jueves, 22 de enero de 2009

Un punto de partida (2ª parte)

gaviotas

Ana se despertó demasiado temprano para no tener que madrugar. Alberto dormía todavía profundamente. Abrió el cajón de la mesilla para coger unas braguitas y lo más silenciosamente que pudo se dirigió a la cocina, no sin antes echar un vistazo desde la puerta de la habitación. Quería grabar aquella imagen de él entre las sábanas revueltas. Y no pudo evitar retroceder despacio y acercarse a olerlo. Quería retenerlo todo en su memoria por si aquello no volvía a repetirse. Era lo más probable. Pero no quería pensar en eso ahora. Disfrutar el momento; eso era todo cuanto tenía que hacer.

Echó un vistazo por la ventana y comprobó con agrado que saldría el sol tan esperado después de varios días de lluvia. Tal vez era una señal. Inconscientemente y en alto se dijo: “Anita, hija, mira que eres tonta... tú y tus señales... señales... déjate de chorradas”. Vivir sola le había hecho adquirir esa costumbre: hablar en alto consigo misma.

Encendió la cafetera y se fue a dar una ducha rápida. Mientras el agua caía sobre su cabeza, con los ojos cerrados trataba de recordar cada instante mientras hacían el amor. Y no paraba de oír su nombre en boca de Alberto: Ana, Ana... ¡Mierda! Le gustaba mucho y tenía que decirle adiós. Inevitablemente. Ya no había vuelta atrás. Ya no había lugar para el arrepentimiento.

Salió del baño y antes de dirigirse a la cocina volvió a pasar por la habitación. Se encontró con la mirada de Alberto. Se había despertado y permanecía pensativo en la cama que los había cobijado.

- Ven a darme un abrazo, sé buena conmigo –Ana se acercó a la cama y se sentó en donde le indicaba Alberto, que se había incorporado mientras le hacia una seña con la mano.

- Ay que ver que cariñoso estás por las mañanas. ¿Siempre te despiertas así?

- Tú eres la culpable de que esté tan contento. Aunque tengo que hablar de algo contigo.

- Pues tú dirás.

- Supongo que ya sabes de lo que quiero hablarte.

- De mis orgasmos.

- Bueno. En realidad me gustaría saber si te ha pasado por casualidad o hay algo más que yo deba saber.

- No te preocupes, Alberto. El problema es mío y sólo mío. Ojalá fuera algo casual. Y es muy largo de contar. Da igual, déjalo.

- No quiero dejarlo, Ana. Somos amigos desde hace tiempo y el hecho de que nos hayamos acostado nos une más. Sabes que te quiero mucho, no quizá de la manera que tú esperes de mí. Pero me importa todo lo que te pasa, todo lo que te preocupa. Debiste habérmelo contado. Tal vez no es tuyo el problema Ana. Tal vez sólo se trata de que no has dado con el amante adecuado. Bueno, suponiendo que sí puedas conseguir los orgasmos de otro modo.

- Venga, vamos a desayunar. Me muero de hambre. Seguimos luego.

- Está bien, como quieras. Yo también tengo hambre. Si no te importa voy a ducharme primero. ¿Tendrás un cepillo de dientes para mí?

- ¿Cómo no? Siempre tengo un cepillo dispuesto para mis amantes ocasionales. Es broma. Aunque es verdad que siempre tengo alguno en casa sin estrenar.

- Eres mi chica ideal.

- Y tú mi príncipe verde.

Alberto se levantó de la cama y se fue al baño. Y Ana se puso una camiseta, la primera que encontró en el armario y se volvió a la cocina a preparar unas tostadas. En menos de que canta un gallo Alberto estaba situado detrás de ella hundiendo de nuevo la cara en su cuello. Ana sintió que se le ponía la piel de gallina. Sus pezones se pusieron de punta y seguían así cuando se sentaron a desayunar. Se vio y se puso colorada. No pudo evitarlo. Alberto le quitó hierro al asunto haciendo como que no se diera cuenta de nada. Tenían un tema importante que tratar y no quería ponerla nerviosa. Suponía que no le sería fácil hablar de algo tan delicado y tan íntimo.

- Bueno, chica, puedes empezar. No omitas ningún detalle que pueda ser importante y no te avergüences. El cuerpo no es un reloj al que se puede dar cuerda y atrasarlo y adelantarlo cuando quieras.

- Pues verás. Yo puedo tener orgasmos. Cuantos quiera,como quiera y donde quiera. De todos los colores, de todos los sabores, de todos los olores... Excepto en ese momento ideal en el que son los dos amantes los que lo comparten. Puede ser antes de o puede ser después de. En ese justo instante según creo recordar sólo lo he tenido una vez.

- ¿Cuándo estuviste casada?

