
Estoy durmiendo cuando la cama empieza a temblar como si estuviese poseída, como si tuviese lugar un teremoto o como si estuviese siendo sometida a descargas eléctricas. Sola en casa me levanto muy asustada y marco un número de teléfono. Él, sin duda, podrá ayudarme y consolar mi miedo. Pero no consigo hablar con él. Tal vez no está en casa. Entonces tecleo el número de su móvil. Uno, dos, tres, cuatro… los nueve dígitos.
De repente estoy ya en un supermercado haciendo la compra con mi madre. Y sigo marcando el número de teléfono sólo que ahora, cada vez, me contesta una persona distinta. Las cifras se han vuelto locas y se intercambian unas con otras formando combinaciones diferentes a las que yo marco. Presa del desamparo le pido el móvil a mi madre para probar con el suyo. Por fín logro ponerme en contacto con él. Quedmos para vernos más tarde.
Mientras mantengo la conversación, el supermercado se convierte en el desván de la casa vieja de mis padres. Me pongo a planchar una camisa blanca que he comprado para regalarle. Pensando en lo guapetón que estará con ella puesta, hago desaparecer las arrugas amorosamente, y la doblo después con esmero. A mi lado hay una mujer joven sentada en una silla. Duerme. Me pongo muy nerviosa porque no consigo ver su cara. Incluso pienso si estará muerta en vez de dormida.
Después, como por arte de magia, estamos sentados los dos en una pequeña tasca al aire libre. Intercambiamos miradas cómplices. Nos acariciamos. Tengo tantas cosas que contarle… Desde el lugar en que nos encontramos se divisa un precioso faro rojo y blanco. Aprovechando que él lleva la cámara colgada de su cuello le pido que le haga unas cuantas fotos. El faro está situado en medio de una isla rectangular. Siento que es muy alegre.
Nos levantamos de la terraza para dar un paseo por el muelle. Entramos en una especie de lonja. Allí, en un recipiente de plástico enorme, tapado por una lona gris, hay un pez. La gente se agolpa para verlo porque es una especie muy rara. Nadie había visto nunca un ejemplar semejante. La lona tiene un pequeño agujero. Con la mano derecha empiezo a acariciar la silueta que se esconde por debajo y al llegar al agujero descubro un ojo. Un ojo humano. Con desesperación, grito muy fuerte: “Es un pez hombre”. Un dolor me desgarra por dentro. El ojo me mira con tristeza porque sabe que su muerte será inminente. Ha sido maltratado por los humanos. No puedo hacer nada por ayudarlo. Se lo hago saber con la mirada.
Y en este momento la alarma de mi móvil suena en la cocina.
Pincha aquí para escuchar la canción.
(La fotografía me la regaló Goyo "el dragón".)