacada de aquí.
Y El Sur de la canción es el que cada uno quiera.

miércoles, 1 de abril de 2009

Candela (2ª parte y última)





(Levantándose de la cama y mirando el despertador)

¡Dios!, ¡Dios!, ¡Dios!. Es tardísimo y no sé qué ponerme. ¿Por qué cuando suena el despertador no soy capaz de levantarme? Soy incorregible, veinte años trabajando y siempre igual, llegando justa a fichar y estresada. Si es que no merece la pena. “Candela, tienes que poner remedio ya o te va a dar un infarto un día de éstos”, se dijo enérgica y en alto. Y menos mal que me ducho de víspera.

(Con el armario abierto y mirando toda la ropa)

Bueno, me pondré lo primero que salga. El vaquero con las botas de “chúpame la punta” nuevas, la camisa azul claro, la cazadora negra de piel... Además me va genial con el colgante que me regaló mi madre por el cumple. Decidido. Hoy no me da tiempo a hacer la cama. Al mediodía cuando llegue la hago. Aunque hoy tendrá que ser por la tarde. No me acordaba que tengo que esperar para ir a Correos a recoger el paquete que me envía mi prima Tere. ¡Que rollo! Comer fuera y sola, lo odio. Ya no me acordaba. Pero si hay que hacerlo se hace y punto.

(Ya vestida mirándose delante del espejo)

Si es que da igual lo que me ponga que me veo horrible con todo. Es que ya me veo de la edad que tengo. Tendría que adegalzar el kilo y medio que me sobra. Es que siempre se me pone en las pistoleras y en el trasero. A los hombres les gustará mucho ver un buen trasero de mujer pero es que a muchas mujeres, entre las que me incluyo, nos espantan. Yo prefiero ni mirármelo y olvidar que existe. Bueno pues ya estoy vestida. Voy a proceder rápidamente a peinarme, lavarme los dientes y a la restauración facial.

(En el cuarto de baño)

Aunque para quedar medianamente bien tendría que contratar a uno de esos restauradores de catedrales. Ellos si que hacen verdaderas obras de arte. Y me niego a echar maquillaje. Es que por ahí no paso. Las pocas veces que lo he echado tuve la sensación de que llevaba una máscara. La raya del ojo, la sombra, el colorete, el rímel y un buen lápiz labial… Mira, como que ya así arreglada aún no estoy tan mal. Hombre, Andrés en la oficina siempre me echa piropos pero claro, él no cuenta porque es un mujeriego empedernido. Y estoy por apostar que un día de éstos se va a enamorar perdidamente. Es que todos suelen terminar así. Y además suele ser alguien que no responde con la imagen predeterminada. Y tengo que reconocer que es guapísimo y tiene una verborrea que es capaz de enredar hasta a una monja de clausura. Me asusta terriblemente. Miedo me daría caer en sus brazos.

(Se echa agua de colonia por todos los sitios imaginables del cuerpo. Agarra el bolso, las llaves del coche, se pone la cazadora y cierra la puerta de casa. Entra en el ascensor y se va mirando desde todos los planos: perfil, vista y alzado. Se coloca la melena y cuando sale al garaje abre el coche con el mando a distancia. Se le viene a la cabeza que no se echó desodorante y vuelve a subir ya con el corazón saliéndosele del pecho y mirando el reloj como haciendo vudú para que el tiempo deje de transcurrir. En la nueva bajada al garaje repite el mismo proceso. Entra en el coche y arranca. Recorre el pasillo hasta la rampa de salida y cuando va por la mitad el coche que se cala).

¡Joder!. ¡Joder!… que día voy a tener. Con lo lista que soy para algunas cosas y el jodido coche que no le da la gana. “Baja la rampa Candela y con calma que es muy facil”, se dice animándose.

(Cuando el coche asoma por la puerta del garaje grita entusiasmada: ¡Aleluya! Se incorpora al tráfico frenético).

Pero será capullo el tío ese. Es que me está poniendo enferma con esa lentitud. ¿No sabe qué hay gente que sale con prisas para ir al trabajo? Voy a adelantarle porque no soporto circular como las hormigas. (Al hacer la maniobra oye veinte pitidos a la vez. Había línea continua). ¿Esos pitidos habrán sido por mí? No creo. Hay mucha visibilidad. Menos mal que ya aparece el tramo de carretera tranquilo. Pondré música. Ay que canción tan bonita. Hacía mucho tiempo que no la oía. ¡Que romántica!

(Tarareando la canción se pone a pensar)

¿Qué ropa traerá hoy Andrés. Es que siempre viene tan atractivo, tan bien vestido. Y tiene unas corbatas preciosas. El chico tiene buen gusto, hay que reconocerlo. Y últimamente siento que me mira mucho. Claro que será que no le gusta mi forma de vestir. Si es que a su lado parezco Cenicienta. Es dificil estar a su altura. Y además a mí qué me importa. Yo no quiero un hombre así. Aunque tal vez tenga su corazoncito. Yo que sé. No sé ni por qué pierdo el tiempo pensando en él.

