
"Granny Smith Apples" - Ivan Makarov
Cristina era la profesora de 7º curso. Era una mujer madura pero muy guapa todavía. Hacía cuatro años que había llegado al pueblo. Su vida en él transcurría sin sobresaltos. Conocía a todos los vecinos, sus vidas, sus inquietudes. Lo sabía casi todo de ellos. Todos la querían por eso acudían a ella para pedir consejo y para hacerla partícipe de sus vidas. No tenía muchos alumnos: 15 en total. Aquél era un pueblo pequeño. Tenía muy buen carácter: cariñosa, comprensible y de bastante paciencia, sobre todo cuando se trataba de escucharlos con sus preocupaciones. Había tenido un novio antes de irse destinada pero la distancia acabó con lo poco que quedaba de aquella relación. Sus hermanos y sus padres iban a verla de vez en cuando. Vivían relativamente cerca, a
El día que encontró la manzana en el cajón de su mesa, el corazón de Cristina dio un vuelco. Lo primero que pasó por su mente fue preguntar a los niños: ¿quién había sido? Pero... ¿y si no había sido ninguno de ellos? Se enteraría todo el colegio. “¡Bah, es una tontería!”, pensó. Se cuidó de que nadie la viera y la metió en su bolso.
- Bueno, niños, la clase ha terminado por hoy. Haced los deberes para mañana y portaros bien.
Fueron saliendo de uno en uno. El último en salir siempre era Joaquín. Ese niño le tenía robado el corazón. Era el más traste de todos, con mucha diferencia, pero había algo en él que lo hacía especial y distinto a los demás. Era delgaducho, moreno de piel y los caracoles de su pelo tenían el mismo color azabache de sus ojos. A pesar de su comportamiento, en su manera de pensar era más adulto que el resto de sus compañeros. Siempre la despedía con un: “Hasta mañana profe. Que pases una buena tarde o un buen fin de semana”, según fuera el caso.
El día de la manzana Joaquín se había ruborizado al despedirla. Cristina no llegó a verlo porque estaba agachada en el suelo recogiendo unos papeles que se le habían caído del bolso.
Ya en el pasillo, Joaquín respiró hondo y con alivio pensó: “Menos mal que no me ha visto ¿Por qué no habrá preguntado nada? Mejor así. Igual todavía no la vio. Si, yo creo que sí. Creo que metió algo en su bolso. Hoy estaba muy guapa. Siempre que trae esa ropa me gusta mucho”. Cristina llevaba ese día falda negra, blusa azul pálido, una chaqueta negra... y unos mechones de pelo rebeldes se le habían escapado del moño, cayéndole por delante de la cara.
Joaquín empezó a correr por el pasillo del colegio, bajó las escaleras y salió a la calle pensando todavía en ella, preguntándose cómo era posible que no tuviese novio y diciéndose: “Si yo fuese más mayor no la dejaría escapar”.
Cristina también salió del colegio. Pero ella lo hizo despacio. Enfiló la calle que conducía a su casa a las afueras del pueblo. Iba embobada pensando en la dichosa manzana. “¿Y si en ella se encerraba un mensaje? La manzana había sido la tentación de Eva en el paraíso”. Cuando entró en casa lo primero que hizo fue sacar la manzana del bolso y dirigirse a la cocina. Abrió un cajón, cogió un cuchillo y empezó a mondarla despacio. La abrió a la mitad y le sacó las pepitas. Se dirigió a la puerta de atrás de la cocina, la abrió y salió a un patio exterior. Se sentó en la mecedora de mimbre que estaba en el porche cubierto y empezó a mordisquearla, saboreando cada bocado. Era de las que le gustaba: jugosa, ácida y tirando a verde. Estaba deliciosa. Quienquiera que la hubiese puesto allí había acertado en sus gustos. Una vez que se comió la manzana estuvo meciéndose un buen rato hasta que sintió algo de frío. Se levantó y entró en casa.
Joaquín la había seguido a una distancia lo bastante prudente como para que no lo viera. Rodeó la casa para tener una amplia visión de la parte de atrás desde unos setos cercanos. Y la vio allí sentada, saboreando aquella manzana con los ojos cerrados. Algo que no sabía que era se encendió en su interior. Una especie de escalofrío recorrió su cuerpo de arriba a abajo, un cuerpo que cobraba vida por sí mismo. Esa sensación era nueva, no sabía definir lo que le estaba sucediendo. ¿Sería aquello el amor del que tanto hablaban los mayores? Si eso era el amor... el suyo era un amor imposible ya que podía ser su madre. Para lo único que le prestaba verdadera atención era para recomendarle libros de lectura o cuando algún ejercicio de matemáticas no le salía bien y se quedaba al final de la clase para explicárselo con calma. Se acercaba a él y enredaba sus largas manos en aquellas rizos negros ¡Olía tan bien! Él se sentía en la gloria aún cuando le decía: “Ves, tonto, como no era tan difícil”. Mañana le dejaría otra manzana. Sólo el placer de verla así merecía la pena.
Joaquín se fue cuando Cristina entró en casa y cerró la puerta. Tendría que inventarse una buena excusa para explicar el retraso a su madre. Le diría que se había caído, le había empezado a doler mucho un pie y había tenido que quedarse sentado un buen rato antes de poder levantarse de nuevo. Parecía aceptable aunque ella nunca le creía, dijera lo que dijese. Tantos años de trastadas... era lo normal. Aceptaría el castigo de buen grado porque se sentía contento. Muy contento.






"Door" - Ozmen Ozturk