Hoy es domingo. Muy cerca de mi casa hay una panadería donde compro el pan habitualmente. Cuando me decidí a bajar, cerca de las doce de la mañana, al abrir la puerta, encontré en el felpudo una libreta, gorda y de pastas acartonadas de color azul oscuro con pintas blancas, como nubes deshechas.
Venciendo la ansiedad la abrí. La primera hoja estaba cubierta por entero con un nombre, Isabel, con dibujos a su alrededor: globos y garabatos en bolígrafo rojo y azul. Parece que lo escribiese un niño pequeño. La letra del resto de las páginas es diferente y parece un diario. Hay muy poco escrito. Sólo desde el jueves pasado. El resto de las hojas están inmaculadas.
Me da un poco de no sé qué leerlo. Los diarios son algo tan íntimo que es como meterse en la piel de alguien. Pero tengo la impresión de que no se cayó en mi felpudo al azar. Tal vez Isabel, sea quien sea, quiere que lea lo que ha escrito.
Jueves, 04.11
23,30 horasEstaba viendo un poco la tele y haciendo el tiempo para darle el medicamento a Gemma y he tenido que apagarla. Sí, apagarla de pura envidia que sentí. Porque, vamos a ver, en muchas películas de la tele siempre es maravilloso hacer el amor. El deseo es compenetrado (nunca mejor dicho), alcanzan el orgasmo al mismo tiempo, hacen mil y una filigranas y no sufren tirones ni se manchan las sábanas, se susurran unas palabras deliciosas al oído... En fin, todo demasiado idílico. Y yo ya estoy harta de que me vendan publicidad engañosa. Al menos en mi caso nunca ha sido así, todavía no he logrado encontrar ese nirvana soñado. ¡Pero que gilipollas soy, tonta de mi! Porque eso es lo que soy: una gilipollas romántica. ¡Mierda!
Viernes, 05.11
23,00 horasTengo impaciencia de saber lo que sentirán sus manos cuando abran el sobre que contiene mis relatos. Y también lo que pensará. Me gustaría ser una pitonisa y poder verle en una bola de cristal. Tal vez todavía no haya abierto nada. O no lo haga. No importa. Mi impaciencia es serena. Nada va a cambiar mi vida. Ni un sobre, ni miles de sobres. No puedo permitirlo. Jugaré a enamorarme, a enamorarle con mis cuentos. Nada más. Ya sé que él tampoco puede ser mi amor. Sólo quiero un poco de chispa, algo que me haga sentir viva.
Sábado, 06.11
10,30 horasMe meto en la ducha. Cierro la mampara. Debajo del agua muy caliente, que cae de la cebolleta, y con los ojos cerrados, dibujo su cara, mientras acaricio mi cuerpo con la espuma del gel de Aloe Vera. Y sonrío. Porque puedo imaginarlo a la perfección, sin un solo detalle de menos. Ni de más. Le deseo, es la pura verdad. Y permanezco así minutos inmensos, dejándome llevar por las sensaciones que me produce el agua, hasta que mi cuerpo empieza a arrugarse. Entonces abro los ojos, cierro el grifo y envuelvo el pelo mojado en una toalla pequeña. Y cuando voy a envolver mi cuerpo con la toalla de ducha veo mis piernas. Y pienso: Tengo que depilarme, ¡mierda! Odio los pelos en las piernas.
Vuelvo a la cruda realidad.
16:30 horas
Estoy dedicando el día de hoy a pensar mucho pero desde otra perspectiva. Y en el fondo, muy en el fondo de mi cabeza, veo una luz. Una luz que me dice: "Aparecerá lo que andas buscando. Todavía te queda corazón."
20:00 horas
Mientras Gemma está en casa de su amiga, estuve viendo una película, “Simone”, protagonizada por Al Pacino. A mí me encanta este hombre que tiene un algo, una especie de rudeza sensible. Bueno, lo que veo de él en sus películas porque evidentemente, no lo conozco. De sus pelis la que más me gusta es “Frankie y Johnny”, la vi varias veces.
También estuve haciendo punto de cruz. Quiero hacer un regalo a un buen amigo que siempre me arregla rotos y descosidos. Pero no sólo le quiero hacer el regalo por eso. Nos apreciamos mucho. Siempre se preocupa de sí estoy bien y de que me vayan bien las cosas y al contrario. Así que me esmeraré en cada puntada. Estoy bordándole un faro. Sé que le gustará porque es un apasionado pescador y un faro siempre le recordará la costa y el mar. A mi también me gustan por la luz que desprenden en las noches oscuras.
Domingo, 07.11
08:30 horasDemasiado temprano para despertar un domingo. No quiero levantarme todavía. Trato de retener los sueños de esta noche. Estaba en la playa, en la adolescencia, con un grupo de amigos. Yo me sentaba en la arena y entre mis piernas, los dos mirando al mar, se sentaba el chico que me gustaba. Los demás se reían en tono de burla. Tenía que acercarme mucho a su hombro para poder escuchar la historia que me estaba contando. No podía ver su cara, solo imaginármela. Era un sueño relajante. No como las últimas pesadillas de estos días atrás.
Y pienso en otras cosas ahora que ya estoy más despierta. En hacer una llamada que no debo. No puedo permitirme el lujo de entrar en un juego que no sé cómo acabará. Tengo miedo. Esperaré a dejar pasar el tiempo.
Así que lo que haré será levantarme y sacarme los malditos pelos de las piernas. Con el dolor me olvidaré del resto. Y luego la comida, la plancha... La vida cotidiana.