- Te va a parecer increíble pero apenas puedo recordar mis relaciones sexuales matrimoniales. Bueno, en realidad podría pero no quiero. Sólo puedo recordar que hice el amor demasiadas veces. Queriendo y sin querer. Suponía que yo debía complacer a mi marido y cuando no tenía ganas me las inventaba. A veces me sentía muy mal. Incluso provocaba las situaciones para que por la noche en cama me dejase dormir tranquila. Al final de nuestra relación ya no podía soportar que me pusiese un dedo encima. Llegué a aborrecer el sexo. Una vez ya separada pasé un montón de tiempo sin tener ningún tipo de deseo ni físico ni mental. Y lentamente aprendí a conocer mi cuerpo. Tampoco era capaz de masturbarme. Era terrible porque empezaba a tocarme y no sentía absolutamente nada. Pensé que mi cuerpo se había quedado vacío y jamás recuperaría lo que se suponía que debía de sentir con total normalidad. Poco a poco con el transcurso de los meses empecé a descubrir las caricias que me gustaban y a sentir como mi mente y mi cuerpo empezaban a reaccionar. Con una pareja hay algo que al final siempre me frena. No sé qué demonios es lo que me impide alcanzar el clímax a pesar de lo placentero que me resulta el acto amoroso en sí. Soy como una persona ciega. Sé que no puedo ver y por eso me esfuerzo en acrecentar el resto de mis sentidos. Tal vez yo disfrute más con los pequeños detalles que a los demás pasan desapercibidos. Una mirada, un beso, un susurro. Sé que no existe un final para mí y por eso me esfuerzo en que el preludio y el intermedio sean más interesantes.

- ¿Sueles decirles a tus parejas lo que quieres que te hagan o lo que te gusta?

- No. Normalmente me dedico en cuerpo y alma a proporcionar placer al hombre que está conmigo y que me gusta. Eso se me da bien. Recibir ya es otra cosa diferente.

- Ana, haces mal. Una relación es cosa de dos.

- Así serás tú. Pero sabes que la mayoría de los hombres van a lo suyo y en cuanto se suben al tren son incapaces de bajarse una parada antes sólo por el mero hecho de disfrutar del paisaje. Lo único que quieren es llegar. ¿Estamos de acuerdo?

- Sí y no. No todos somos como describes.

- Puede ser.

- ¿Me dejarías hacer una prueba? Sólo la haré si estás dispuesta y confias en mí. No voy a hacer nada que te disguste y en el momento que quieras pararé.

- No tienes que hacerlo.

- Ana, yo te deseo. No es ningún sacrificio. Me gustas más de lo que yo podía imaginar. En serio.

- ¿Te importa si pongo un CD?

- Estás en tu casa. Y yo soy hoy para ti el mago de la lámpara maravillosa. Todo lo que quieras te será concedido.

- Suena bien.

Alberto se levantó de la mesa y se acercó a Ana para cogerla de la mano y llevarla a la habitación parándose antes en el equipo de música. De pie en la alfombra le sacó la camiseta y se sacó a su vez el calzoncillo.

- ¿Tienes un pañuelo? Jugaremos a los ciegos. Te taparé los ojos. Tú sólo has de disfrutar sin preocuparte de mí. No existo. Es como si estuvieses sola y fuese tu imaginación la que te está proporcionando placer. Sólo tendrás que decirme lo que quieras si sientes esa necesidad y si no pues no dices nada. Es muy sencillo

- ¿Sirve éste?

- Es perfecto

Ana sacó de una caja que guardaba en el armario un pañuelo de seda rojo y Alberto se lo ató con suavidad sobre los ojos.

- ¿Ves algo?

- No

- ¿Te sientes bien?

- Confío en ti.

- Ven, acuéstate –le dijo Alberto, ayudándola a recostarse sobre la cama deshecha.

Se colocó a su lado y empezó a besarla del mismo modo que ella había jugado con él la noche anterior. Ana hundía sus dedos entre el pelo de Alberto acariciando con la yema de los dedos el cuero cabelludo, como si estuviese dándole un masaje.

- ¿Sabes que eso que estás haciendo es muy placentero?

- Tú tampoco lo haces nada mal -le dijo Ana mientras Alberto empezaba a besarle los pezones con el borde de los labios para pasar al siguiente instante a chupárselos como si fuese un niño pequeño amamántandose en el pecho materno.