(Llega al aparcamiento del edificio donde trabaja. Aparca y sube. Una vez instalada en su mesa se da un retoque en los labios. Observa de reojo como entra Andrés por la puerta).

- Buenos días, Andrés. Que ¿preparado para un nuevo día de caza?
- Pero ay que ver que simpática te has levantado hoy. Es que cuando hay confianza da asco.
- Perdón, perdón. No era mi intención molestarte, dice Candela burlonamente.
- Vas a ser la primera en saberlo. Me he enamorado Candela, hasta la médula, dice Andrés con aire contrito.
- Anda, esa si que es una novedad. Y que ¿la afortunada ya hizo la Primera Comunión?.
- Que bruta eres. Me estás poniendo que parezco a tus ojos un pervertido a la puerta de un colegio.
- Sigo de broma, hombre. Enhorabuena, de verdad, dijo Candela en tono algo triste.
- No sé cómo ha sucedido pero esta mañana me he dado cuenta. Ella todavía no lo sabe pero hoy pienso declararme.
- Pues te deseo suerte, en serio.
- Gracias. Te garantizo que me hará falta. Podías celebrarlo conmigo dejando que te invite a comer.
- Pues te lo agradezco. Hoy además tenía que comer sola.
- Te contaré todos los detalles si te portas bien y no me dices cosas desagradables como las de antes.
- Prometido. Me muero por saberlo todo.
- Creo que hasta voy a sorprenderte porque sé que la conoces.
- Eres cruel. Ahora no me dirás nada en toda la mañana. Estaré en ascuas pensando en quién será la desafortunada.
- Te haré pagar la comida como sigas por ese terreno.
- Vale, vale.
- Un poquito de paciencia. Todo llegará.

(Andrés se fue a su mesa y Candela se quedó en la suya disimulando como si aquella conversación no hubiese tenido lugar, como si no le hubiese afectado).

¡Mierda! ¡Mierda! ¿Por qué? A ver... por qué este capullo se ha tenido que enamorar. Me molesta reconocerlo y me duele pero siempre albergué esperanzas de que un día pusiese sus ojos (bueno, y algo más) en mí. Y ahora ya está todo perdido. Lo que si tengo claro es que jamás le demostraré que la noticia me disgusta... No pienso concederle esa satisfacción. ¿Por qué no he podido ser yo?

(Candela se levanta de su mesa y se va al baño).

Voy a llorar un poco, me sentará bien. Lo justo para que no se me corra el rímel. Tampoco se merece muchas más lágrimas.

(Mientras se dirige al baño Andrés le habla desde su mesa).

- Candela, tengo que decirte que si no me hubiese enamorado me casaría contigo. Hoy te has superado. Estás muy guapa

(Y Candela va pensando sin hacer caso de lo que le dijo)

Puñetero, todavía tiene algo que decir. Ay que ver lo afortunadas que son algunas. En fín, ya sólo me queda el Plan B: Agencia Matrimonial. Porque desde luego que a su boda no pienso ir sola. O llevo pareja o no voy. ¡Que pena! Ay que ver a que extremos podemos llegar. “Ya, Candela, ya. Basta de lamentaciones que nunca ha faltado una monda para una naranja. Malo será que no cambie mi suerte un día de éstos”, se dice convencida.

Me lo merezco.



martes, 31 de marzo de 2009

Andrés ( 1ª Parte de 2)






Vaya cara que tengo, ¡doy pena! La verdad es que esta luz halógena del cuarto de baño no puede favorecer a nadie y menos a las siete de la mañana. Con la luz de la oficina se me ve mucho mejor, seguro. De todos modos peor que ahora ya no voy a parecer.

(Haciendo gestos delante del espejo, pasándose los dedos por los dientes para comprobar que están perfectamente limpios, metiendo la barriga para dentro y poniendo el pelo de modo que se le disimulen las entradas)

Tampoco estoy tan horrible así, arreglado, con traje y corbata. Este color de camisa resalta el moreno de mi piel. Tenía razón la dependienta de la tienda. La verdad es que la chica estaba para comérsela con patatas y estuvo muy convincente. Cuando se acercó a mí para colocar bien el cuello de la camisa tuve una visión como si me encontrase en los Picos de Europa. A punto estuve de sufrir un mareo del vértigo que me dio. Y como olía... ¿Por qué tendrán que gustarme tanto las mujeres, joder? Es que esto no es vivir. Siempre al borde de una crisis de ansiedad por culpa de mi afán conquistador. Porque anda que no me he visto yo en aprietos... Todavía recuerdo perfectamente la cara de aquél tío echando chispas por los ojos cuando me vio coqueteando con su mujer en la barra del bar mientras él se encontraba fuera hablando por el móvil. Casi me fulmina con la mirada. Es que tengo un ojo... a veces no doy una. Si me hubiese fijado le hubiese visto salir.

