lunes, 11 de febrero de 2008

Eugenia Grandet


"En 1819, al obscurecer de un día del mes de noviembre, la gran Nanón encendió el fuego de la chimenea por primera vez. El otoño había sido hermosísimo. Aquel día era un día muy conocido para los cruchotistas y grassinistas. Así es que los seis antagonistas se preparaban para ir a encontrarse provistos de todas sus armas a aquella sala y a competir allí en pruebas de amistad. Por la mañana, todo Saumur había visto ir a la iglesia para oír misa a la señora y a la señorita Grandet, acompañadas de Nanón, y todo el mundo se acordó de que era el día del aniversario del nacimiento de la señorita Eugenia. Así, pues, calculando la hora en que acabaría la comida, maese Cruchot, el abate Cruchot y el señor C. de Bonfons se apresuraron a llegar antes que los Grassins para felicitar a la señorita Grandet. Los tres llevaban enormes ramos cogidos en sus pequeños invernaderos. El ramo de flores que el presidente quería regalar estaba ingeniosamente envuelto con una cinta de satín blanco con franjas de oro. Por la mañana, el señor Grandet, siguiendo su costumbre de los memorables días del nacimiento y del santo de Eugenia, había ido a sorprenderla en la cama y le había ofrecido su regalo paterno, consistente, hacía trece años, en una curiosa moneda de oro. La señora Grandet regalaba ordinariamente a su hija un vestido de invierno o de verano, según las circunstancias. Estos dos vestidos y la moneda de oro que recogía el día primero de año y el del santo de su padre, le componían una rentita de unos cien escudos que Grandet se complacía en verle amontonar. ¿No era esto trasladar el dinero de una caja a otra, y criar con mimo, por decirlo así, la avaricia de su heredera, a la que pedía a veces cuenta de su tesoro, aumentado antes con los donativos de los Bertelliere, diciéndole: «Esos servirán para la docena de tu matrimonio»? La docena es una costumbre antigua que rige aún, habiendo sido santamente conservada en algunos países situados en el centro de Francia. Cuando una joven se casa, su familia o la de su esposo debe darle una bolsa conteniendo, según las fortunas, doce monedas, o doce docenas de monedas, o doce cientos de monedas de plata o de oro. La pastora más pobre no se casaría sin su docena, aunque sólo se compusiese de monedas de diez céntimos. En Issoudun se habla aún de no sé qué docena ofrecida a una rica heredera, y que contenía ciento cuarenta y cuatro portuguesas de oro. El papa Clemente VII, tío de Catalina de Médicis, al casarla con Enrique II, le regaló una docena de medallas antiguas de oro que tenían un gran valor."

3 comentarios:

Isaac González Toribio dijo...

Balzac, Dickens y Victor Hugo... Qu� tr�o, no? Echo de menos en tu entrada tuvisi�n de este texto, que describas el aroma que dejaron en tu piel estas palabras. Lo har�s? Bicos

Isaac González Toribio dijo...

Balzac, Dickens y Victor Hugo... Que trio, no? Echo de menos en la entrada tu vision de este texto, que describas el aroma que dejaron en tu piel estas palabras. Lo haras? Bicos

(Repito el mensaje, Aldabra. Parece que los acentos y algunos signos no se leen. A ver ahora)

Aldabra dijo...

Gracias Isaac por seguir visitándome. Espero en breve (¿esta tarde?) poder complacer tu petición, es decir, escribir sobre mi lectura de Eugenia Grandet. También, curiosamente, Amaro me ha pedido lo mismo esta mañana.

En realidad yo pensé en hacer esta "Etiqueta" y dejar los libros sin más, para que uno entrara en ellos y se sorprendiera, positiva o negativamente, sin juicios de valor previos... pero bueno, haré una excepción porque vosotros me lo pedís.

Bicos para los dos. Los que tocan hoy son... son...

¡uy!, se me ha atascado uno en el bolsillo... esperar que casi lo tengo... ya...

¡¡sorpresa!!...

son de chicle fiesta con final de globo incluído... ¿os gustan?...

vale... vale... por si no os gustan os envío unos de cerveza... fresca... con aceitunas... ¿a qué con esos no he fallado?.