
Photo by: El Porte-Bonheur (Photo net)
Mariana no sabe en qué momento se convirtió en una amante descarada.
Sólo sabe que, poco a poco, empezó a confundir los objetos cotidianos hasta cambiarles por completo el fin para el que habían sido creados. Así la mesa del salón se convirtió en escenario y lecho de amor y el sofá en lugar de culto, adornado con velas multicolores. Con las cortinas se hizo vestidos de noche y con las toallas, mantas para dormir. En la lavadora instaló un volante y con el ruido del centrifugado conseguía imaginar que se iba de viaje a las Antípodas, si era sábado y domingo porque durante la semana se iba a Cornualles. Siempre había querido ir allí desde que había leído una novela de Rosamund Pilcher. Bueno, eso y tener una oveja. Una oveja con una lana muy muy blanca.
Mariana no sabe en qué momento empezó a coleccionar amantes.
Sólo sabe que, poco a poco, fueron llegando cada día a casa, hombres diferentes. La única condición era esa: no repetirlos. Más que nada porque no se pusieran pesados. Porque los hombres (los de antes) eran así, en seguida empezaban a querer poseerte y eso ella no podía soportarlo. Por eso los amaba con fiereza y desespero, a sabiendas de que sería la primera y la última vez. Se dedicaba a ellos como una madre entregada. No dejaba de lamer ni uno sólo de sus rincones. Algunos, asustados de que les chupara el dedo meñique del pie izquierdo, se ponían a llorar. Todavía recuerda ese momento con ternura. Tuvo que hacer un esfuerzo para no ablandarse y decirle al primero que lloró que se quedara para siempre.
Mariana no sabe en qué momento empezó a mutarse en una mujer de verdad.
Sólo recuerda el momento exacto en qué fue a comprar la cuerda a la ferretería. Era lunes. Y llovía. Llovía con resignación. Unas gotas monótonas y transparentes. El dependiente le dio los buenos días pero ella no le contestó. Para qué. Así que se limitó a envolver la cuerda y dársela a Mariana, que educadamente le contestó con un gracias sincero. Después Mariana pagó y salió a la calle. Quería volver a su casa del tirón pero de repente tuvo otra idea. Un último amante más. Haría con él algo que no había hecho nunca. Le dejaría entrever su alma. Si el tipo soportaba la visión Mariana se haría suya para siempre. Pero si el tipo cerraba los ojos Mariana seguiría adelante con su plan. Porque inconscientemente sabía que había un plan, aunque las cosas nunca salieran como una pensaba.
Mariana no sabe en qué momento se fijó en el hombre que vestía gabardina beis.
Sólo recuerda que le llamó la atención porque era el mes de Agosto. Irremediablemente pensó: Es el pervertido de la gabardina. Le diré Hola y el hombre abrirá su gabardina y me enseñará su pene deprimido. Porque aquel tipo tenía que tener un pene deprimido. Sus ojos estaban llorosos y los brazos colgaban a los lados de su cuerpo desgarbado, con parsimonia. Pero no, le dijo Hola y el hombre sonrió. Sus dientes eran blancos y relucientes. Y el aliento le olía a naranja. Toda una sorpresa. Porque en todos sus años como recolectora de amantes nunca había encontrado a ninguno con esas características. La cosa no pintaba bien porque a Mariana aquel tipo le despertaba cosas. Nada concreto, sólo cosas en general. Así que después de dudar unos instantes le invitó a comer a su casa. Comieron una tortilla de patata encima de la cama, cubierta con un mantel de cuadros verdes.
Mariana no sabe en qué momento su mundo se volvió a poner del derecho.
Sólo recuerda una habitación. Blanca. De paredes acolchadas. Y una música dulce. Envolvente. Cálida. Y a un hombre. Un hombre de bata blanca. Con la cabeza rasurada. Y unas manos suaves. Y sus gestos mientras habla. Y su sonrisa. También recuerda un campo, con un banco de madera. Y palabras. Recuerda palabras que se suceden unas a otras como cuentas de un rosario. Y la voz susurrante del hombre que dice su nombre: “Mariana… Mariana, despierta. Ya estás bien”. Ya pasó todo.
Y de la cuerda, ni rastro.
Sólo sabe que, poco a poco, empezó a confundir los objetos cotidianos hasta cambiarles por completo el fin para el que habían sido creados. Así la mesa del salón se convirtió en escenario y lecho de amor y el sofá en lugar de culto, adornado con velas multicolores. Con las cortinas se hizo vestidos de noche y con las toallas, mantas para dormir. En la lavadora instaló un volante y con el ruido del centrifugado conseguía imaginar que se iba de viaje a las Antípodas, si era sábado y domingo porque durante la semana se iba a Cornualles. Siempre había querido ir allí desde que había leído una novela de Rosamund Pilcher. Bueno, eso y tener una oveja. Una oveja con una lana muy muy blanca.
Mariana no sabe en qué momento empezó a coleccionar amantes.
Sólo sabe que, poco a poco, fueron llegando cada día a casa, hombres diferentes. La única condición era esa: no repetirlos. Más que nada porque no se pusieran pesados. Porque los hombres (los de antes) eran así, en seguida empezaban a querer poseerte y eso ella no podía soportarlo. Por eso los amaba con fiereza y desespero, a sabiendas de que sería la primera y la última vez. Se dedicaba a ellos como una madre entregada. No dejaba de lamer ni uno sólo de sus rincones. Algunos, asustados de que les chupara el dedo meñique del pie izquierdo, se ponían a llorar. Todavía recuerda ese momento con ternura. Tuvo que hacer un esfuerzo para no ablandarse y decirle al primero que lloró que se quedara para siempre.
Mariana no sabe en qué momento empezó a mutarse en una mujer de verdad.