(Se echa un poco de colonia y mira el reloj)

¡Joder que voy a perder el metro como no salga pitando! Si es que además el aspecto físico no es tan fundamental. Lo que sí atrapa a las mujeres, de verdad, es el encanto personal, el despliegue de palabras aduladoras y detalles que la hagan sentir especial. A las mujeres se las conquista por el oído. Con cuatro palabras bonitas caen rendidas a tus pies y después las muy... tontas, ya están perdidas. Se puede abusar de ellas cuanto se quiera. Algunas se resisten un poco más pero esas tampoco interesan demasiado. A mí las que de verdad me atraen son las del primer tipo: sin complicaciones, poco profundas, intrascendentes y siempre monas en cualquier lugar y situación.

(Ya en el metro, sentado)

He tenido suerte, voy bien de hora. Me va a dar tiempo a tomar mi café de todos los días. Hoy también podré ver a Lola. ¡Ay que ver que bien hace los cafés la niña esa! Hombre, el detalle de que se le vea el tanga cuando se agacha a coger las botellas del suelo no es muy importante. Las cosas como son, si prepara bien los cafés hay que reconocerle su mérito. Yo creo, además, que la atraigo un poco pero es demasiado joven para mí. Como mucho tendrá 23 años y yo ya voy para los... vamos, que no nací ayer. Aunque como dicen algunos, yo no lo digo, con tal de que sea mayor de edad... Me gusta divertirme, eso es todo. Una chica así se me derretiría entre los dedos.

(Mirando a la chica que va sentada a su lado)

Divagando con la Lola y con este pedazo de cuerpo aquí al lado. Ahora me acuerdo del chiste aquél que me hizo tanta gracia y que, precisamente, transcurre en un vagón de metro abarrotado de gente:
“Un hombre de pie y aprovechándose de las circunstancias, descaradamente, le toca un pecho a la chica que está a su lado, muy pegada. La chica le dice: “Oiga usted, ¿es que no puede meter la mano en otro sitio?, a lo que el hombre contesta: “¡No me tiente, no me tiente!”.

Y ésta no tiene desperdicio ninguno. Es del tipo de las que me gustan: madurita con aspecto juvenil, vestida de sport pero elegante, melena negra, delgada... Podría preguntarle algo para iniciar una conversación pero ya no me queda tiempo. Me bajo en la siguiente parada. Además tengo que concentrarme: de hoy no pasa.

(Se apea del metro y entra en la cafetería. Se sienta en la barra, como de costumbre y se acerca Lola, la camarera)

- Buenos días, ¿qué vas a tomar Andrés?
- Lo de siempre ¿o es que ya no te acuerdas?
- Sólo pretendo hacer bien mi trabajo.
- Siendo así no voy a ser yo el que lo entorpezca. Ponme un café solo laaaargo con un croissant pequeño.
- ¿Hoy no te apetece uno graaaande?
- Es que me he apuntado al gimnasio y tengo que rebajar calorías.
- Pero si no te hace falta. Estás muy bien para la edad que tienes, le dijo riéndose burlona pero con gracia.
- Gracias, Lola, eres verdaderamente generosa.
- Es la verdad. Como mucho se te echarán 38. Ya sé que tienes más porque me lo has dicho pero no los aparentas ni recién levantado de la cama. Bueno, es un decir.
- Si algún día quieres comprobarlo... me puedo hacer una foto.
- No hace falta, hombre, tengo una imaginación prodigiosa.
- No lo pongo en duda pero nada comparable con la mía, seguro.
- Bueno te pongo el café o llegarás tarde.
- Tienes razón. Perdona, te estoy entreteniendo. Cóbrame ya.
- 1,20.
- Toma, tengo ya justo.
- Gracias.

La verdad es que hoy está guapísima y hay que ver como le gusta quedarse conmigo. Tal vez si la invitase a salir algún día... No, no y no, voy a concentrarme: “Andrés olvídate de todas las demás mujeres. Tu meta es Candela y hoy tiene que suceder algo”. Como me diga que no, me suicidaré. Así, radicalmente. Es que esa mujer me está volviendo loco. Cada día comparto mesa en el despacho y me ignora como hombre. No sé por qué de entre todas y con todas las que hay del primer tipo he tenido que poner la cabeza (bueno... y algo más) en esa mujer que es de las duras de roer. Y sí, ya sé que estoy perdido porque como acepte a salir conmigo me va a llevar hasta el juzgado. Porque por la iglesia si que no voy a pasar. De ninguna manera. Ni loco, vamos.

(Entrando en el edificio de oficinas)

Estoy un poco nervioso. Se diría que es la primera vez que voy a entrarle a una mujer. Parezco idiota. Sólo faltaba que me arrancase a sudar. Y total, mira, si me dice que no... pues hasta me saco un peso de encima porque no lo tengo todavía muy claro.

(En el ascensor manteniendo una conversación con su imagen reflejada en el espejo)

- Andrés, mírate hombre, no seas gilipollas. Reconoce que estás colado hasta los huesos por Candela. Llevas meses pensando en ella día y noche. Y las noches son muy largas y los días a su lado sin poder rozar su piel, un tormento.
- Vale, vale, está bien. Estoy enamorado. Ya está. Lo he dicho. No soy ningún cobarde. No es tan difícil. Ayer me contó que hoy comería fuera y sola porque tiene que hacer tiempo para ir a recoger a la estación un paquete que le envía su prima la de Burgos. Así que la invitaré a comer. Ya lo he decidido. Y me declararé. Deséame suerte.
- Suerte, Andrés. Tú puedes.

