jueves, 18 de octubre de 2012

El sentido del asombro

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“Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví con una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa. Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y gritaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, con la sal de la mitad de mi vida de amor al mar en mí. Pero creo que ambos sentimos la misma respuesta, el mismo escalofrío en nuestra espina dorsal ante la inmensidad, el bramar del océano y la noche indómita que nos rodeaba.

Una noche o dos más tarde la tormenta había desaparecido y llevé de nuevo a Roger a la playa, esta vez fuimos más cerca del borde del agua rompiendo la oscuridad con el cono amarillo de nuestra linterna. Aunque no había lluvia, la noche era otra vez ruidosa por el romper de las olas y el viento insistente. Claramente era un tiempo y un lugar donde lo importante y elemental prevalecía.”

Así comienza El sentido del asombro.

Y así termina El sentido del asombro:

“Hace poco recibí en el correo una carta que guardaba un testimonio elocuente de la permanencia del sentido del asombro durante toda la vida. Era de una lectora que me pedía consejo para escoger una zona de la costa para ir de vacaciones, un paraje natural donde pudiera pasar los días entre playas vírgenes, explorando ese mundo que es viejo pero siempre nuevo.

Lamentablemente excluyó las playas escarpadas del norte. A ella le habían encantado las playas toda su vida, me dijo, pero trepar por las rocas de Maine podría resultar difícil para quien pronto llegaría a su ochenta y nueve cumpleaños. Cuando dejé su carta me sentí reconfortada por las llamas del asombro y el estupor que aún ardían intensamente en su mente y espíritu jovial, tal como debían de haberlo hecho hace ochenta años.

Los placeres que perduran al contacto con la naturaleza no están reservados para científicos sino que están al alcance de cualquiera que se sitúe bajo el influjo de la tierra, el mar y el cielo y su asombrosa vida.”

…ooo000ooo… …ooo000ooo…

El sentido del asombro fue escrito por Rachel Carson, una mujer que hizo historia en el mundo ambientalista con su libro La primavera silenciosa (1962), en el que denunció el uso indiscriminado del DDT.

La firmeza de su argumentación junto con su capacidad comunicativa desencadenaron la alarma social. Por este motivo, el Congreso de EE.UU, bajo el mandato de J.F.K., la llamó a comparecer ante una Comisión de Estudio acerca de los Pesticidas. Como consecuencia, la Comisión estableció la necesidad de comenzar Políticas de Protección de Salud Pública y de Conservación de la Naturaleza. En 1969 se firmó la Ley Nacional de Protección Ambiental [precursora de toda la legislación ambiental americana y más tarde de Europa] pero Rachel no llegó a conocerla, ya que murió de cáncer de pecho a los 56 años, en 1964.

Los movimientos ecologistas surgen, como explican la mayoría de los tratados de Historia de la Conservación, a raíz de la publicación de La primavera silenciosa.

El libro El sentido del asombro fue en origen un artículo que le encargó una revista y que se tituló Help your child to wonder (1956), Ayuda a tu hijo a asombrarse, y que fue publicado póstumamente en 1965.

El sentido del asombro es un libro de reflexiones y experiencias a lo largo de su vida cuidando a su sobrino Roger [a quien adoptó cuando quedó huérfano].

La capacidad de asombrarse se tiene desde muy niño. El asombro provoca lanzarse a descubrir un mundo porque fascina y el tiempo se percibe como algo que no es ajeno.

Rachel Carson no tenía ninguna pretensión de enseñar a su sobrino toda su ciencia, quería simplemente que surgiera el “wonder”. Esta palabra en inglés tiene una doble acepción; la de sorprenderse y la de preguntarse.

Rachel intuyó que este sentido natural, que todos poseemos, iba a mermarse ante el avance de una tecnología que tendía a separarnos del contacto con la naturaleza. Ella sospechó que aquella época que le tocó vivir, cuando se creía al aire libre, iba a tener los días contados [bañarse en el río, construir cabañas en los árboles, tumbarse en los campos de trigo…] Es por eso que vio imprescindible cultivar el sentido del asombro.

Más allá de revelar en su vida las agresiones a la naturaleza, su principal legado fue enseñarnos que no hay mejor manera de preservarla que experimentar su grandeza.

Palabras de Mª Ángeles Martín R-Ovelleiro, extraídas del Prólogo de El sentido del asombro. Ediciones Encuentro. 47 págs. 5€

20 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Asombrado y reflexionando me voy.

Besos.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Me lo apunto, desde luego.
Qué verdad es que todo está en la naturaleza si se sabe observarla.
Besos.

peke dijo...

hai pouco que lin algo sobre esta muller. Que casualidade!

paideleo dijo...