Sólo recuerda el momento exacto en qué fue a comprar la cuerda a la ferretería. Era lunes. Y llovía. Llovía con resignación. Unas gotas monótonas y transparentes. El dependiente le dio los buenos días pero ella no le contestó. Para qué. Así que se limitó a envolver la cuerda y dársela a Mariana, que educadamente le contestó con un gracias sincero. Después Mariana pagó y salió a la calle. Quería volver a su casa del tirón pero de repente tuvo otra idea. Un último amante más. Haría con él algo que no había hecho nunca. Le dejaría entrever su alma. Si el tipo soportaba la visión Mariana se haría suya para siempre. Pero si el tipo cerraba los ojos Mariana seguiría adelante con su plan. Porque inconscientemente sabía que había un plan, aunque las cosas nunca salieran como una pensaba.
Mariana no sabe en qué momento se fijó en el hombre que vestía gabardina beis.
Sólo recuerda que le llamó la atención porque era el mes de Agosto. Irremediablemente pensó: Es el pervertido de la gabardina. Le diré Hola y el hombre abrirá su gabardina y me enseñará su pene deprimido. Porque aquel tipo tenía que tener un pene deprimido. Sus ojos estaban llorosos y los brazos colgaban a los lados de su cuerpo desgarbado, con parsimonia. Pero no, le dijo Hola y el hombre sonrió. Sus dientes eran blancos y relucientes. Y el aliento le olía a naranja. Toda una sorpresa. Porque en todos sus años como recolectora de amantes nunca había encontrado a ninguno con esas características. La cosa no pintaba bien porque a Mariana aquel tipo le despertaba cosas. Nada concreto, sólo cosas en general. Así que después de dudar unos instantes le invitó a comer a su casa. Comieron una tortilla de patata encima de la cama, cubierta con un mantel de cuadros verdes.
Mariana no sabe en qué momento su mundo se volvió a poner del derecho.
Sólo recuerda una habitación. Blanca. De paredes acolchadas. Y una música dulce. Envolvente. Cálida. Y a un hombre. Un hombre de bata blanca. Con la cabeza rasurada. Y unas manos suaves. Y sus gestos mientras habla. Y su sonrisa. También recuerda un campo, con un banco de madera. Y palabras. Recuerda palabras que se suceden unas a otras como cuentas de un rosario. Y la voz susurrante del hombre que dice su nombre: “Mariana… Mariana, despierta. Ya estás bien”. Ya pasó todo.
Y de la cuerda, ni rastro.
18 comentarios:
¿Tú conoces una canción de Mocedades que dice: "Y los muchachos del barrio le llamaban loca, y unos hombres vestidos de blanco le dijeron ven..."?
Pues eso.
Me ha sorprendido, ahora me voy a quedar toda la tarde pensando...
Sabes? cada día me gusta más leerte.
me quedo reflexionando....
salu2
Mariana hace bien.
Y esa cuerda...
Muy bonito, de lo mejor que he disfrutado leyendo en tu blog. :)
le salvo la vida...
saludos
Plas, plas, plas.
Yes, yes, yes. de lo mejor que has escrito (for me claro).
Me ha gustado....será porque me recuerda a mi estilo. Muerte, amor, sueño, locura.
¡Ay como me duele este plas, plas, plas! JI,ji,ji
Dersu
Me a gustado mucho de la cuerda que cada cual saque sus conclusiones.
a demas de salvarle la vida se enamoro.
Un saludo!!
una vez repuesta...seguirá a buen seguro coleccionanado amantes de un día...y la cuerda??? me quedé con las ganas....un abrazo
A veces, los hay que construyen mundos donde poder vivir aquella vida negada, pero les sale otra disparatada. Tal vez, solo tal vez, lo han querido así, unas, otras, porque no les sale de la manera que quieren.
Besicos.
De lo mejor que he leido, si señor!
Besicos
Me gustó mucho Esther,y la frase del final: Y DE LA CUERDA...NI RASTRO, genial!
Hay asuntos vitales enlos que las palabras no sirven para explicarse
verdad?
saludos brujos
por cierto lamento que no hayas visto muchas veces la nieve
merecen la pena los paisajes nevados, por lo demás e sun engorro
está fria y moja , jejeje
yo empiezo a cansarme de nieve
parece que llega la luz
saludops brujos
mu bien , sigue asi.
Pero n ote quedes sola ni un momento.
¿Dónde está Congo? ;)
Hola a todos:
Titajú: claro que conozco la canción, mujer, me gustaba muchísimo, por cierto.
Camille: gracias por el elogio pero no te hagas ilusiones, seguro que a menudo también te defraudaré.
Anti-Yo: ¿ya terminaste de reflexionar? ¿por qué no me cuentas lo que pensaste?
Pedro: Claro que hace bien... y esa cuerda... Era para envolver un regalo ¿qué habías pensado?... je je je
Nandara: Me alegro que te gustase.
Paco: Y tanto.
Anónimo: Viniendo de ti, mucho más elogio todavía ya que eres un crítico muy severo.
Estela: Cada uno se hace su propio final, me gusta el tuyo.
Manuel: la cuerda ya le he dicho a Pedro que era para envolver un regalo ¿o no?
Guiller: sí, hijo sí, me ha salido la vena disparatada...
Belén: me alegro que lo disfrutaras... para eso era, aunque a veces se consiga y otras no.
Rosa: sí, creo que no quedó mal...
Cuentos: dices muy bien cuando dices que hay cosas que no se pueden explicar del todo... a veces es cuestión de dejarse llevar, simplemente.
PereGil: ¿por qué no sola? ¿te da miedo?
Bambú: Congo está ocupado en otro relato.
Este relato me ha encantado.
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