(Saliendo del ascensor y dirigiéndose a su despacho y al de Candela. Ella ya está sentada en su mesa retocándose los labios. La mira desde la puerta, embobado)

¡Que guapa ha venido hoy, joder! No sé por dónde empezar.


domingo, 8 de marzo de 2009

Madres

 

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La pintura pertenece a María Dolores Barbeyto, una pintora de Alicante, que he descubierto por azar.

 

Hoy es un día tan bueno como otro cualquiera para hablar de mi madre

Y todos pensaréis: ¡Que original! Y lo pensaréis porque no conocéis a mi madre. Nos llevamos bastante mal a diario y para no desentonar con el resto de las madres/hijas del resto del mundo pero nos queremos y respetamos mucho.

Mi madre se quedó huérfana con 14 años, con dos hermanos más pequeños. Mi abuela contaba por aquel entonces 36 años y mi abuelo supongo que tendría algunos más, no lo recuerdo ahora con exactitud. Eran tiempos muy duros, se pueden imaginar. Mi abuela se tuvo que poner a trabajar en la limpieza de los trenes de RENFE con unos horarios infernales y mi madre dejó el colegio para pasar a ejercer de madre, en lugar de ser hija, como era lo propio. A esa edad había aprendido las cosas justitas para defenderse en la vida con un poco de dignidad. Es decir, sabía las cuatro reglas, que se decía por entonces, y leer no sin cierta dificultad.

El caso es que en el verano del 2003, envié un pequeño relato a un concurso de un periódico de tirada nacional con tan buena fortuna que salió publicado. No lo premiaron porque no era lo bastante bueno pero me hizo ilusión de igual modo. El día que llamé a mi madre para decírselo salió escopetada al kiosco más cercano para comprar un ejemplar. Tengo que decir que estaba un poco avergonzada porque el relato era un poco sensual, por ponerle una etiqueta. Y claro, que mi madre me descubriese de ese modo me daba un poco de pudor, cuando menos. Cuando lo leyó, emocionada, me dijo que le parecía muy bonito, sobre todo porque intuía el significado de cada una de aquellas palabras.

A raíz de leer ese relato me preguntó si ella sería capaz de leer un libro. Nadie, desde luego, la iba a animar más que yo para que comenzase a experimentar el placer de descubrir nuevos horizontes. Así que fui a la biblioteca y le recomendé leer uno de esos libros de lectura fácil, de amor y con final feliz, por supuesto. Se puso tan contenta que ni os lo imagináis. Le lleva mucho tiempo leer pero no se desanima.

Entre medias, un día me pidió que le leyese algunas cosas más de las que yo escribía porque hasta el relato nunca le había enseñado nada. Una tarde como muchas que venía a visitarnos le leí algunas de las cartas que tenía escritas. Se puso a llorar tanto (bueno, lloramos tanto las dos) que le dije que así no merecía la pena. Sabía cuanto había de verdad en aquellas cartas y lo que era ficción. Sus lágrimas eran por el orgullo que sentía y por los sentimientos que le despertaban. Lo último que le he leído fue la primera carta que escribí a Congo. Me dijo que era muy tierna al mismo tiempo que vi como por su rostro pasaba un velo de preocupación por todo lo que le hizo pensar.

Desde hace un tiempo ya no lee tanto, pero no importa. Ya sabe que puede hacerlo cuando quiera. Últimamente se le ha dado por calcetar, se buscó una clase y se lo pasa pipa dándole a las agujas y conversando con sus compañeras. Este invierno nos hizo unos jerseys preciosos y unas bufandas muy originales, a Senia y a mí.

En fin… Con toda esta perorata quería expresar que: Ojalá cuando mi hija tenga la misma edad que tengo yo ahora, me quiera y me respete tanto como yo a mi madre.

¿No es mucho pedir, verdad?

 

viernes, 9 de enero de 2009

Monólogo de Reyes

cocinero

 

A una madre como la mía, una de esas tantas madres dedicadas, abnegadas, entregadas, obsesionadas por nuestro cuidado, etc., nunca se le debe de decir cosas tales como:

- ¡Que bonito! ¿Dónde lo compraste?

- Parece muy práctico.

Error.

Horror.

Porque de la noche a la mañana te puedes ver envuelta en una nube de utensilios y cosas en general que maldita la falta que te hacían porque tú te las arreglas muy bien solita, haciendo tus propias compras de las cosas que realmente quieres y necesitas.

Y más nube de cosas te pueden caer si lo que se festeja es el Día de Reyes. Ese día ya es el "despiporre" total. 

Mi madre ya sabe que yo no festejo el Día de Reyes pero a ella le da igual. Como dice un refrán: Madre no hay más que una y en mi casa mando yo... ejem, ejem...

Vale, en algunas pequeñeces mi madre impone su criterio y yo la dejo. Más me vale, la verdad, o de lo contrario me tocaría discutir con ella hasta el día del juicio final. Y no compensa. Hago como que tiene razón y a otra cosa mariposa o si te he visto no me acuerdo o este cura no es mi padre.