E o que trato de facer ver aos meus fillos. Que aproveiten a natureza que vai mudando rapidamente.

Gelu dijo...

Buenas noches, Aldabra:

A veces los hechos de los humanos son algo exagerados. Roger, tan pequeñito no se enteraría de mucho en su tormentosa experiencia oceánica, y la vitalista señora de 89 años, al final, escogería alguna playa tranquila.
Me ha sorprendido, un poco, el prólogo por el nombre de la autora.
Te dejo un enlace musical.

Abrazos.

Merche Pallarés dijo...

Interesante ese "Sentido del asombro" aunque llevarle a su sobrino de veinte meses, de noche y con tormenta a escuchar las olas... Lo asombroso sería que no pillase una pulmonía... Besotes, M.

fonsilleda dijo...

A ello (a amarla, cuidarla, respetarla, hacerla conocer, disfrutarla, temerla, aunque el respeto lleva implícito casi todo ya...) debemos aplicarnos. Sí.
Bicos.

Asun dijo...

El problema es que no estamos acostumbrados a observar la naturaleza con detenimiento. Deberíamos hacerlo más a menudo.

Besos

Soros dijo...

¿Cómo vamos a conocer la grandeza de la Naturaleza si cada vez estamos más lejos de ella? Los pocos que todavía viven en plena naturaleza se ven solos y los demás queremos vivir en la naturaleza de boquilla, sin renunciar a todo lo que tenemos, cosas que, a su vez, nos alejan irremediablemente de ella.
Ya ves como acabó el cabrero. De un modo u otro: solo.
Bicos.

zeltia dijo...

y maravillarse, también maravillarse.

yo cada vez me siento más necesitada del contacto con la naturaleza, aunque como dice Soros, es una naturaleza algo desnaturalizada la que buscamos.

violeta dijo...

Asombrada y necesitando cada día más la naturaleza.

Besos

Ele Bergón dijo...

No conozco el libro, pero es interesante ese sentido del asombro que tanto bien nos puede hacer y si miramos con atención a la naturaleza constantemente nos lo está mostrando

Un abrazo
Luz

Rebeca dijo...

Me ha encantado esto "del sentido del asombro", algo que nunca debería desaparecer y que nos persigue a lo largo de toda la vida, algo que la Naturaleza consigue despertarnos constantemente y que me hace pensar que cuando uno pierde esa capacidad es que ha perdido parta de su humanidad, adoro las costas, los bosques, las montañas...y creo que sigo sorprendiéndome día tras día al ver lo grande que es nuestro Planeta y no entiendo la falta de respeto a la que hemos llegado con él, por eso me quedo con tu texto, me parece precioso.

Abejita de la Vega dijo...

El asombro ante el mundo es imprescindible para aprender de él. Cultivémeslo. Una mujer muy interesante la que nos presentas. Me quedo asombrada, aprendo.

Biquiños

Tesa Medina dijo...

Qué belleza en como lo cuenta. Estoy totalmente de su parte. Siempre he cultivado el sentido del asombro. Y me gusta despertarlo en los niños que ya nunca lo olvidan.

Hay tanto de qué asombrarse para el goce de los sentidos, y el mar es una buena manera de practicar.

Me apunto el libro y trataré de encontrarlo o buscarlo en la Biblioteca.

Un beso,

Natal - diseño de paginas web dijo...

ese sentido del asombro siempre lo tengo yo jeje.. me asombro por todo..

Vakastolas dijo...

Pareceume do máis interesante. Hai que asombrarse aínda que nos fagamos vellos e sexa cada vez máis complicado

pancho dijo...

Y que nunca nos falte la capacidad de asombro porque aún conservamos intacta la curiosidad del niño que fuimos.

Un abrazo.

Maca dijo...

Realmente es cierto que cuándo somos pequeños ,tenemos esa gran curiosidad(asombro) por todas las cosas que nos rodean y sabemos darles el valor que tienen.
Si la mayoría de la gente, no perdiera eso,este mundo sería más sano (en todos los sentidos)
Feliz fin de semana.
Biquiños

Chela dijo...

Me alegra que hayas escrito este post pues has avivado mis recuerdos sobre esta figura de la que habia oido hablar hace muchisimos años con el tema de la lucha contra el DDT pero que luego había olvidado, cosa imperdonable en mi. Amo la naturaleza, pero por desgraci, cada día esta más desnaturalizada. Cada vez que voy por paraje, recorridos hace mucho años, los encuentro irreconocibles y llenos de desfeitas. Y los que no ha destruido el hombre los ha destruido el abandono y la indiferencia.
Biquiños.