martes, 12 de febrero de 2008

Eugenia Grandet y yo


"Mujer leyendo" Pierre Auguste Renoir. 1875


¿Preparados? Pues empezaré por el principio.

Hace algunos meses que le comentaba a mi amigo Dival, con el que hablo mucho de libros, que tenía grandes lagunas de lectura. Desde que empecé a devorar libros allá por mis 14 años, nunca seguí una pauta prefijada. Escogía los libros por el título, por la pasta, por alguna página que leía al azar o por cualquier otro detalle que llamara mi atención, tal como que el sol incidía en él como si un poder sobrenatural quisiera que fuese el escogido… al menos es lo que a mí me gustaba imaginar. Así leí libros que no me dijeron nada porque tal vez era muy joven y dejé de leer otros que, en cambio, si me hubieran podido resultar interesantes.

El caso es que mi amigo, gran lector y mejor escritor, se ofreció a recomendarme algunos y además dejármelos. Para empezar me dejó dos. “Eugenia Grandet”, de Balzac y “El mal de Montano” de Vila-Matas.

Me decanté para empezar por el de Vila-Matas porque tenía en la portada la reproducción de un cuadro de Hopper, lo que para mí ya eran 10 puntos porque Hopper me fascina. Igual digo una tontería y resulta que “El mal de Montano” es un libro extraordinario, no voy a ser yo quien lo desmienta pero a mí me puso de muy mal humor porque me resultó endiabladamente complicado y raro. Es verdad que desarrolla una idea muy original y que ahora, meses después de haberlo leído, acuden a mi cabeza, muchas imágenes que leí en sus páginas, que de seguro no olvidaré hasta que me sobrevenga el Alhzeimer. Pero…

A continuación leí algunos libros más ligeros hasta que llegué a las Navidades y Eugenia empezó a llamarme desde la estantería. Un libro pequeño, de letra pequeña con una preciosa encuadernación en piel granate y letras de oro, al más puro estilo clásico de siempre.

Leí las primeras páginas sin pena ni gloria hasta que, para mi sorpresa, todo cambió. Poco a poco y sin querer me fui adentrando en el paisaje de Saumur y me fui allegando hasta cogerles cariño, a los personajes tan magistralmente configurados.

No hay, en mi humilde opinión, ningún personaje de la novela al que le falte o sobre nada. El tío Grandet, viñador avaro hasta la muerte, compite en protagonismo con su mujer, la señora Grandet, sumisa también hasta la muerte, y con Eugenia Grandet, su hija, alma noble y pura donde las haya. Hasta Nanón, la sirvienta, tiene un peso muy importante en la novela.

Pero hablemos de Eugenia, un alma cándida e inocente que vive feliz envuelta en una burbuja hasta que conoce el amor, su primer amor, su gran amor, el amor de su vida, que la hará cometer pequeñas locuras y más tarde la llevará a convertir su vida en un erial.

Me conmueve la falta de rencor con la que Eugenia cuida de sus padres hasta que se mueren, sin discutir, sin rebelarse, siguiendo la moralidad en la que fue educada.

Eugenia es una heroína que no blande espada alguna pero que lleva su orgullo y su dignidad por bandera y no ceja hasta poner a cada uno en el lugar que le corresponde.

Y sobre todo me conmueve la rectitud y la firmeza con la que decide conserva el tesoro más importante de su vida en memoria de su único y gran amor.

Me entristece la vida que llevó y al mismo tiempo esa vida la hace una gran mujer y sobre todo, un gran personaje.

Sufrí con Eugenia. Sentí con Eugenia. Lloré con Eugenia. Amé con Eugenia. Y algo de ella se quedó en mí para siempre.

Si algo he de reprocharle a Balzac es que el final se resuelve demasiado rápido para mi gusto.

…oo000oo… …oo000oo…

Pues ya está.

Creo que me he extendido demasiado y tal vez no es lo que habéis leído lo que buscabais, a veces pasa. Lo siento si ha sido así.

Un saludo Isaac, Amaro y hasta otro libro. Bicos.

1 comentario:

Isaac González Toribio dijo...

Gracias, eres un cielo. Leeré la historia de Eugenia, Bicos