Y caminó con sus besos por el cuerpo menudo de Ana hasta llegar a besarla en el pubis por encima de sus pequeñas braguitas blancas. Ella seguía acariciándole la cabeza y tocándole la cara con las palmas de las manos tratando de adivinar la expresión de su rostro. Y rozando sus labios. Alberto subió hasta ella y abrió su boca para empezar a chuparle la punta de los dedos de las manos, saltando de uno en otro golosamente, de arriba abajo. Y la dejó con el deseo contenido de volver a besarla en la boca y descendió de nuevo por su vientre para sacarle con toda la lentitud de la que fue capaz las braguitas. Le separó las piernas con cuidado y se acercó a besarla de nuevo. Ana sintió la humedad de su boca moviéndose con caricias precisas. Lamía su sexo como se lame una cuchara de leche condensada, o de chocolate, o de mermelada de frambuesa. Sentía que su cuerpo levitaba y entraba en otra dimensión donde no había límites ni fronteras, donde todo era blando y cálido.

Y como por arte de magia entró en ella. Ana no podría precisar cuál fue el momento exacto en que su sexo fue abandonado por la boca de Alberto para ser penetrado por aquel miembro cálido que llegaba hasta lo más profundo de sus entrañas. Y que jugaba dentro parándose, de movimiento en movimiento, sintiendo como su sexo latía y se contraía para que no se saliera. Tratando de retener entre sus piernas aquél fuego en el que era delicioso quemarse.

Y ninguno de los dos decía nada. Ana jadeaba y Alberto concentrado en desatar aquellas cuerdas que todavía la retenían a un pasado infeliz tampoco encontraba las palabras adecuadas. Los dos estallaron al mismo tiempo con un mismo grito contenido de placer, antiguo para Alberto y nuevo para Ana.

Alberto se echó sudoroso al lado de Ana, le desató el pañuelo y la besó tiernamente mirándose en aquellos ojos profundos que le decían que una luz se había abierto en aquel túnel oscuro que había dentro de su cuerpo y en donde se había perdido tantas veces sin poder encontrar la salida.

Y de nuevo se quedaron dormidos. Ana tuvo un sueño en colores. Iba con Alberto paseando en unas bicicletas azules bordeando la laguna. Las gaviotas que llegaban de la costa hasta allí formaban círculos en el aire y parecía como si estuvieran escoltándolos. Y Alberto, también soñó. Soñó que le decía a Ana gritando que no quería irse de su lado mientras jugaba a perseguirla en la playa por la arena mojada, a punto de ser pillados por las olas que llegaban para lamerles los pies descalzos.

 

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17 comentarios:

Aldabra dijo...

Espero no defraudaros mucho, amigos. Y me encantará, como en la primera parte (post anterior), conocer vuestros comentarios (ahora ya)finales y vuestras críticas.

Biquiños a todos y buenas noches.

adela dijo...

Me ha gustado mucho el post, engancha desde el principio. Ana seguramente adolece de ser de las que disfrutan más dando que recibiendo y como ella dice se concentra en esos preámbulos. Desde luego encuentro que con poco llega rápida a ese orgasmo. Quizá su historia estaba llena de hombres egoístas. Tampoco creo que se pueda generalizar y que todos sean así.

guillermo elt dijo...

Hola, Aldi... yastoy por aquí.
Estoy equivocado, o ya lo leí en su tiempo???
Besicos, niña.

Defraudarnos??? ... Anda ya!!!, qué cosas tienes.
Más besicos.

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Me gusta que no tenga final y que juegue con el paralelismo.
En cuanto al tema, ya te dije que no era muy diferente la actitud de hombres y mujeres, aunque el tópico diga que sí.
Sólo hay que econtrar la pareja adecuada... si se puede, claro.
Besos.

Wycherly dijo...

me ha parecido genial. Ana NECESITABA dedicarse a ella y bueno con esa ayudadita!


saludos.
P.D se ve muy bien la sirena gracias!

TORO SALVAJE dijo...

Me ha gustado.
Está muy bien construído, muy bien escrito.
Te felicito.

Besos.

Titajú dijo...

Pues Ana ha tenido suerte.
A lo mejor es que es mejor buscar príncipes verdes y no azules; yo que tú patentaba la idea.

jg riobò dijo...

Así es la vida.
Me ha gustado y esta muy bien contado y escrito.

Juanjo dijo...

Me ha gustado mucho, Aldi. Todo un manual sobre comportamientos sexuales de hombres y mujeres, porque, pese a todos los estereotipos, este tipo de personajes existen en la vida real, aunque no abunden.
El texto tiene su punto de erotismo, y se detiene en explicar (muy bien por cierto) los sentimientos de los personajes.

Un beso.

EL SUEÑO DE GENJI dijo...

Hola, me he leido la historia entera, de un tirón y me ha gustado mucho, sobre todo ese último párrafo donde cada uno con sus sueños nos dan pistas para que nosotros continuemos y juguemos a adivinar como podría continuar la historia...

También me he quedado - como ya alguien más te ha dicho en lo del "Principe Verde"...Ya nos dirás porqué.

Estructuralmente y que conste que no soy un crítico (lo mio son las matemáticas) sólo puedo decirte que me lo he leido de un tirón, sin pestañear, llevado como por una diapasón que marcara los ritmos, y eso amiga mía creo que sólo puede ser muy bueno.

