jueves, 21 de febrero de 2008

I.T.V.

No me gusta pasar la ITV.

Sí, así le llama una amiga mía a la revisión ginecológica.

En la sala de espera suena una música agradable, las sillas son lilas, hay caramelos para edulcorar la vida, montones de revistas, unos cuadros con imágenes sedantes y unos arbustos artificiales muy logrados pero yo tengo un nudo en la boca del estómago. No puedo evitar los nervios.

Me pregunto si existe alguna mujer a quién le guste ponerse sobre el potro (que ya el nombre tiene delito) abierta de piernas de par en par y dejar que le hurguen hasta las entrañas (y nunca mejor dicho). Esto después de pasar la batería de preguntas incómodas. Yo ya lo he repasado todo antes de salir de casa. Porque recuerdo una vez, con el mismo ginecólogo, que me preguntó la edad que tenia y de tan “flan” que estaba me quedé en blanco ¡Que ridículo tan espantoso! Al cabo de unos minutos eternos por fin me descongestioné y salieron todos los años uno por uno.

Espero que hoy todo vaya bien.

Antes de nada repasaremos lo que está en mi expediente anotado: dirección, teléfono, tienes una hija, separada, última regla… bla, bla, bla… ¿algún problema últimamente?. Contestaré que sólo se trata de una revisión de rutina y con la misma… ¡Allá vamos!. A ponernos ligeritas de ropa. Mejor dicho, a sacarnos toda la ropa y a relajarnos.

Después de la palpación de los pechos que no me incomoda demasiado siempre dicen lo mismo: Relájate que te encuentro un poco tensa. En realidad, llegado este punto ya estoy rígida como una tabla. Lo cual sólo ayuda a que me haga daño en la exploración.

Pero, ¿qué quieres que te diga, Congo?. No acabo de acostumbrarme.

La “sábana” siempre acaba bajándose que ya no sé para que la pone la enfermera y veo la cara del médico enmarcada entre mis piernas y quiero aparentar “relax total” pero mi gesto de “haba” lo dice todo. Por eso vuelve a añadir: Tranquila que ya verás como todo está bien. Venga, vamos a hacer ya la ecografía. Esto ya está.

Y nos cambiamos de escenario. Ahora el gel frío en mi vientre me pone la piel de gallina y empieza lo peor. Voy de su cara a la pantalla del ecógrafo intentando descifrar las manchas oscuras y las formas extrañas que hay dentro de mi cuerpo y me muero de impaciencia de que empiece a decir algo y deje de hacer mediciones.

Me indica que me vista que luego me explica. Cuando te dicen esto ya hay que empezar a desconfiar porque cuando todo va bien ya te dicen algo como: Estás estupendamente, Está todo bien o Todo es normal, a secas.

Así que en este mismo instante no quiero que me explique nada. Quiero irme de la consulta y no saber lo que me tiene que decir. Tal vez otro día que esté de mejor humor.


2 comentarios:

Isaac González Toribio dijo...

Es cierto. Eso nunca lo sentiremos los hombres. Un beso

martin dijo...

A mí me toca siempre ir con mi novia a ver a la Doctora Felisa. La hago reir con cualquier cosa para que no se ponga nerviosa...pero es inevitable