Pues el caso es que el Día D (Reyes), a la Hora H (12 horas), en la cocina de mi casa, me las tuve que ver con una enOrme bolsa de papel de navidad, con dibujo de Papá Noel incluído, llena de pequeños paquetes de diferentes colores y con más motivos navideños.

¡¡Que nervios!! Ni se lo imaginan.

Y empieza la tómbola, el festival de premios: ¡¡Que alegría, que alboroto, me ha tocado el perrito piloto!! 

No, no me ha tocado el perrito piloto pero casi. Me ha tocado... Tachán, Tachán...

¿Están preparados?

1º. Un exprimidor de mano de acero inoxidable de la mejor calidad. Yo ya tengo en casa un exprimidor eléctrico y una licuadora pero nunca se sabe lo que a una le puede hacer falta. Igual un día a las 3 de la mañana se me ocurre levantarme para hacerme un zumo de naranja y pomelo y así pues, como que con este exprimidor manual, no hago ruido.

2º. Una pala de madera para la plancha. Tengo ya unas 445 palas de todos los tamaños y medidas pero la que me regaló ahora mi madre es mucho más mejor, ¡donde va  parar! Es de una madera buenísima.

3º. Un cocinero de tela para meter las bolsas plásticas. El invento del siglo, dijo mi madre, orgullosa de sí misma por poder hacerme a mí partícipe de su dicha.(Véase fotografía superior. Le he añadido nieve a la foto para que haga más bonito).

4º. Unos pantys negros con un dibujo muy discreto que van bien con cualquier faldita. Y fíjense, con los pantys acertó plenamente porque unos pantys nuevos en la recámara, nunca vienen mal.

5º. Y último. Es el regalo que más me ha cautivado. Una manopla ecológica para limpiar el polvo, de color naranja como mi blog. Claro que mi madre acertó en el color de casualidad porque a mi madre eso del blog le queda lejos. La cosa es que a mí la manopla me da un poco de "yuyu" porque  en las instrucciones dice que tiene captura de polvo por infrarrojos, deslizamiento láser, "guaterpruf", guaterresistant" y mirada telescópica. ¡Es que con tantas cosas es como para tener miedo, no me digan! Fíjense, ya estamos a día 10 y todavía no he reunido el valor suficiente para probarla porque ¿y si la manopla me arrastra por toda la casa como un juguete diabólico y no me deja en paz hasta que no quede ni una mota de polvo?

No sé. Llevo tres días de pesadillas y sigo sin tener claro el tema éste de la manopla.

Y es que las madres no se enteran, al menos la mía. Porque yo no quiero sacar el polvo. El polvo está bien donde está. Lo que de verdad quiero es... Acérquense un poco que no quiero decirlo muy alto: "Lo que quiero es echar un polvo".... Schtssss!, no se lo digan a nadie. Sé que está mal porque una es muy decente pero la carne es débil. ¡Y con este frío que hace! ¡Que digo frío! ¡Con la nieve que se está cayendo!... Dos cuerpecitos así... calentitos... Uhmmmm!... No sigo que me enciendo.

Pero claro, yo ésto a mi madre no puedo decírselo. No puedo tirar por la borda tantos años como los que ha empleado en hacerme un pedestal a la medida de mis milagros y reconocimientos públicos. Jamás me lo perdonaría. Porque para ella soy la mejor.

Santa Aldabra del Norte.
Ruega por nosotros.  

 

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¡Que ya me he acordado del refrán!
Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle.

 

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Foto: Aldabra

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miércoles, 24 de diciembre de 2008

Monólogo de Navidad

 

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Me encanta estar de vacaciones.

Sí, estar de vacaciones es muy divertido. Porque... díganme ustedes, ¿No resulta gracioso que sean las tres de la mañana y todavía esté por la cocina, en pijama, y revoloteando cual pajarillo huérfano, de flor en flor? Ahora que si me como una pera. Ahora que parece que me quedé con hambre todavía, mejor me como una manzana. Ahora que si parece que lo que me apetece es un "colacau".

Estoy en un mar de dudas, señores. No sé si irme a la cama y masturbarme (pero sólo un poco) a ver si se me pasa este desasosiego o probar con otra cosa en la cocina. Voy a intentarlo con las galletas a ver si me relajo y me entra el sueño. Galletas integrales, eso sí, que para algo pago yo el "Curves" todos los meses religiosamente y me esfuerzo como una jabata en las máquinas de musculación... como para tirar por la borda todo el trabajo en una noche cualquiera. Aunque, claro, no es una noche cualquiera, es la víspera de nochebuena que no es lo mismo que decir que sea una buena noche. No, aquí el orden de los factores altera el producto. Es que todas las reglas tienen una excepción.