En lo tu capacidad para generar imágenes a través de las palabras y dejarnos así ser capaces de imaginarnos lo que estaba pasando...verlo,olerlo y hasta sentirlo... sin comentarios que a ver si me pongo rojo, o algo peor... ;-)

Bicos miña amiga bicos¡¡

Bambú Blanco dijo...

Hola Aldabra:

Pues acabo de leer la segunda parte. Me llama la atención que después de tanto tiempo de Ana sin alcanzar el orgasmo en pareja, lo lograse a la segunda con Alberto. ¿Por qué crees que lo consigue?¿por ella?¿porque ella decide que la situación debe cambiar? ¿por él? ¿por cómo es él con ella?
Un besito.

Silvia dijo...

A lo mejor Ana sólo necesitaba confiar en su pareja y dejarse llevar. En los orgasmos hay mucha parte psicológica. Ojalá hubiera muchos más hombres como Alberto.
Me ha gustado. Saludos de nuevo. Regresé a mi tierra a pasar el fin de semana. Espero "no salir volando" jejej.
Besos

STEVE dijo...

alguien me presta un pañelo rojo!!!

horabaixa dijo...

Hola Aldabra,

Erotico y tierno a la vez.

Me gustó.

Sigue la incognita......

Bicos

Aldabra dijo...

Gracias amigos por vuestras aportaciones.

Voy a contestaros un poco a todos porque si no iba a estar repitiéndome. A ver si no me dejo nada.

En este relato en dos partes pretendí hablar de un problema bastante común en las mujeres:

La anorgasmia, que es la inhibición recurrente y persistente del orgasmo, manifestada por su ausencia tras una fase de excitación normal, y producida a través de una estimulación que pueda considerarse adecuada en intensidad, duración y tipo. Es, junto con la falta de deseo, una de las disfunciones sexuales más comunes de la mujer. Puede haber anorgasmia en el hombre, pero es menos frecuente, (según la Wikipedia). Las causas de la anorgasmia principalmente son psicológicas, sólo un 5% se debe a causas físicas. Y existen anorgasmias de cinco tipos: Primaria, Secundaria, Absoluta, Relativa y Situacional.
En el caso de este relato es Relativa: cuando obtiene el orgasmo de una forma determinada.

Algunos habéis apuntado que quizá el problema se resuelve demasiado pronto, y con razón. En este texto en ningún momento se cuenta todo lo que ha pasado hasta llegar a ese momento. Si se esboza una situación traumática como es una ruptura matrimonial pero no se cuenta qué ha pasado antes y qué se ha hecho para intentar solucionarlo.
Como podéis imaginaros, como cualquier problema psicológico, es difícil de curar, no se soluciona el problema con un Abracadabra pero también es verdad que de repente, un día, puede suceder, como quise dejar patente en este texto. Y quise hacerlo de un modo pasional pero romántico.

Ana había estado investigando en su cuerpo y de algún modo había aprendido a conocerse mejor. Digamos que en el encuentro con Alberto estaba en el momento oportuno para que al menos llegase una luz. Es como la fecundación. Una pareja puede estar años intentándolo y de repente, igual cuando ya han perdido las esperanzas, sucede, como un milagro.

Si hubiese querido profundizar en el tema psicológico de la anorgasmia creo que me haría falta toda una novela, para contar las frustraciones que un problema así puede suponer y en caso de recibir asistencia psicológica, contar muchas y muchas horas de terapia.

En fin, simplemente quise contar la resolución final. A Ana le gusta mucho Alberto, bueno, está loca por Alberto, con todo lo que eso supone en la pasión amorosa y a Alberto le gusta Ana, más de lo que pensaba o quería reconocer. Los dos son amantes entregados y Ana está lista para dar y también recibir.

En las relaciones sexuales creo que la psique es una parte fundamental, no sólo lo físico es importante. Cuenta el entorno, las emociones, el pasado, lo que esperamos del futuro, los olores, la música que llevamos dentro o una exterior... al menos en una relación de la que esperamos algo más que un simple coito.

Y todo eso es lo que intenté contaros.

Lo del "Príncipe Verde"... es mi forma de decir que no hay que guiarse por los estereotipos, por los cuentos de hadas... que hay que dejarse llevar por las emociones, vivirlas al máximo, sin esperar a tenerlo todo controlado y planificado. Es decir, resumiendo, que creo que os he liado: existen los príncipes verdes, y los amarillos y los rojos y los violetas... cada una habrá de encontrar el que necesite.

Un besazo fuerte.

BIPOLAR dijo...

qué bello Aldabra

Aldabra dijo...

Bipolar: trato de escribir con el corazón para que parezca creíble.

bicos,