lunes, 18 de febrero de 2008

Una muerta más (Por Guillermo el Travieso)

Querida mariposa de la noche.

Hace dos días que me querías como a nadie habías querido en el mundo, y ahora no quieres saber nada de mí. Decías que tu consuelo y tu bienestar estaban junto a mí, que mis palabras susurradas a tus oídos eran como la espuma y el mar, que no había un antes ni un después en tu vida, desde el momento en que sentiste mi amor por ti.

Me alegra y me reconforta saber que yo te haya hecho sentir todas esas emociones... o por lo menos que, en mayor o menor medida, haya hecho que salieran de tu boquita. Menos es nada.

No me duele tu abandono, pues por el color de tus alas, ya podía aventurar tal desenlace. Tampoco me hiere tu desprecio al no dejarme siquiera, una nota de despedida. ¿Tanta fue tu prisa para abandonarme?

¿Tanto necesitaste correr a hurtadillas que en la noche te amparaste?

¿Tan negro fue el consejo que recibiste de las sombras, para ampararte en ellas y huir?...

Y aquellas calles recibieron tu presencia furtiva sin nada que ofrecerte; tan solo la humedad y el frío de la noche, y aun así, las preferiste a ellas antes que el calor de mis sábanas, que el cobijo del amor que yo te hubiera dado... Que ya podía yo imaginar, por el color de tus alas, que podía ocurrir tal desenlace... Pero me negué a pensar, que tan pronto volara el pájaro del nido. Pero sí, ya ves, ocurrió tan pronto que...que ni un mes pasó y te me fuiste de mi lado.

Y no, no me duele tu abandono, lo que me duele es volver a la soledad, a mi presencia única y constante en esta casa que me aprieta y me asfixia hasta volverme loco. Me duele entrar en cada habitación y ver mi figura fantasmal deambulando sin sentido entre cuatro paredes. Me duele, en lo más profundo, dejar de quererte.

Aquellas noches en la habitación insomne, alumbrado por los rayos de la luz de la farola que entraban a través de la rendijas de la persiana, contemplaba tu figura abrazada a la almohada, como si ella fuera tu único amor. Quizá jamás supiste lo que significaba la palabra amor, amar... ser amada... ¿Quizás tú misma, no estuvieras preparada para recibir tales sentimientos?

No sé.

No he tenido tiempo para preguntarte, si la vida te ha tratado bien o mal, si tu corazón se ha endurecido a base de dar golpes o de recibirlos. Solo sé que cuando apareciste en el portal de mi casa y me pediste algo para cenar, yo te invité a subir. Tú aceptaste. Y cuando me pediste, por favor, cobijo para unos pocos días, mi corazón dio un vuelco y se iluminó mi vida unos segundos, a la vez que un cierto miedo corrió por mi cuerpo. No obstante, acepté de buen grado, eso sí, dos o tres días a lo sumo. Y ya ves, solo faltan dos días para que se cumpliera un mes de tu estancia... Y hasta te di una copia de la llave...

No quiero ni llamarte ingrata, a pesar de que incluso se me vienen a la cabeza cosas peores. Prefiero pensar que tu necesidad de libertad es mayor que el cariño que pueda ofrecerte. Que no he sabido quererte de la forma que tú necesitabas, aunque, en un mes y, perdona que te lo diga, pienso que no se puede juzgar el sentimiento de amor de una persona hacia otra. O tal vez sí?

Bueno, a fin de cuentas, no me arrepiento de haberte tenido en casa este corto espacio de tiempo, ni me pesa el cariño que te he dado, ni que te hayas llevado mi cartera con las tarjetas de crédito que, esta misma mañana, las he anulado por teléfono, ni los trescientos euros que también llevaba. Lo que sí me molesta es tener que renovar los carnés y demás documentación que llevaba... que ojala tengas la delicadeza de meterlos en un buzón de correos y me lleguen de vuelta. Supongo, que las braguitas y los sujetadores que has dejado tendidos, así como los tampones, y hasta el cepillo de dientes, los habrás dejado en prenda por lo que te has llevado mío. En todo caso los he metido en una caja de cartón por si vinieras a buscarlos.

Y ahora, dime, ¿dónde mando yo esta carta?... No sé ni para qué la he escrito, quizá para desahogarme. La guardaré en la misma caja de cartón, por si algún día sé donde te encuentras y te la hago llegar.

Te mando un beso sincero, Jacinto.

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DICEN QUE, ESA MISMA NOCHE, JACINTO, SALIÓ A DAR UNA VUELTA Y A TOMAR UN CAFÉ AL BAR DE MARU, PARA DISIPAR PENAS.

QUE A LA VUELTA, DICEN, CERCA YA DE LA MEDIANOCHE Y DE SU CASA, ALGUIEN SE LE ACERCÓ PIDIÉNDOLE ALGO PARA CENAR. Y JACINTO, CONOCEDOR DEL VUELO DE LAS PEQUEÑAS ALMAS DESCARRIADAS, ASINTIÓ CON LA CABEZA, MIENTRAS ACARICIABA LA EMPUÑADURA DE UN AFILADO ESTILETE QUE PORTABA EN EL BOLSILLO DE SU CAZADORA.

A JACINTO LO ENCONTRÓ LA PATRULLA DEL 091, SENTADO EN LA ACERA Y APOYADO EN LA PARED, CON UN CUERPO ENSANGRENTADO FUERTEMENTE APRETADO ENTRE SUS BRAZOS.

DICEN QUE TUVIERON QUE LLAMAR A OTRA PATRULLA PARA PODER QUITARLE EL CUERPO DE AQUELLA POBRE CHICA, QUE APENAS TENDRÍA VEINTE AÑOS

TAMBIÉN DICEN, QUE JACINTO ES UN RECLUSO EJEMPLAR, UNA BUENA PERSONA. QUE PARECE MENTIRA QUE LOS SENTIMIENTOS LE TRAICIONARAN EN AQUEL MOMENTO.

2 comentarios:

Isaac González Toribio dijo...

Qué historia... Intensa y con mucho pulso narrativo. Tú haces fácil el más difícil de los géneros literarios. Saludos

Anónimo dijo...

Gracias, Isaac. Para mí, son pequeños escarceos literarios.

Guillermo.

Pd.- Siento reponder en anónimo, pero la técnica, en algunas cosas... me puede... bueno, me dejo vencer.