La verdad es que me he bebido un par de vinos de más... vale, tal vez fueran tres vinos de más, tampoco hay que ponerse quisquillosos.Y si digo la verdad y nada más que la verdad mi desasosiego viene porque estoy cabreada. Sí, profundamente cabreada y rabiosa. Me incomodan las fiestas navideñas, en general, tampoco es que le tenga antipatía a un día determinado. Me pone de los nervios el despilfarro, el derroche, la hipocresía y las risas no sentidas... y mi madre. Sí, porque mi madre me rompe la cabeza más de lo normal con las dichosas celebraciones. Que si hacemos cigalas a la plancha, no, mejor unas vieiras que a tu padre le gustan mucho ¿Qué te parece si a ti te hago pescado a la plancha que el cordero no te gusta mucho? ¿Por qué no preparas un cóctel de marisco que te sale muy rico?... Y su cara... la Monalisa a su lado se queda corta en el gesto. Sé que por dentro piensa que "¡como se volvió la niña, con lo mansa que era antes!". Pero es  que yo ya me cansé de fingir. Vale que celebre las fiestas con mis padres porque les hace ilusión y no quiero hacerles el feo, tampoco soy una mal educada. Lo que no puedo es alegrarme con algo que no siento en el corazón. He perdido la fe hace ya algunos años y ahora sólo creo en el día a día, en las personas de verdad, esas que están a nuestro lado cualquier día del año y no por obligaciones de calendario.

En fin, creo que me iré a la cama. Me acostaré y haré unos ejercicios de relajación en silencio y expulsando con fuerza las malas energías. Y si aún así no consigo dormirme me pondré a cantar el "ro po pon pon de Raphael", ¿se acuerdan? Creo que estas navidades volveremos a verlo cantar en la tele, como en los tiempos de Paco... "el camino que lleva a Belén, sube hasta el valle que la nieve cubrió..." Vamos, ahora todos juntos... así, venga. Pero así no señores, que van cada uno por su lado, si es que así no se puede. Déjenlo, déjenlo ya por favor. Agradezco mucho su intención pero mejor que cantaré en soledad también. 

¡¡Que follón!!

Con todo este jaleo vuelvo a estar en otro mar de dudas. Ahora me parece que la navidad es bonita, entrañable, es tan... es tan... ¡Ay, mierda, no me sale!... tan... Bueno, ya está bien. No sigo que me voy a poner "blandita" y lo que menos me apetece ahora es que me vean lagrimear y moquear como una chiquilla... Yo, Aldabra, vamos, ni de coña... Porque antes muerta que sencilla, miren lo que les digo. 

Me despido ya de todos ustedes antes de perder la compostura. No sin antes decirles que les quiero mucho y que les deseo lo mejor de lo mejor. Y no porque sea Navidad, simplemente porque me da la real gana.

Y ya de paso les digo también: I wish you a Merry Christmas, para lucirme un poco en inglés... que ya me falta nada para ser bilingüe. Yo creo que con...  "taitantos" años... pues igual ya me puedo ir a London una semanita y ya me voy a defender como si hubiera nacido allí mismito. Es que es lo que tiene ser una "sirena" tan completa. 

¡¡Ay, que bien me he quedado!!

¿Y ustedes?

 

 

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miércoles, 8 de octubre de 2008

El sillón de las lamentaciones










¿Recuerdan el monólogo que se titulaba “Ponga una terapia en su vida”? Empezaba así:

“Tengo que buscar un sitio para pensar. Lo voy a hacer como un juego. No, no piensen que es una tontería. Es algo muy serio. En realidad se trata de una nueva terapia. Ahora no me acuerdo como se llama porque evidentemente tiene un nombre…”

Pues el caso es que en mi afán de llevar el experimento terapéutico un poco más allá decidí sentarme en “el sillón de las lamentaciones”. Así es como lo bautizó un buen amigo cuando le conté la historia en la que andaba metida.

Bueno, pues tengo que confesarles que me sentí totalmente incapaz. Como todo el mundo, también yo tengo cosas por las que llorar y que me causan dolor aunque mi vida sea fantástica y maravillosa. Pero ¿quién no tiene fantasmas pasados, presentes o futuros? El que se sienta libre de esa pesada carga que tire la primera piedra, como suele decirse.

Es que bien pensado, la terapia me parece un poco contradictoria. Voy a contarles, verán. Por un lado es un poco masoquista. La idea de sentarse en un lugar sabiendo que uno va a enfrentarse a una batalla interna no es muy atractiva. No creo que le apetezca a nadie que no ame el sufrimiento. Y por otro lado la idea es valiente. Enfrentarse al dolor y a las limitaciones personales preparados para la lucha y diciéndoles: Aquí estoy en mi sillón dispuesta a desterraros para siempre. Venid, venid si os atrevéis, que voy a dar cuenta de vosotros en un pís-pás. No sé, supongo que todo depende del cristal con que se mire.

Y entonces pensé en si yo fuese de verdad una de esas personas que piensan-en-cosas-malas-que-las-angustian-y-deprimen-causándoles-gran-dolor. Sentí tanta tristeza que me deprimí de verdad.

Busqué por casa uno de esos manuales que tengo de autoayuda (que creo que al único que ayudan es al autor) y me puse a leer algunos de los testimonios reales de las personas que allí se atrevieron a exponerlos y se pusieron en manos de esos psicólogos para que practicasen sus terapias y ver si daban resultado para aplicarlas a otros posibles pacientes. Conejillos de laboratorio desesperados por salvarse. Fue desolador. En realidad sólo pude leer unos pequeños fragmentos de algunos de esos momentos depresivos de los cuales eran víctimas.

“Me siento confusa, aturdida. No sé qué debo hacer ni qué decisión tomar en cosas sin importancia. El sentimiento de tristeza y de querer morirme ha permanecido todo el día en mi cabeza. Y esto hace que me sienta miserable y egoísta. Estoy muy cansada.”

“Siempre me siento mal por el mismo motivo. Tal vez no consiga superarlo nunca. Sé que tengo que ser valiente y seguir intentándolo. Pero no sé cómo voy a poder. Los años pasan y siento que no avanzo. Cada vez me siento más desesperanzada, metida en un barrizal del que por más esfuerzos que hago no consigo salir.”

“Me odio. Y si yo me odio cómo voy a conseguir que alguien me quiera. Nadie quiere a las personas tristes y que se deprimen por cosas que a los demás les parecen tonterías.”

“Tengo taquicardia. Ojalá me diera un ataque al corazón en serio y me muriera de verdad. Me sudan las manos. No puedo tragar saliva. Se me está cerrando la garganta. No puedo respirar. Tengo que llamar a alguien que me ayude. ¿Y a quién llamo ahora? Me da vergüenza contar lo que pasa. Me siento estúpida, pequeña.”

No pude leer más.

Hay que estar desesperados como esas personas y al mismo tiempo tener mucho valor y mucha fe para creer que a base de trabajar con la mente pueden llegar a curarse totalmente. Desde luego creo que en esta vida todo es posible pero tengo mis reservas acerca de todas estas terapias modernas. Entiendo que tiene que ser terriblemente duro el camino que han de recorrer hasta conseguirlo.

Si antes de leer los testimonios estaba deprimida, después lo estaba mucho más. Así que me puse unas mallas deportivas, las zapatillas de deporte y salí a correr. Necesitaba sentir como el aire de la calle ya fresco por estar atardeciendo se llevaba las malas vibraciones que se habían instalado en mi cabeza.

Tal vez otro día lo intentaría porque hoy… hoy me había faltado valor. Sí, yo, la mujer madura, lógica, congruente, sensata, objetiva, con aplomo, segura de mi misma, decidida, arriesgada, tenaz… no tuve las suficientes agallas para enfrentarme a una prueba como esa.

Y por un instante dejé de sentirme tan fantástica y tan super-divina-de-la-muerte para verme como realmente soy: una mujer madura que ha sufrido y que a veces, no consigue superar los escollos que se presentan en su camino porque el miedo se apodera de su vida.

Estaba hablando de mi misma, desde el principio, sólo que en algunas ocasiones, negar lo evidente ante el papel y pensar que las cosas les pasan a los demás y no a nosotros, resulta más alentador.



miércoles, 17 de septiembre de 2008

Última parada: La Alberca (Salamanca)










A mí los viajes me ponen muy nerviosa. No puedo evitarlo. Claro que hay pocas cosas en esta vida que no me pongan nerviosa. Nací así y hay que fastidiarse si no fuera tan educada, tan divina de la muerte, etc., diría: “Hay que joderse”).

Por eso ahora mismo estoy sentada en la plaza número 17 de un Alsa rumbo a la capital, chorreando por mis cuatro pequeños costados y con el corazón a punto de salírseme por la boca. Es una pena, lo sé, porque una vez puesta en acción me lo paso estupendamente pero todavía no he conseguido vencer mis miedos y ansiedades a este respecto. Y eso que siempre me espera alguien en el destino porque sino creo que ya no sería capaz de emprender ruta.

El psicólogo me dijo una vez, cuando tratamos este tema, que debería emprender un viaje en solitario, sin que nadie me esperara en algún lugar. Por cierto, esto me recuerda un libro estupendo de relatos: “Quisiera que alguien me esperara en algún lugar” de Anna Gavalda, que desde aquí os recomiendo.

A lo que íbamos, el psicólogo cree que viajando sola superaría de una vez mi trauma. Está convencido además de que no tendría ningún problema porque dice que dispongo de todos los recursos necvesarios para defenderme en un caso de apuro y que soy lo suficientemente sociable como para encontrar personas con las que hablar a lo largo de lo que sería mi experiencia viajera. Yo también quiero verlo como él pero no lo tengo claro.

Lo que más miedo me da es sufrir una crisis de ansiedad repentina y encontrarme tan perdida y sola que podría hasta morirme. Es absurdo pero es que los miedos son así. También tengo miedo que me roben y que nadie me ayude o a verme envuelta en alguna de esas peripecias surrealista que salen a veces en los noticiarios o en alguna película ¿Recuerdan aquel anuncio que empezaba así: “Iba sola paseando por la Casbah cuando de repente me vi envuelta en un tumulto…”? Bueno, pues algo así pero en versión Aldabra. En fin, hasta ahora me las he ido arreglando como he podido: sudando, con pastillas y haciendo ejercicios de respiración. Mientras sigo soñando con emprender mi gran viaje de aventura como alguno de los que veo en esos documentales de la tele que tanto me gustan.

Y es que hasta ahora, soñar nunca me ha dado miedo. Algo bueno había de tener ¿no?






miércoles, 3 de septiembre de 2008

¿Qué te pongo?










Llueve a mares, a manos llenas, a cántaros, a raudales, con rabia. Llueve una canción monótona repicando en los cristales. Llueve sobre mojado, sin parar, como si hoy fuese la última vez.



Me gustaría que estuvieras a mi lado, mirando por la ventana como cae la lluvia en la calle ahora silenciosa, como se va acumulando en las hondonadas del asfalto formando pequeños charcos.



Me gustaría que…



¡Joder, tía, pero que patética y cursi te pones! Es que quien te ha visto y quien te ve. Se pone a llover unas gotas de ná y tú, ala, a decir ñoñerías. Me gustaría, me gustaría… ¡Dios! Lo que te tenía que gustar ahora es un buen copazo o un buen revolcón. Eso sí que es sano, joder y no mirar como cae la lluvia. Además eso no podemos permitírnoslo nosotras ¿No ves que se empieza así y luego se termina sufriendo por todo bicho viviente? Si es que no aprendes, joder. Claro que te gustaría que él estuviera a tu lado pero hay que ser fuerte y olvidarse del amor para que no te gane la partida. Mira que te lo tengo dicho.



Bueno, ya sé que intentaste en su momento pasar del amor y no funcionó. Ya sé que un día hace muchos años te acostaste con un tío sólo por el mero hecho de ver si tú eras capaz de tener sexo sólo por sexo, sin sentimientos. Y ya sé que fue un desastre emocional para ti y físico para él. Sí es que eres gafe mujer, porque hay que ser gafe para que una vez que te decides el tío sea eyaculador precoz. Bueno, es que me pinchan y no sangro, fíjate. Y eso que el gilipollas tenía un cuerpazo, todo hay que decirlo. Y después estuvo aquel tío pequeñajo, sí, aquel con cara de pekinés que aún encima se portó contigo como un cerdo. Y tú, imbécil, colgadita por semejante individuo. Si es que no tienes remedio Maritere, te lo digo yo. Estás bien jodida.



Por eso, claro, enamorada como estás hasta la médula, oyes llover y se te encienden las bombillas y se te disparan las hormonas. Háztelo mirar, eh, háztelo mirar porque a lo peor ya empiezas con los problemas menopáusicos. Por edad aún te faltan unos años pero igual tienes una de esas precoces, como la del tío gilipollas pero en menopausia.



Si es que no sé qué hacer contigo. Y por encima ahora te da con el insomnio ¿Pues sabes lo que te digo? Que si ayer te tomaste una valeriana y no te funcionó hoy te tomas 2, 3 o la caja entera si te hace falta. Pero déjate ya de sensiblerías y tírame pa la cama que mañana vas a volver a llegar tarde al trabajo ¿Qué dices que no? Que si no tienes sueño que es tontería que te vayas porque no te dormirás. Anda, anda, entonces prueba con la copita, mujer. Del polvo no te digo nada porque ya sé que estás más sola que la una pero una copita… Vamos a ver hay guinda, anís, licor de hierba luisa, licor de melocotón… ya ves que te nombro lo que te gusta porque las otras botellas… es que no sé para que tienes whisky, cinzano, ron… si no te gustan. Regálaselas a un pobre, mujer, haz una caridad. Incluso puedes regalar la botella de Ponche Caballero ¡Madre, madre, la de años que tendrá esa botella! ¿Te acuerdas? Te la regaló tu madre cuando te casaste y fíjate lo que son las cosas: El Ponche todavía está intacto y tu marido en cambio… Ahora que tuviste mucha suerte, eh, porque anda que no salió cabronazo el tipo ¡Que jodido! Te dio más guerra que 4 Bin Laden juntos.



Pero bueno, tú ahora estás divinamente enamorada de ese tal Congo hasta la médula. Mira que te avisé y lo peor es que ya no se puede hacer nada. Aunque… Bueno, para ser sincera me dais mucha envidia. A ti te veo más feliz que nunca y él ha mejorado mucho ¿verdad? Ya sé que cuando me pongo suelto muchas burradas juntas porque es que soy muy burra, mujer, pero ya sabes que en el fondo admiro la sensiblería, caramba. Sólo que reconocerlo me da miedo. Si es que además a ti se te ve en la cara que eres una panfila, que lo tuyo es querer y querer, hija, querer y querer hasta que tu corazón deje de latir. Y cuando una nace así hay que asumirlo. Y tú, Maritere, lo haces con mucho orgullo ¡Que coño! Te pones a tu amor por bandera y luchas por él con uñas y dientes y los demás que se jodan. Sí señor ¡Ea!



Y ahora sí que te me vas a dormir ya. Y nada de copas que no estás acostumbrada. Tanta botella desperdiciada… Anda, tira Maritere, tira pasillo palante, derechita pa la habitación. Tira, si no quieres que cuente lo de la “mantita”.